Cuando nadie la ve, a escondidas, Carolina Rojas le da galletitas con queso crema o dulce de leche a su gata, una semi angora de ojos naranja que adoptó hace dos meses. La está engordando demasiado, lo suyo no es la disciplina: se quiebra fácil cuando la gata le pide comida rica.
A excepción del gato, es una persona excesivamente controladora. Antes de irse a dormir hace un repaso mental: ¿cerré la puerta?, ¿bajé la palanca del gas?, ¿dejé las llaves a manos por si hay una emergencia? Emergencia le llama a los terremotos. En Chile, son una amenaza constante.
Cuando tenía ocho, era una chica rara. No escuchaba a nadie, era capaz de quedarse veinte minutos mirando un árbol, las nubes, una chinita o las hormigas. Su familia se preocupó y la llevaron al fonoaudiólogo: pensaron que era sorda. Por suerte, no tenía nada: era sólo una niña volada con mucha capacidad de observación. Ya más grande, esa rareza se volcó en párrafos: La Nación Domingo (Chile), Paula, Viva, Cosecha Roja y Ñ. El año que viene, si todo sale como tiene previsto, publicará un libro sobre el poeta Pablo Neruda.