Campo de Mayo: cómo quebrar a un rugbier

En el año 2003, los Pumas pasaron siete días en Puerto Belgrano entrenándose bajo las órdenes de los comandos anfibios de la Armada Argentina. La experiencia inspiró a clubes que, cada pretemporada, se someten a ejercicios extremos de supervivencia en Campo de Mayo, la mayor guarnición militar del país y destino final de más de 4.000 desaparecidos. El escritor Félix Bruzzone cuenta cómo son estos entrenamientos en el que los rugbiers pasan hambre, frío y llegan al límite del agotamiento físico. Uniformados y deportistas están convencidos de lo valioso de esta experiencia. Una rutina en la que hasta el rubgbier más duro puede quebrarse y llorar implorando por su mamá.

En Campo de Mayo, la mayor guarnición militar del país, punto neurálgico de los más intensos levantamientos armados y destino final de más de 4.000 desaparecidos de la dictadura de Videla, un rugbier desayuna un mate cocido y dos rebanadas de pan. Creada en 1982 para combatir en Malvinas, la mítica Compañía de Comandos 601 ahora está dedicada a brindar entrenamientos extremos a equipos de rugby que buscan la gloria.

 

A 30 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, Campo de Mayo ocupa seis mil hectáreas de campo abierto, sembrado de instalaciones militares, en medio de densos conglomerados urbanos como San Miguel, Malvinas Argentinas, Tigre, San Martín, Hurlingham y 3 de Febrero. Sus caminos interiores, durante el día, están abiertos al tránsito vehicular. Caminos de banquinas amplias, adornadas de eucaliptos, paraísos, casuarinas y coníferas varias. La tierra es blanda y siempre pueden verse, más acá o más allá de las hileras de árboles, o entre los repentinos pastizales que respiran a la vera de la Avenida Ideoate (en rigor, una ruta de 7 km que atraviesa la guarnición de punta a punta), a militares en remera, shorcito y zapatillas que van y vienen trotando. El deseo máximo de cualquier corredor: correr por lugares así y, al final del día, volver a su pintoresca casa de paredes blancas y techos bajos de tejas rojas, en el Barrio de Suboficiales Sargento Cabral.

 

Una tarde de sábado, sin embargo, no son estos relajados militares los que van por la banquina, sino grupos de jóvenes que, a la distancia, parecen cargar troncos gigantescos.

 

“¡Vamos Regatas! –se escucha a alguien que alienta desde el fondo–, ¡vamos que podemos!” Son rugbiers. El club Regatas de Bella Vista está entrenando en Campo de Mayo. Los tipos cargan los troncos en grupos, de a diez. La idea es que troten, pero algunos apenas pueden sobrellevar una marcha lenta. De pronto, en medio de este tremendo esfuerzo, un tipo inmenso, seguramente muy letal adentro de una cancha de rugby, se separa de sus compañeros, se saca la mochila y se larga a llorar. “¿Qué llorás? –le dicen los instructores, dos Cabos que los acompañan”. Entre los sollozos se escucha que el gordo dice:

 

–Mi mamá, mi novia…

 

Los instructores, furiosos, le gritan que se levante y vaticinan castigos para todos. “Dale gordo” –se escucha a uno de los que vienen atrasados. Los instructores lo ven llegar y le ordenan que cargue la mochila del gordo. El gordo primero intenta cargarla él, pero no puede. “Cargala vos –le dicen al que viene atrasado- o reventamos a todos”. Y el que viene atrasado, entonces, como sacando fuerzas con las uñas del fondo de un pozo, mira al instructor a los ojos y le dice: “Termina esto y te mato, sorete, cagón”, y luego levanta la mochila, y lo hace levantar al gordo; le palmea el hombro y le dice: “Vamos, gordo, vamos”.

Más tarde el Teniente Primero Martín Sánchez, uno de los organizadores de estas prácticas, destinado en la Compañía de Comandos 601 desde 2008, me contará que, cuando pasan cosas así, los instructores, interiormente, se ríen, y hasta pueden llegar a enternecerse; pero por fuera no, son fieras, y tienen que ser el demonio. “Si en el curso de comando yo me ponía a llorar así, me levantaban a patadones en la frente”.

 

Alto, cabezón y tucumano, hijo de un oficial del ejército, Martín estudió en el Colegio Militar de la Nación y se preparó como comando especial en 2005. Está orgulloso de ser comando. Cuatro meses de entrenamiento de los que egresa apenas el diez por ciento de los aspirantes. De los chicos de Regatas dice: “Esos no se olvidan más”. Después me presenta a todos sus compañeros y a sus superiores como si yo fuera un nuevo pariente de su gran familia uniformada. Como atento anfitrión que es, me muestra las instalaciones. Empieza con el museo de la Compañía. Historia del 601. Historia de sus hombres célebres (Seineldín entre ellos).

 

Mapas de acciones en Malvinas. Elementos usados en Malvinas. Y la historia, entre heroica, pícara y rapaz, de cómo algunos compañeros, tomados prisioneros por los ingleses, evitaron entregar al enemigo estandartes del comando escondiéndolos en una campera con doble fondo. Contrabandistas contrabandeados, los ingleses. Mientras me explica detalles técnicos de armas, tácticas y dimensión de las hazañas del cuerpo, sentencia: “El entrenamiento comando es como la guerra, pero sin muertos”. Igual, entre las fotos de los muertos en servicio, son muchos los que cayeron entrenando. Por eso él insiste en señalar que los entrenamientos planteados para equipos de rugby son diferentes: “Nunca tuvimos un lesionado”.

 

Desde ayer a la tarde, lo único que comieron los chicos de Regatas —tras una noche en la que sólo los dejaron dormir por períodos de media hora, despertados a los gritos, a baldazos de agua fría, o directamente a los tiros— fue el desayuno del mate cocido y las dos rebanadas de pan. Ahora llevan remeras que cuando llegaron fueron blancas y hoy son un enchastre de barro, sudor y demolición. Y cascos militares con números en la frente. Porque desde ayer, adentro de Campo de Mayo, estos muchachos no tienen nombres, son números.

 

Lucas Lovisceck, capitán del equipo, dice que lo de ellos fue descomunal. Lo que yo vi, lo de los troncos, por ejemplo, fue para ellos algo totalmente inesperado. Antes de eso les habían dicho que faltaba poco para que el entrenamiento terminara. Pero seguía. Y por cómo se habían dado las cosas, siempre confusas, siempre engañosas, ellos entendían que estaban siendo víctimas de una bien calculada tortura psicológica, y esperaban tener que correr más, subir más barrancos imposibles y luego bajarlos, atravesar más lagunas, más barriales, todo con esas mochilas tan pesadas. Sin embargo, cuando les presentaron a los troncos, y les dijeron que tenían que cargarlos al trote los últimos siete kilómetros, hubo una conmoción desmesurada, y muda. Y aún así, sabiendo que podía suceder que ni siquiera esos troncos fueran el final, los cargaron.

 

Lo usual son dos noches y tres días: desde la tarde del viernes hasta la noche del domingo. Martirio, muerte y resurrección. Los detalles se arreglan entre los entrenadores de los clubes y el personal militar, al que le resultaría imposible dejar sus tareas habituales en otros días de la semana. En todo caso, los militares proponen un plan, los entrenadores definen qué cosas sí y qué cosas no, y allá van los jugadores. Las actividades planteadas, igual, son aplastantes, y el desparramo de rugbiers es idéntico siempre.

 

Federico Perez Brea, tercera línea de Hurling Club, licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Católica, tuvo su cuota de Campo de Mayo en 2006. Hoy trabaja en la Subsecretaría de Asuntos Públicos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Lo primero que cuenta es que, divididos en cuatro grupos, los hicieron cortar el pasto de cuatro canchas de fútbol. Para alguien que toda la vida vivió en los suburbios y tuvo jardín, pileta y perro, nada muy desorbitado. Salvo que el trabajo había que hacerlo con las manos. Tardaron tres horas. Cada tanto, un Cabo se acercaba y con la punta de su borceguí señalaba un pastito aislado: “Este te quedó largo, cortalo”.

 

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Este verano, Campo de Mayo vivió el bautismo del rugby Juvenil en este tipo de entrenamientos. Y para no desentonar, a la categoría Menores de 18 del Club Liceo Naval, después de tenerla sin comer más que la consabida y suculenta ración del mate cocido y los dos panes matinales, los instructores, que no pensaban darles ningún almuerzo, aprovecharon para montar un simulacro. Pusieron a los chicos frente a grandes ollas, les dijeron que habría castigo por el bajo rendimiento, y tiraron a una zanja todo el caldo que había en las ollas. Sólo se apiadaron algunas horas más tarde. Eran chicos, menores de edad, y ahí tenían su comida: una banana, una manzana y un tomate para repartir entre veinte famélicos.

 

“Con las raciones podemos jugar. Sabemos que se puede” –dice Martín Sánchez después de hacerme pasar por el salón donde, antes del entrenamiento, les muestran a los rugbiers un video motivador–. “Como mucho, tendrán más o menos hambre. Con el agua no. Les pedimos que la traigan ellos. Hidratarse se tienen que hidratar.”

 

Ninguna de los entrevistados sabe de dónde viene la idea de entrenar equipos de rugby de esta manera. Por lo que se comenta en terceros tiempos, el rugby inglés, en algún momento, bastante impreciso, adoptó el método y lo sembró en el mundo anglosajón, colonizando luego todo tipo de equipos y divisiones. Desde los chicos del SuperXV australiano, hasta las chicas de la selección de Irlanda (sí, hay rugby femenino). La lista de clubes, que al día de hoy parece escrita sobre la piel de un musculoso elefante blanco, luego empezó a abrirse también acá. Y así llegamos a la cita obligada del 2003, cuando los Pumas pasaron siete días en Puerto Belgrano al cuidado de los comandos anfibios de la Armada Argentina.

 

“Eso de los Pumas se contagió”, dice Lucas Lovisceck. Él es, a simple vista, el rugby en su máxima expresión. Con una estatura que siempre lo mantuvo una cabeza por debajo de casi cualquiera de sus compañeros, siempre se destacó como medioscrum hábil y aguerrido, capaz de llevar adelante a todos los equipos por los que pasó hasta quedar como capitán de la primera. La escasa altura no es impedimento para jugar al rugby. Tampoco lo es el exceso de peso, ni la torpeza con las manos, ni la torpeza con los pies; ni siquiera una torpeza general, constitutiva, capaz de relegarte en cualquier otro deporte. Todos, hasta el pequeño Lucas, sobre quien alguna vez sus padres hicieran consultas médicas por déficit en el crecimiento, pueden llegar a ser líderes y estrellas.

Campo de Mayo, para él, fue algo que pudo servir para afianzar al grupo y evaluar los liderazgos. La idea era prepararse para un año de quiebre, en el que el equipo pudiera estar entre los mejores luego de una temporada que había sido muy buena. Pero la cosa no funcionó, el equipo se volvió irregular y al año siguiente perdieron la categoría. No hay ánimo determinista en Lucas, pero el fantasma sobrevuela.

 

Sobre los fundamentos de todo esto, Sánchez dice que la idea fundamental es quebrarlos. Me muestra las barracas donde los rugbiers tienen que dormir a la intemperie, la vertiginosa plataforma de paracaidismo desde la que los hacen saltar, la pileta en la que los hacen mantenerse a flote, vestidos, con pesos cada vez más extremos que tienen que sostener, y donde son enfrentados a delicadas pruebas de inmersión.

 

—Quebrarlos psicológicamente. Una vez que se quiebran empiezan a aparecer las cosas que queremos ver. Poner a los tipos en situaciones extremas para detectar virtudes y defectos que en otras circunstancias no las ves. Hay mucha atención a los aspectos de los liderazgos, por ejemplo.

 

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Lucas recordará que, durante todo el entrenamiento, vio cómo los instructores anotaban cosas en planillas. Y luego las planillas pasaban a los entrenadores. Sánchez dice que eso, en efecto, es así pero admite que muchas veces lo de las planillas es un simulacro, una herramienta más para la degradación psicológica. Lucas, después de aquel día, nunca supo nada de esos papeles, ni de las supuestas anotaciones. Ahora, aunque Lucas no lo dirá, lo que sobrevuela es la idea de que los entrenadores, al menos los de él, quizá también jugaban a aquel juego de degradación.

 

¿Y si pensáramos en ofrecerle a estos equipos situaciones de supervivencia, o situaciones extremas, en otro ámbito, sin militares a la vista? Sánchez dice que puede ser, pero que la clave es el control y los saberes que tiene el cuerpo de elite. “La gente de los comandos sabe lo que hace. El complemento está ahí, no tenés que inventar especialistas en esto.”

 

Sin embargo la duda queda, un poco apelmazada, pero queda. A mediados de los 90, se acercaron al Comando 601 las chicas de un equipo de Hockey. Tuvieron su experiencia (bastante mala, no era lo que esperaban, muchas abandonaron en la mitad), y no volvieron nunca más. Ni ellas ni ningún otro equipo de hockey. Y desde 2003, de hecho, los únicos que se acercan son equipos de rugby, deporte que, es cierto, requiere mucho del juego en equipo y que se afirma fuertemente en sistemas de liderazgos bien calibrados.

 

Federico Perez Brea se hamaca en su oficina del microcentro y saca una conclusión provisoria contando que, durante la segunda noche, se acercó al galpón donde iban a dormir, la persona que había hecho el contacto con Campo de Mayo: un padre de un chico del club, militar de carrera. El tipo les habló de la colimba, de la igualdad de oportunidades y perspectivas que les ofrecía a los jóvenes que la hacían.

 

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—Hoy los pibes tienen mucho desinterés, no pueden estar atentos ni las dos horas que dura el entrenamiento. Se quejan de que los entrenadores ponen a los más grandes en el equipo, que a veces juegan peor. Pero no se calientan por mejorar y ganarse el puesto. Es como si no quisieran ganar. O como si el desafío de ascender, que para nosotros sería lo máximo, fuera mucho. Y yo les pregunto: ¿qué tienen, miedo a poner todo y después fracasar? Dicen que no, pero siguen igual que siempre.

 

A entrenar en Campo de Mayo se accede gracias a contactos y conocidos. Y por momentos, estas prácticas no parecen tener un fundamento tanto deportivo como de afinidad con el ejército. O ser una moda que el tiempo se encargará de desplazar. O ser, hoy, un extraño escalón más en la carrera de un rugbier de ley. La última hipótesis parece cerrar muy bien frente a la constatación de que ningún equipo de los que pasó por acá repitió la experiencia. Los mismos Pumas, luego de aquel mítico entrenamiento en Puerto Belgrano, prefirieron ir al centro de alto rendimiento deportivo de Pensacola, en Florida. Allí hay base militar, también, pero no es lo único que los entrenadores tienen a la mano.

 

Por otro lado, las posibles afinidades entre el mundo del rugby y el ejército, que uno podría leer malignamente a partir de la lección de colimba y nostalgia que diera aquel padre del Hurling Club a los devastados muchachos del plantel superior en su segunda noche de entrenamiento, pueden aparecer desde otro costado. La Compañía de Comandos 601 tiene su propio equipo de rugby, y compite en el ascenso de la Liga Empresaria de la URBA.

 

El Comando 601 no hace publicidad. Ellos mismos dicen que algunas veces piensan en que deberían fomentar la llegada de nuevos clubes. Más ahora que ven posible trabajar con divisiones juveniles. “Puede llegar a ser una función social –dice Sánchez antes de despedirme, después de acompañarme hasta la barrera de entrada a la Compañía-. Nos interesa que la gente vea lo que hacemos, no estar acá encerrados. El ejército siempre colabora en inundaciones y desastres. Esto sería otra cosa más”.

 

El único desembolso que hacen los clubes (además de pagar por las horas extras de los instructores y por los gastos del entrenamiento) es algún tipo de “regalo”. Liceo Naval, este año, dejó un grupo electrógeno. La Compañía no puede lucrar con estas prácticas, pero sí espera que los clubes contribuyan con, por ejemplo, elementos para sus propios entrenamientos de rugby (escudas, máquinas de scrum, bolsas de tacle). A su vez, los instructores, que durante el tiempo que duran las prácticas son los más malos, los más sucios y los más feos, al terminar siempre ofrecen a los rugbiers, y a los parientes y amigos que se acercan, un asado final.

 

El gigante llorón finalmente llega, aunque retrasado, a las instalaciones de la Compañía donde por fin, sí, esta vez es cierto, termina el suplicio. Abraza a sus padres, y a su novia, que por suerte vinieron para el cierre. Luego, ya bañado y con ropa limpia, igual que todos, se relame frente a los chorizos y el costillar que chillan sobre las brasas.

 

Ilustración: Tomás Linch

Tomás Linch se hizo fotógrafo por un ruido. Puede parecer curioso ya que cualquiera pensaría que lo que define una vocación de ese tipo, que está relacionada con la imagen, tiene que ver con lo visual, pero de nene, a los ocho años, le robaba a su padre la cámara, una Kodak 110 de plástico y sin rollo y jugaba a sacar fotos.