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El dicho es un clásico: “comunista hasta que se enriquece, ateo hasta que el avión se empieza a caer”, pero está equivocado.

 

No es ateo hasta que el avión se está por caer sino hasta que tu selección del alma juega en el Maracaná por el paso a cuartos del mundial por primera vez en su historia.

 

“Que se caigan todos los aviones en los que viaje de aquí al resto de mis días pero porfa Divinidad, Deidad, Altísimo, Yahvé, Jehová, Providencia, Padre, Creador, Eterno, Omnipotente, Omnisciente, Salvador, Señor, Todopoderoso, Zeus (Ah Zeus, perdón por los tres a Grecia, borrón y cuenta nueva) yo que nunca te he pedido nada en esta vida, porfa que gane Colombia. No te pido más nada por este fin de semana. En la semana volvemos hablar y tal vez te pida otra ayudita”.

 

Publiqué este ruego en Facebook minutos antes del partido con Uruguay. Ahora la sensación es exponencial. Ahora mi selección -más del alma que nunca- juega contra el mayor campeón mundial de la historia por el paso a semifinales. Que alguien me pellizque: ¿Una semifinal no es eso que te deja a un partido de ser (la sola expresión asusta) Campeón del Mundo?

 

Es verdad, nunca le había pedido nada a Dios porque fui educado lejos de la religión. No puedo decir que soy ateo porque tampoco tengo esa certeza pero ni en los colegios en los que estudié (franceses, laicos, positivistas) ni en mi familia nunca se me inculcó lo religioso ni la idea de Dios.

 

Ese país que a veces es difícil querer, que un día -a mis 16 años- me despertó entre lágrimas con la noticia de que habían asesinado a balazos a Andrés Escobar. Ese país en él que Cuadrado (un Houdini con movimientos torpes e infantiles, un Harry Potter que se divierte como un niño con el balón mientras los defensas contrarios la pasan mal) tuvo que esconderse debajo de su cama siendo de verdad un niño cuando uno más de los tantos grupos violentos que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia de guerras civiles y conflictos inentendibles asesinaban a su padre. Ese país que nos tiene acostumbrados a lo peor y pocas veces a lo mejor, hoy no es ni lo uno ni lo otro, es sólo alegría y comodidad. Porque todos bailamos con cada gol. 

 

 

 

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A pocas horas del partido con Brasil, pienso en el momento en que pasé el primer cordón policial. Cuando me llevé al bolsillo y no encontré la entrada. Sentí escalofríos por unos segundos. Perder la boleta en un momento así no hubiera sido raro en mí. Era el bolsillo equivocado. Se me acercó un anciano desgarbado, una especie de Tiresias clarividente que hablaba solo detrás de la fuerte barrera policial. Me regaló una bandera de Colombia. La acepté con gusto. Muito obrigado. Por detrás tenía una inscripción de una iglesia cristiana brasileña y un pasaje de la Biblia con errores tipográficos.

 

Igreja de Deus. Porque de tal manera ,amó Dios al mundo ,que dió a su hijo unigénito,para que todo aquel que cree no si pierda mas tenga vida eterna. Juan 3. 16.

 

Entonces me di cuenta: mi sensación es simplemente religiosa. Y si hay una religión que me ha acompañado desde niño es el fútbol, el Fútbol. Esto me hace sentir un poco menos culpable de estar tan tomado emocionalmente por lo que pase con once tipos que no tienen nada que ver conmigo. Porque es claro que nunca algo que tenga que ver directamente conmigo me moviliza tanto como estos pasos que doy hacia el Maracaná entre gritos de colombianos y brasileños dispuestos a apoyarnos (hasta mañana, claro). Recuerdo a la perfección la primera vez que fui al estadio El Campín. Me llevó un ex novio de mi hermana a ver un partido malísimo, Millonarios-Unión Magdalena. Era de noche y cuando subí las escaleras y vi desde las gradas por primera vez el césped iluminado, los gritos irracionales, la energía invertida en algo tan ajeno, tuve una sensación muy parecida a la que siento hoy. Una sensación religiosa. Es así de irracional pero no lo cuestiono.

 

Y ya lo ves, y ya lo ves, somos locales otra vez… Y aquí en Brasil, nadie nos gana por que esta fiesta es colombiana.

 

Sobre ese pasto, rodeado de 73804 energúmenos, saldrán a precalentar 23 jóvenes colombianos de todas las regiones, tan distintas entre sí, de todos los estratos sociales, desde ese anciano bate-records de 43 años egresado del Colegio Británico de Cali hasta el Harry Potter que se escondió debajo de una cama excluida entre la pobreza africana del Urabá colombiano.

 

Con una calma y una comodidad insultante para mí que ni siquiera podré escribir unos whatsapp porque me temblarán las manos como me pasó frente a Uruguay.

 

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Hace pocos días leí en Le Monde a un sociólogo que hablaba de la selección francesa y de la presión de millones que se ejercía sobre estos pobres hombres. Sí, ¿de qué están hechos estos tipos para estar ahí, tan tranquilos, soportando la presión de 47.704.427 desequilibrados y carenciados emocionales entre los que me encuentro? Tantas expectativas puestas sobre ellos, sobre lo que hagan o no hagan con un balón, tanta gente dispuesta a matarlos (espero que esta vez sólo metafóricamente) si se equivocan. Y ellos ahí, tan tranquilos. ¿De qué mierda están hechos? ¿Y qué nos pasa a nosotros que les metemos esa presión? Hordas de fanáticos religiosos, fundamentalistas de esta religión sin ateos.

 

Hoy estoy en la Meca. Mi posición es inmejorable. Y la distancia también. Estoy por vivir uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Lloré en el primer gol contra Uruguay y lloré en el segundo gol.

 

Cuadrado bajó la pelota y se convirtió automáticamente en el mayor asistidor de este mundial y el mayor asistidor sudamericano en los mundiales desde Maradona en el 86. La recibió James y definió con facilidad y se convirtió automáticamente en el goleador del mundial con 5 goles. Ya pude descansar. Ya se habían ido los nervios. Ya las manos no temblaban. La garganta no respondía pero seguí gritando con miles de compatriotas desconocidos. En la tribuna hasta mucho tiempo después de que se fueron los 23 extraterrestres… En las escaleras… Quería abrazar a los celestes cabizbajos que iba atravesando pero sabía que sería peor. Recuerdo el pánico que sentí hace un siglo de 90 minutos de terminar en la misma situación que ellos. En el metro abarrotado… En la playa de Copacabana… Seguí gritando.

 

De tu mundial, de tu mundial, Brasilero en Fortaleza te despides del mundial.

 

Tal vez no sea tan fácil, Tal vez no suceda. Pero esta vez tenemos derecho a soñar, esta vez creer en esto es más parecido que nunca a un pensamiento racional positivista laplaciano que a un deseo religioso. No lo decimos nosotros los creyentes fanáticos fundamentalistas. Lo dice L’Equipe, The Guardian, La Gazzetta dello Sport… Pero bienvenido el sentimiento religioso. Bienvenidisimo.

Y Dios (o tal vez La Place) le hizo caso a mi post en Facebook, ojalá sin la partecita del avión. Aunque si cuando vuelvo de Fortaleza se cae mi avión, este post se volverá mundialmente viral. Esperemos, sólo gane Colombia.