estantes

 

Por: José Sainz

 

Mi papá se levanta de noche. Dice que no sabe quedarse en la cama. En los días que no trabaja, las vacaciones, los feriados, los fines de semana, es raro verlo fuera de su habitación, una nave estrecha al fondo del primer piso en la que se amontonan muebles, ropa, piezas sueltas. Frente a la puerta hay una estantería de madera clara que era de un juego de dormitorio mío. Creo que no le gusta o que le parece incómoda. Tiene los estantes muy chicos, muy bajos, y ni siquiera son profundos. Ese cuarto de descarte fue el estudio de mi mamá, el cuarto de planchar, una habitación alternativa cuando se terminaban las camas en las otras cuatro. Ahí, en unos archivadores grises, rectos, rígidos como las construcciones del comunismo soviético, mi mamá guardaba sus expedientes, sus libros, y también las fotos y cartas y papeles que aparecieron después de la muerte de mi abuela.

 

 

Al poco tiempo mis amigos dejaron de venir a casa, como casi todos. Mi mamá se fue y yo le dije a mi papá, un par de años después, durante un almuerzo, que era una molestia para todos que su dormitorio estuviera junto a la entrada, pegado al living. Le dije que necesitaba otra habitación para estudiar, para desplegar mi mundo.No le dije desplegar mi mundo. Le expliqué que pensaba dedicarle mucho tiempo a mi tesis, un proyecto audiovisual con el que quería derrumbar la idea de la utilidad de las escuelas de periodismo deportivo, que era lo que estudiaba. No terminé la carrera, pero me quedé con la habitación. El pintor sacó el empapelado, que era de un blanco oscuro que absorbía la luz y licuaba el espacio hasta volverlo una mancha gris.

 

Un fin de semana subimos los muebles. Mi hermano mayor se fue a vivir con su novia. Lo hizo de a poco, por tramos, sin decirlo, que es como mi hermano hace las cosas. Cada tanto lo veía pasar apurado, cargado de bolsas y mochilas, con la vibración del motor del auto marcándole el ritmo. Su habitación, también en la planta alta, se convirtió en un depósito de televisores y computadoras, el taller de un científico amateur, un boceto amable de la escenografía del apocalipsis tecnológico. Mi papá nunca quiso mudarse ahí, ni tampoco al cuarto de mi otro hermano, que también se fue y dejó paredes cubiertas de fotos y ningún mueble.

 

El cuarto parece el recuerdo de un muerto, de una víctima del desalojo. Todas las habitaciones son más grandes que la que usa mi papá. La única ventaja es el ventanal que da al patio. El espacio, inundado por la luz, parece expandirse, ceder un poco, distribuirse de nuevo. Pero mi papá sale de la cama antes de que amanezca, nunca se despierta con la luz en la cara. Sale de noche, cuando el silencio es tan amplio que él lo interrumpe incluso con su sigilo, con su cuerpo flaco, fibroso deslizándose por la escalera, moviéndose con timidez, armando la mañana con discreción, como si los ambientes estuvieran salpicados de minas antipersonales y él buscara atajar las explosiones.