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Por Lucía Medina

“Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron en los ruidos nocturnos normales de Holcomb (…). En ese momento ni un alma los oyó en el pueblo dormido… cuatro disparos que en total terminaron con seis vidas humanas”. A Sangre Fría. Truman Capote. Asesinato de una familia en un pueblo perdido de Kansas.1959.

Luego de releer, y sin ninguna pista de cómo empezar a escribir la historia de tres chicas muertas de interior, Selva Almada se iluminó: “Tenía dudas de cómo arrancar, entonces agarré A Sangre fría y ahí se me vino la idea de contar cómo me había enterado de la primera muerte”.

Esta anécdota surge hacia el final del 4to encuentro que ofreció la revista Anfibia en su stand en la Feria del Libro. Un lugar particular tanto en estructura como en propuesta: no acumulan pilas de libros, ni amontonan personas frente a las cajas.

La escritora Selva Almada fue invitada a charlar con diez lectores anfibios sobre su primer libro de crónicas, “Chicas muertas” recién editado por Random House. Ahora, tras el éxito de sus libros de ficción, relató tres femicidios ocurridos en el interior del país, su lugar de origen y su escenario predilecto.

Pasadas las 19:30, apareció Selva, vestida de impecable negro y cabello suelto, y ocupó su lugar en el centro del stand, delante de las pantallas donde pasan fotografías y breves frases de crónicas anfibias.

“Chicas muertas” nació a partir de un recuerdo personal: el asesinato de una adolescente de un pueblo cercano al de la familia Almada. La historia de la chica apuñalada mientras dormía fue un acontecimiento sin precedentes que marcó a una Selva de sólo 13 años.

—Tiempo después, de vacaciones en Chaco me enteré de una historia similar: otra chica joven que había sido asesinada en la misma época, su caso tampoco fue resuelto y no había trascendido como noticia en los medios nacionales -dice Selva mientras mira los dos ejemplares de su libro que están sobre la mesa que ocupa el centro del stand y que será sorteado hacia el final de la charla—. A partir de ahí decidí escribir sobre estas muertes. Contar las historias de estas chicas que, de alguna forma, no habían tenido la misma suerte que yo de seguir viva.

La tercera historia, la de la chica cordobesa, la buscó ella misma. Escribió a muchos diarios del interior preguntando por un caso de femicidio similar a estos dos, sin mucho éxito al principio, hasta que le respondieron de uno. A partir de esas tres historias, y con una beca del Fondo de las Artes, Almada inició una investigación que la llevó a viajar varias veces al interior del país, entrevistando a familiares, amigos, vecinos y jueces. Y hasta a una tarotista que quiso convencerla de que no tenía que sacar esos temas, que no tenía que molestar a esas chicas muertas.

—Antes de empezar a trabajar sentía que necesitaba un editor que me ayudara, que me mostrara el camino. Nunca había hecho trabajo de campo para escribir ficción — dice Almada y sonríe a su editora que escucha la charla desde un rincón del stand—. Me preguntaba hasta dónde tenía que preguntar o hasta dónde poner mis impresiones.

A pesar de tratarse de crímenes ocurridos en los años 80, cuando aún no se había instalado la palabra “femicidio”, Selva Almada planteó que la cobertura periodística que se hizo en aquella época, especialmente en el caso de la chica de Chaco, no fue muy distinto al que se le dio al caso de Ángeles Rawson, (sobre el cual escribió una crónica para Anfibia junto junto al periodista Federico Shirmer).Y aunque se puede creer que vivimos otra época, desde la experiencia de Almada, queda claro que treinta años no alcanzaron para que existiera un avance en el tratamiento de los femicidios, en ambos casos, la especulación fue el único método elegido por los medios para comunicar.

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—En el caso de Chaco fue como una novela porque sucedió en diciembre, antes de la feria judicial, entonces como no había novedades del caso, los medios tomaban los que decían los vecinos. Incluso si tenías un problema con un vecino, decías que lo habías visto con la chica. Entonces se armó un culebrón” — explica Selva-—.

El debate sobre literatura y no-ficción no quedó afuera del Encuentro Anfibio. Selva explicó las dificultades con las que se encontró en el momento de narrar algo que fue real. “Para Chicas Muertas tuve que construir una narradora nueva. Encontré una voz que por momentos me parecía impostada. A mí no me interesaba hacerme la cronista, y la verdad es que me costó —se sincera—.

A pesar del paso de la ficción a la no-ficción, el territorio no ha cambiado en sus relatos. El calor, el polvo, la densidad del aire permanecen en cada línea. Ese interior que la vio nacer le dio a Almada una riqueza narrativa única y una visión aguda de lo que significa ser mujer en las provincias de interior de nuestro país. Gran parte de ese interior es machista y misógino y la autora quiso darle alcance nacional. “Me parece importante que estas historias que sucedieron en el interior, donde la violencia contra la mujer está naturalizada, y que además nunca se resolvieron salgan por una editorial nacional y se conozcan”.

Los aplausos de los lectores anfibios dieron fin al encuentro. El stand se despejó y Selva se quedó a firmar ejemplares. En un momento se detuvo y dijo:

— Es difícil dedicar este libro, no puedo poner “que lo disfrutes”, como hacía con el resto.

Y entonces firma : “Para Jacqueline, con cariño. Selva Almada”.
*Lucía Medina es estudiante de periodismo en la Universidad Nacional de La Plata. Participó en el cuarto Encuento Anfibio con lectores.
Repasá los otros relatos de la Feria.