Por: Cecilia Fanti

 

Estuve internada treinta y cinco días. Papá no vino a visitarme ninguno. No pudo, no supo cómo. Tal vez no quiso, no encontró la manera, no le quedó de paso, no se animó. Prefirió no verme en una cama, en una habitación de sanatorio, postrada y con el cuerpo conectado a tubitos, con dolor. Paciente y padeciente. Papá no vino. Que no es lo mismo que decir que no estuvo. Que es lo mismo que decir que hizo lo que pudo. Hasta dónde pudo. Papá pudo llamar por teléfono, hablar con mamá todos los días, preguntar si necesitábamos dinero, avisarme que los libros que había pedido a Amazon ya habían llegado –y mintió diciendo que intentaría traerlos. Papá fue a la comisaría cuando me citaron a declarar por el accidente para justificar mi ausencia y atendió los llamados de todos los abogados que carancheaban alrededor de casa porque tenían el dato de que me había accidentado. De que un auto me había atropellado y de que ahí había un caso ganador.

 

Sonó el teléfono y mamá salió a hablar al pasillo. Descargué mis dedos, la ansiedad, contra el colchón. Lo acaricié primero con el meñique y después fui subiendo la escala hasta llegar al pulgar. Y volver a empezar, ahora al revés, y cada vez más rápido, con un chischás que salía de la fricción y el movimiento: las siete de la tarde y el horario que papá esperaba el parte. ‘¿Va a venir?’ preguntaba. ‘No, dice que le hace mal verte así’. ‘Es un fóbico’ le respondía a mamá, que tenía los ojos llenos de lágrimas y de ira. ‘Es un pelotudo’ remataba. Y entre la fobia y la pelotudez también había un gesto de confianza: sabía que volveríamos a vernos, que yo saldría del sanatorio, sobreviviría y todo, incluso que lo conflictivo de nuestro vínculo, volvería eventualmente a la normalidad.

 

La única vez que papá y yo coincidimos en un sanatorio fue cuando nací. Mi cabeza era demasiado grande y chocó contra mamá al salir. Chichón y bilirrubina. Pasé mis primeras horas de vida en una incubadora. Cuando fue a verme a la nursery, se llevó el vidrio por delante. Por mirarme. Embelesado.

 

Papá se ocupó de cuidar a mi gata. También papá, en piyama y con una zapatilla distinta en cada pie, corrió hasta la esquina donde me habían atropellado, llegó cuando la ambulancia ya se había ido y se animó a pegarle una piña al responsable, al conductor, al hijo de puta (sic) en presencia de la policía que lo contuvo y lo mandó de vuelta a casa. Papá fue el primero y el único que recibió las disculpas del hombre que me atropelló y quiso escaparse aquel lunes de invierno de 2012. Su manera de hacerme justicia. De justificar su llegada tarde que se convirtió en una llegada a tiempo, de hacer algo donde no se podía hacer nada. El golpe del auto, el golpe contra el asfalto, el golpe de papá: todos efectivos. Y un esperado golpe de suerte.

 

Que no fuera nada, que fuera menos de lo que era. Que saliera.

 

El 28 de agosto de 2012, a las 3 de la tarde y 35 días después, papá abrió la puerta del taxi que me devolvió a mi casa.

 

27 años después, papá seguía embelesado.