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Río de Janeiro. Sólo a unos inconscientes se les puede ocurrir semejante idea. Nunca se planteó esa posibilidad hasta que se hicieron las oscuras 18.30 y los tickets de reventa no bajaban de ochocientos reales. Los pagaban japoneses, rubios de cara lisa y algún argentino de billetera gorda. Desde afuera se escuchaban las canciones de la hinchada y nos cegamos. Dos tucumanos y un platense con cuatrocientos reales en las bermudas desesperados “for Buy ticket”.

 

 —¿Qué hacemos la reputísima madre que lo parió?

 

—Ya fue loco, nos mandamos.

 

—Vos estás en pedo Tucu.

 

—Es hoy o nunca hermano.

 

Dimos una vuelta entera al Maracaná en busca de un hueco, de un agujero, de un alambrado abierto, de un pozo, de una tercera dimensión. Nada. Lo único era un portón, en uno de los costados, por donde entraban los voluntarios con sus remeritas FIFA y sus cartelitos “I can help you”. Entraban en grupos y caminaban por una parte donde había coches. Si uno los seguía seguro llegaría al lugar soñado. Si Uruguay pudo en el 50’ nosotros también podemos. Si Independiente  -¡y con el Oso Arturo!- dio una vuelta olímpica en el Maracaná en el 95’ ¿por qué no íbamos a poder al menos entrar?

 

 —Y dale… vamos

 

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Con las camisetas en la mochila y cara de Scioli nos pegamos a ellos. Eran 6 mujeres y 3 hombres. Iban en su mundo. Caminamos unos 50 metros que parecieron 180 kilómetros. Vamos a entrar shhh. Caminen. No miren para atrás. Me parecen que nos siguen. Shhh. 

 

Un pitazo. ¿Empezó el partido? Otro pitazo: está vez más cerca. No miren para atrás. Dos manos en los hombros y palabras nada bonitas en portugués.

 

Stop. ¿Where do you go?

 

—Ehhhh, here, stadium.

 

Su cara lo decía todo. Nos miró fijo, acarició el machete y lo usó para escoltarnos. Caminar esos 50 metros para atrás  -cuando  estuvimos tan cerca- con una cachiporra apoyada en la espalda te hace sentir nada ante el gigante de Río. Como si fuera poco vinieron 4 policías militares con trajes de tortuga diciéndonos mil cosa que no entendimos y hablando por walkie talkie sobre nosotros.

 

Nos abrieron el portón mágico y como despedida nos empujaron a la realidad con el machete para darnos envión. Hay una marca de recuerdo.

 

—Al menos entramos al Maracaná —dijo el Tucumano y sentimos el pitazo.

 

El partido había empezado.

 

—¿Vamos a buscar un bar?