A esta nena la mataron

A tres meses del crimen de Ángeles Rawson, luego de una investigación del periodista Federico Schirmer, la escritora Selva Almada narra en clave de no ficción la trama doméstica y social del caso. A partir de la lectura del expediente, de los testimonios judiciales de la familia y del acusado, de escuchar a los vecinos, de un recorrido por las calles del barrio, esta dupla anfibia reconstruye una historia que seguirá siendo provisoria hasta el día en que se conozca la sentencia. Después de una cobertura que mezcló morbo e imprecisiones, aquí una mirada desde el periodismo y la literatura.

El día en que la iban a asesinar, Ángeles Rawson abrió los ojos a una mañana cálida de fines del otoño, un preludio del veranillo de San Juan. Habrá mirado la hora en su teléfono celular, todavía no serían las 8. Su cuarto era una extensión del departamento de la planta baja A, lo habían construido para ella, robándole unos metros al patio, cuando ya fue mayor para seguir durmiendo con su hermano Juan Cruz y su hermanastro Axel. Era un cuarto pequeño, pero el único lugar donde tenía una privacidad difícil de encontrar en el resto de la casa, con pocos ambientes y chicos: un solo baño para cinco personas adultas.


Desde su cama, seguramente no sintió olor a tostadas ni a café. Esos olores matutinos típicos de cualquier ambiente familiar. En la planta baja A de Ravignani 2360, no era común que desayunaran todos juntos. Cada uno tenía sus horarios y sus obligaciones y se iban levantando según tuvieran que hacer esto o aquello. Muchas veces salían de la casa inmediatamente después de haber pasado por el baño, a lavarse los dientes y la cara, sin tomar ni un vaso de agua. Como Juan Cruz esa mañana. Su hermano, su mejor amigo. Él se levantaría antes que ella. Sin embargo, es probable que Ángeles escuchara los pasos de su hermano entrando y saliendo del baño. El susurro de las suelas de las zapatillas sobre el piso, lo último que oiría de él. No volverían a verse. Cuando por fin se levantó y salió del dormitorio, tal vez la sobresaltó el bulto en la mitad del living, todavía en penumbras. Nadie había levantado las persianas que daban a la calle. La moto siempre estaba ahí, estacionada entre los sillones, como una mascota enorme, sin gracia.


En la cocina su padrastro, Sergio Opatowski, Pato como le dicen, la saludó, sentado a la mesa, tomando algo mientras revisaba unos papeles, trámites que tenía pendientes. Vivía con ellos desde hacía unos diez años; luego de la separación, Jimena, su madre, se había casado con él. Ángeles y Pato se llevaban bien. Él era chistoso y la hacía reír. A veces se sentía más cerca de él que de su verdadero padre, quizá por el carácter de Pato, más expansivo. Ahora él no tenía un trabajo fijo. Algunos fines de semana organizaba excursiones de pesca, pero por lo general estaba bastante en la casa o salía a hacer trámites para su mamá, una señora que estaba sola, en silla de ruedas. Pato era el único hijo.


En la cocina, el olor desvaído del café, como lavado, aguachento.


Sonó el teléfono y como estaba cerca, Ángeles atendió. Era su madre para avisar que no había más café, para pedir que fueran al Día a comprar, que le pasara el mensaje a Pato. Eran las 8.15 y esa conversación telefónica de madre e hija, un mensaje que apenas merecía una notita pegada en la puerta de la heladera, sería la última que tendrían.


Antes, a las 6, ocho pisos más arriba, Jorge Mangeri, el encargado del edificio de Ravignani 2360, también abría los ojos a una mañana cálida. Estaba solo; su esposa, Diana Saettone, pasaba unos días en casa de su familia, en Pacheco, pues estaban pintando el departamento. ¿Algo, como una congoja, le habrá apretado el pecho esa mañana? ¿Habrá encendido el velador, como un chico que cree que con un poco de luz todos los miedos, todas las penas desaparecen, arden como un puñado de polillas? ¿Habrá sentido algo diferente?

 

De chico le decían “el inglés” –contará su madre algunas semanas después-, porque tomaba té en vez de mate como el resto de sus hermanos. No sabemos qué desayunó esa mañana, pero a poco de levantarse, bajó por el ascensor y cruzó al edificio de enfrente, donde también hacía algunos trabajos como baldear la vereda. Manguereó las baldosas un rato largo. Cuando terminó cerró la llave, enrolló y guardó todo en el depósito de las escobas, agarró un trapo de piso y lo pasó sobre los mosaicos del hall, marcados con sus huellas mojadas. Entonces volvió a cruzar la calle.


De reojo habrá visto al encargado del edificio vecino, también baldeando la vereda. Tal vez haya levantado la cabeza para saludarlo, pero es probable que el otro lo haya ignorado: Mangeri nunca le cayó bien, siempre le pareció un tipo raro, contaría después, con un poco de regocijo, como una Casandra en ropa de grafa cuyas profecías empiezan a cumplirse.


Allí, en el mismo lugar donde trabajaba y vivía desde hacía diez años, casi que matrimonio y trabajo llegaron juntos, Mangeri se preparó para hacer el mismo trabajo de hacía unos minutos. Fue al depósito, buscó manguera y escobillón, abrió la canilla y empezó a lavar la vereda.


¿En algún momento habrá levantado la vista? ¿Se habrá visto, tras el paso de un auto, en la vereda de enfrente, como un déjá vu, haciendo lo mismo que ahora, la misma escena replicada?


En el baño, Ángeles Rawson habrá peinado su larguísimo pelo: clase de gimnasia a la mañana, ir al colegio a la tarde, y a la salida del colegio ir al instituto de inglés. Su agenda apretada y tediosa de los lunes que, con suerte, recién a la noche le dejaría un ratito para revisar el facebook o chatear con Gaby, la novia de Juan Cruz y una de sus amigas más cercanas, sobre la próxima reunión de cosplayers, diez días después, en el Planetario. Se habrá sujetado el pelo con una gomita, se habrá mirado la cara limpia, la nariz grande, le habrá hecho unas morisquetas al espejo y enseguida, de un tirón, se habrá sacado la gomita y movido un poco la cabeza, desparramando la cabellera otra vez sobre los hombros y la espalda. Prefería llevarla así, que la tapara un poco, que la ayudara a pasar desapercibida. En la clase de educación física le dirían que se la sujetara y lo haría, claro, no era de enfrentar a los profesores porque sí, quizá se la atara aun antes que nadie le dijera nada, así que se habrá dejado el elástico en la muñeca.


Tras cambiarse, el espejo del placard de su habitación la habrá devuelto perdida entre el cabello suelto y el equipo de jogging holgado, de un verde agrio. De atrás podía pasar por un muchacho. Agarró el morral de los pines, el que usaba cuando no tenía que llevar nada pesado, y se lo calzó en el hombro.


Salió al resto de la casa toda en silencio. Sergio no estaba, habría ido a comprar el café. Axel todavía dormía. Dominga, la señora de la limpieza, no había llegado.


Después de lavar la vereda, Mangeri siguió lustrando los bronces de la puerta. Lustrar los bronces, así le dicen todos los encargados al acto de pasar la franela, a veces con un chorro de sacabrillo, a las partes metálicas de la puerta y al portero eléctrico. La frase le da más importancia, como si fueran “los bronces” de la patria.


En un rato la llamaría a Diana a ver cómo había pasado la noche. Cuando regresara a casa, después de estar varios días en lo de su familia, ella andaría un tiempo melancólica, la conocía bien. Allá en Pacheco todo el día jugando con Lorenzo, uno de los sobrinos. Acá, en Capital, el departamento del octavo silencioso, recordándole que siempre serían sólo ellos dos, que ningún niño como Lorenzo dibujaría con crayones sobre las paredes que él estaba terminando de pintar. Diana está enferma, hace cinco años le diagnosticaron carcinoma de tiroides, y por su enfermedad no pueden tener hijos.


Mientras limpiaba el bronce del piso, Ángeles, Mumi como le decían todos, salió de su departamento. Mangeri, en su primera declaración, recuerda que ella salió y mientras se ponía los walkman se le cayó “una carterita negra”, que ella se agachó para recogerla y cuando se la calzó en el hombro él se la tironéo haciéndola caer nuevamente. Que era habitual que bromeara con ella.


Después Ángeles salió a la calle. Eran más o menos las 8.30 y quedaba un día largo por delante. Jorge Mangeri no podía imaginarse cuán largo.

 

 

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Terminada la clase de gimnasia en el predio del Colegio Virgen del Valle, cerca del Ceamse, Ángeles caminó unas cuadras con dos compañeras de curso. En una entrevista a C5N que las chicas dieron poco después del asesinato de su amiga, no recuerdan que aquel día haya sido especial, no hubo nada extraño y se despidieron quedando en verse más tarde en el colegio. Según declaró su hermano Juan Cruz, Ángeles no tenía una amistad íntima con ninguna de sus compañeras de curso. Era una chica muy reservada y con los únicos que compartía sus cosas personales era con él y con su novia Gaby. Dijo Juan Cruz, en esos días ella no salía con nadie. Había tenido dos novios. Nahuel, un chico del mismo colegio, pero unos años menor. Y luego de cortar con Nahuel, había salido un par de meses con Lucas, compañero de trabajo de Juan Cruz y de Jimena: los tres trabajaban en la misma empresa de fumigación. Lucas era varios años mayor. A Jimena, le caía bien y le decía a Ángeles que es mejor cuando el hombre es más grande porque protege más. Ella aprobaba la relación, le caía bien Lucas y a veces chateaban: a los dos les gustan los deportes –Lucas es corredor de velocidad- y tienen gustos musicales parecidos. Juan Cruz también se lleva bien con Lucas. Sin embargo, pese a la anuencia familiar, la relación duró poco. Fue Ángeles quien la terminó. A su hermano le confió que había salido con Lucas “para probar”, pero que no era lo que estaba buscando. Según Juan Cruz, Lucas quedó bastante dolido. 

 

A eso de las 9.40, cuando llegaron a la esquina, se separaron y ella siguió caminando sola. Estaba linda la mañana, a esa hora andaba poca gente por el barrio.


Esa zona de Palermo, las calles Ravignani, Arévalo, Paraguay, Guatemala, es tranquila. Está como encerrada entre el viaducto de Carranza, las vías del tren Mitre y, un poco más allá, la avenida Córdoba. Los vecinos dicen que tiene ritmo de pueblo.


Por este “pueblito” en el medio de la urbe, caminó Ángeles las cuadras que la separaban de su casa. Poca gente y poco tráfico.


Por la grabación que registra la cámara de seguridad de un edificio vecino y que será la última imagen que tendremos de Ángeles Rawson volviendo a casa, sabremos que siguió caminando tranquila, un poco desmañada, los brazos largos meciéndose con la caminata. Sin llamar la atención ni prestar atención a un cartonero que pasa lidiando con su carro por la calle, ni a la chica con la que se cruza en la misma vereda, ni al tipo apoyado en un auto que revisa sus mensajes en el celular. Ángeles camina como pasando desapercibida bajo el largo pelo suelto, adentro del holgado equipo de gimnasia.


A pocos metros de su casa, metió la mano en el morral, manoteando, seguramente, el llavero de Sanji, uno de sus personajes de manga favoritos, “un rubio tirando una patada”, como lo describirá Juan Cruz en su declaración. Ángeles llegó a las 9.50.


Cuando Jimena regresó del trabajo, a las 17.30, Jorge Mangeri estaba en la puerta del edificio. Se saludaron. Ella no le notó buena cara, estaba pálido y sudoroso. Le preguntó si se sentía bien. Él le respondió que más o menos, que parecía que estaba por engriparse y ella le recomendó que se metiera en la cama.


Ya adentro, Jimena dejó sus cosas, se puso ropa cómoda. Fue a la cocina y encontró el paquete de café sin abrir. Sonrió. Mumi había pasado el mensaje y Pato había comprado el café. Su familia, a veces, funcionaba como un verdadero equipo. Eso la llenaba de orgullo.

 

Después de dos matrimonios que habían terminado mal para ella y uno que había terminado mal para él, con Pato habían logrado formar una familia verdadera. En su caso, las separaciones habían sido dolorosas, pero para Pato había sido peor: no había abandonado a su esposa ni ella lo había abandonado a él: se había muerto y eso era más terrible que cualquier otra cosa. Ellas habían sido muy amigas, ella había sufrido la pérdida en carne propia. Jimena es una persona muy sensible y muy creyente, según todos los que la conocen. Hace un par de años, pensando en su nueva situación, más feliz, con la familia que siempre había soñado, se le ocurrió abrir un blog que llamó “Espacio para nuevas parejas”. Allí volcaba su experiencia en separaciones, daba consejos de cómo rehacer la vida luego de una ruptura. A veces hablaba sólo de ella y a veces en nombre de Pato. Le gustaba escribir esos textos, pensar que ayudaba a mucha gente que estaba en la situación en que había estado ella hasta formar pareja nuevamente.


En la heladera encontró un tupper con fideos hervidos y otro con tortilla de papas. Dominga había dejado la cena resuelta, ella no tendría más que poner todo en el microondas.


Pato también estaba en la casa. Había vuelto a eso de las dos de la tarde y se había encontrado con que Axel no había ido al colegio porque estaba medio engripado. Jimena le comentó que Jorge también, que claro, con estos cambios bruscos de temperatura qué se puede esperar.


Atrás de ella llegó Juan Cruz y hablaron algo del trabajo, de unas cobranzas que no había podido realizar. Después Juan Cruz se puso a hacer cosas de la facultad y cerca de las 21 se fue a clase. Le dijo a la madre que no lo esperaran a cenar.


Jimena habrá mirado el reloj y habrá empezado a poner la mesa. Era lunes y la Mumi debía estar volviendo del instituto de inglés.

 

 

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Jorge Mangeri dijo que subió a su departamento a eso de las 18. El sol había caído casi por completo. El departamento era pequeño y ya no cabía ni un alfiler. Para pintar, había tenido que descolgar decenas de cuadros y portarretratos con fotos y adornitos. A Diana le gustaba tener la casa linda, pero a veces exageraba y atiborraba los ambientes de chucherías. A veces asfixiaba estar entre tantos objetos. Era como si quisiera llenar con cosas la ausencia de un hijo. El malestar que advirtieron, además de Jimena otros vecinos, según consta en sus declaraciones, persistía.


Tal vez Jorge Mangeri habrá sentido la cabeza zumbándole como una mosca, los días de muchísimo calor. Tal vez habrá pensado en tirarse un rato, como le había aconsejado Jimena. Sin embargo, por alguna razón, cambió de idea y decidió ir a buscar a su esposa a Pacheco, a la casa de sus suegros.

 

A la medianoche del 10 de junio, Ángeles Rawson no había vuelto a su casa. Su madre había llamado a su celular a eso de las 21.30, la había atendido el contestador, había llamado nuevamente y el aparato se había apagado. A este llamado le siguieron otros: al instituto de inglés, a sus hermanos, a su padre, a las compañeras de colegio. Lo último que pudo saber de su hija fue que las chicas la habían despedido en una esquina a pocas cuadras de su casa, a la mañana, luego de la clase de educación física.


A esa hora, ya hecha la denuncia de la desaparición, puertas adentro de la planta baja. A todos estaban en vela, atentos al teléfono y al facebook que empezaba a replicar en centenares de muros una fotografía de Ángeles: sonriente, con el cabello cayéndole sobre el hombro izquierdo, los ojos entrecerrados como si hubiera viento, el mar atrás. A medida que avanzaba la madrugada, se iba adelgazando la esperanza de oír el hurgueteo de las llaves en la cerradura y verla entrar a Mumi.


Sin embargo, ni Jorge Mangeri ni Diana Saettone advirtieron nada cuando pasaron delante de esa misma puerta, poco después de las 12 de la noche, regresando de Pacheco, ella protegiéndose del rocío nocturno con un saquito largo; él llevando en la mano el bolso de su mujer, tal como los muestra la grabación de la misma cámara de seguridad que registra la última imagen de Ángeles.


La desdicha de la familia de la adolescente, que a esas horas ya se filtraba por debajo de la puerta, no tocó los pasos del encargado ni de su esposa. Entraron a su departamento.. Enseguida se habrán acostado. Él con el buzo puesto porque tenía chuchos de frío. Se habrán dormido.


A media mañana del 11 de junio, movileros de radio y televisión, vestidos de traje, con grabadores y micrófonos, entorpecieron el tráfico tranquilo de la vereda par de Ravignani. Temprano, Jimena había aparecido en varios noticieros pidiendo por su hija desaparecida. Y los canales de aire, en su mayoría cercanos al domicilio de la chica, mandaron enseguida sus móviles.


Los vecinos del 2360 no entendían qué sucedía, se fueron enterando de a poco por uno o por otro.


Entre los periodistas, iba y venía gente de la familia, amigos, compañeros de colegio. Cada vez que alguien salía, se echaban sobre él tratando de pescar un testimonio.


Cerca del mediodía, lejos de allí, en el conurbano bonaerense, un operario del Ceamse gritó que pararan la cinta.


Otros operarios se acercaron a ver por qué tanto alboroto y entonces ellos también vieron, asomando entre toda la porquería de los barrios porteños, algo que parecía un brazo, algo que parecía un hombro, algo que podía ser un pie metido en una zapatilla.


Enseguida descubrirían que era una chica muerta, con una bolsa de supermercado en la cabeza, con varias ataduras en brazos y piernas.


Seguramente, la imagen más horrorosa que verán en su vida. Uno de ellos no dudó en sacar su teléfono celular y tomar varias fotografías.


Ese martes, Jorge Mangeri declaró que se quedó todo el día metido en el octavo piso. Como dio parte de enfermo, le mandaron un reemplazo. La que subió y bajó por el ascensor haciendo las diligencias y las compras diarias fue Diana. Ella le contó que había desaparecido Mumi, la nena de la planta baja A, que afuera estaba lleno de periodistas. La Mumi, la de la planta baja A, le repitió afligida. Sí, la Mumi, claro, sí, dijo él como abombado, mientras su esposa le seguía contando todo lo que había oído por ahí, que el barrio estaba revolucionado, que la tele y la radio, que pobre gente.


También fue Diana la que, temprano en la tarde, le dijo que finalmente habían encontrado a Mumi, que la habían matado, un loco la había secuestrado y violado y arrojado a un basural como a un perro. Diana lloraba: una mujer buena como ella no está hecha para las peores noticias de este mundo. Él la abrazó y le dio unas palmaditas en la espalda hasta que ella se calmó.


Mangeri tampoco bajó el miércoles, ni para dar las condolencias a la familia ni para ir un rato al velorio de Ángeles. Seguía con parte de enfermo.


Recién bajó a la noche, según sus declaraciones, llamado por la policía en su calidad de encargado del edificio. Abrigado con un buzo de tela polar marrón, asomado entre el resto de vecinos que se agolpaban en la vereda, siguió el operativo policial que en ese momento allanaba el departamento de la familia, cruzado de brazos, encandilado por las luces de los patrulleros.

 

 

Por: Federico Schirmer

En tercer año del colegio, a Federico Schirmer le dieron a elegir entre dos talleres optativos: coro y periodismo. Envalentonado por el poema que había escrito a los 13, muy ovacionado por su profesora de literatura, descartó el canto. Más tarde sería un periodista intrépido, capaz de investigar y cubrir desde el caso Cromagnon, o el incendio de un shopping en Paraguay, hasta la visita de Francis Ford Coppola a la Argentina para la revista Gente.