Verano anfibio

Horizonte desquiciado

En 1994, el escritor Hernán Ronsino fue al sur con tres amigos. Caminando hacia el mirador Bandurrias, cerca del lago Lacar, se perdieron durante horas. En este texto de verano, el autor cuenta cómo recién años más tarde se dio cuenta de que el clásico sentido del viaje existe si hay un quiebre, si uno se anima y se decide a enfrentar la naturaleza.

Hacía mucho tiempo que no salía de vacaciones. 1994 estaba terminando y con los amigos del pueblo – Chapa, Biló, Sebastián y el Zoca – decidimos hacer el típico viaje de mochileros al sur. La idea era recorrer desde Bariloche hasta San Martín de los Andes el camino de los Siete Lagos. Lo planeamos una noche en la esquina del Banco Provincia. Y después de eso salimos a la Terminal en busca de los pasajes. Al otro día hicimos una lista con lo que necesitábamos y también compramos una carpa entre los cinco: el Zoca después no pudo viajar. Haber comprado la carpa entre los cinco fue una forma de materializar el vínculo pero abría, al mismo tiempo, un desafío. Qué iba a pasar con la carpa después del viaje. Quién se la quedaría. Pero, por el momento, ese asunto no era importante. Primero estaba el viaje. Salimos en la tarde del 4 de enero. Salimos tres: Chapa, Biló y yo. Sebastián no me acuerdo por qué viajó solo y llegó al otro día. Tomamos el micro en la ruta 5 –no entraba al pueblo – y una vez arriba, después del entusiasmo por salir, por ir dejando atrás esa rutina de verano que se pegaba como una piel húmeda y agobiante, empezamos a caer en el silencio de un viaje que duraría más de veinte horas.  

 

Llegamos a Bariloche promediando la mañana del 5 de enero. Estábamos apunados y con hambre. Los tres éramos más pampeanos que las vacas y ahí nomás, ni bien bajamos del micro y nos calzamos las mochilas – pesadísimas, mal armadas –, nos enfrentamos al camino de montaña. Subir y bajar era la cuestión. Perder el aire. Agotarse. Pero teníamos veinte años y una energía que brotaba de regiones insólitas. En algún momento tomamos una serie de colectivos urbanos y así llegamos al lago Gutiérrez donde acampamos. Ahí nos quedamos los primeros días. Ahí esperamos a Sebastián que nos encontró entre miles de carpas.

 

Un martes dejamos Bariloche. Comenzamos a recorrer los siete lagos a dedo. Dormíamos, en promedio, dos noches en cada lago. Nos fuimos hundiendo, de a poco, en ese paisaje. Nos fuimos borrando del mundo. Ahora, a veinte años de todo eso, algunos lugares se me confunden pero los que resaltan con nitidez siguen siendo dos: el vallecito que se forma entre el lago Villarino y el lago Falkner, y las orillas del Pichi Traful. Soñé muchas veces con esos lagos. Tienen algo parecido – un clima, un espíritu – a los cuadritos alpinos que colgaban en la galería de la casa de mi abuela.

 

Cuando finalmente llegamos a San Martín nos instalamos en el hospedaje que ofrecía Caritas a los mochileros. La primera noche dormimos en una habitación que daba a la calle, con unos ventanales enormes. Nos despertaron el sol y las campanas de la iglesia. Yo esa noche soñé – el sueño sigue siendo tan claro como el agua de esos lagos – con un puma herido que se arrastraba por los montes y atacaba, de un modo letal, en su desesperación, en su agonía.

 

Habían pasado más de quince días de viaje. Nos habíamos desconectado del mundo. Pero fue en San Martín donde nos empezaron a llegar noticias. Una mañana, Biló, que había ido a comprar un pan casero exquisito, escuchó que en la calle hablaban de la muerte de Carlos Monzón. Trajo la noticia. Dijo: Se murió Monzón. Y yo pensé, de un modo directo, mientras ellos rememoraban peleas y anécdotas, mientras cortaban pedazos de pan caliente, en un vecino de mi barrio. Pensé en Carlos Frías porque siempre que se hablaba de Carlos Monzón pensaba en él o, si no, siempre que aparecía en la tele Carlos Monzón lo veía a Carlos Frías. Para mí no sólo se parecían físicamente, no sólo tenían el mismo nombre, además los habitaba un gesto, una rudeza bondadosa, como ésa que Monzón muestra en la película de Favio. Pero, ahora que lo pienso mejor y con cierta distancia, también los empecé a emparentar después de ver una pelea callejera en donde Carlos Frías se trenzaba con su hijo menor. Cuerpo a cuerpo. Nunca había visto una ferocidad semejante.

 

Hasta San Martín, entonces, el grupo se había mantenido, más o menos, unido. Pero el gran cisma se dio cuando Biló y Sebastián decidieron irse a la costa Atlántica y, en cambio, Chapa y yo preferimos quedarnos un par de días más. Una mañana lo discutimos – por momentos – con cierta intensidad. Pero no hubo acuerdo. Entonces, ahora, la tenencia de la carpa pasó a predominar en la discusión. Como una pareja que se separa, teníamos que acordar ciertas cosas. Después del desayuno, ellos emprendieron el camino a dedo hasta Mar del Plata. Y nosotros, que nos quedamos con la carpa, esa misma mañana decidimos conocer el mirador Bandurrias.

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A Chapa le dicen así porque tuvo que usar aparatos en los dientes y uno de sus dientes delanteros quedó enfundado por una especie de chapita. Lo conocí en la secundaria pero ya hacía años que ese nombre estaba adherido a cada movimiento que hacía. Con Chapa nos habíamos ido a estudiar juntos a Buenos Aires la carrera de contador público. Yo por entonces no sólo estaba bien lejos de la literatura sino que vivía una vida que, si la veo desde hoy, parece la vida de un extraño. Esa mañana que decidimos ascender al mirador Bandurrias, caminamos, antes, hasta el lago Lacar. Seguíamos molestos porque los otros se habían ido. Pensábamos que era una locura hacer semejante viaje a dedo hasta Mar del Plata. Pero una vez que nos tiramos un rato en la arena y contemplamos el cerro que íbamos a trepar, nos empezamos a olvidar de todo. El cerro, visto desde la playa, estaba a la derecha y no era tan alto. Pero cualquier cerro para nosotros, que éramos más pampeanos que el trigo, era un desafío. 

 

Nos habían dicho que para llegar al mirador Bandurrias había que cruzar una comunidad mapuche. También nos habían dicho que desde el mirador, después de una caminata de una hora, se podía ver un paisaje increíble: la amplitud del lago Lacar, ese color turquesa, rodeado de montañas y, atrás, la cordillera con los picos nevados. Nos habían dicho que desde ahí teníamos que sacarnos una foto. Que esa foto era la postal obligatoria. Cuando encontramos el sendero para empezar el ascenso coincidimos con una pareja de franceses. Parecían muy simpáticos, hablaban en un español muy enrevesado – él un poco mejor que ella –. Sacaban fotos y comían almendras. Yo hasta ese momento pensaba que Bandurrias era el nombre de un general que había desplegado su violencia en esta zona, pero fue Roger quien nos contó sobre los pájaros.

 

Las bandurrias no sólo son un instrumento musical parecido a las guitarras, también son unos pájaros típicos de la Patagonia. Hacen un ruido extraño semejante a un claxón, decía Roger mientras su mujer fotografiaba la perspectiva que íbamos teniendo – a medida que ascendíamos – del lago Lacar y, a nuestras espaldas, de San Martín. Las bandurrias son unos pájaros muy grandes y con unos picos curvos, decía Roger y el aire, por momentos, se le iba. Pero ellos eran profesionales. Exploraban todos los años distintas regiones de los Alpes. Y este mirador era insignificante en cuanto a la altura. Pero nosotros, que éramos más pampeanos que el ombú, estábamos haciendo un esfuerzo gigante, no sólo por ascender sino por ir a la par de los franceses que no paraban de hablar y de contarnos cosas sobre la naturaleza y los pájaros típicos de la región.

 

El tramo final fue muy duro. Chapa trastabilló con una roca y quedó un poco dolorido. Pero fue más grande el susto que la torción. No es nada, no es nada, gritaba Roger entusiasmado por estar llegando. En el mirador había dos o tres grupitos que sacaban fotos y se movían con cierta calma. Como recuperando el aire después del ascenso. Chapa se sintió un tanto defraudado. Tenía otra idea de lo que era un mirador. Esperaba encontrar una confitería, un refugio que vendiera chocolates con churros. Pero el mirador ni siquiera tenía una baranda que indicara algo. No era necesario. Porque la vista que se desplegaba era paradisíaca. Eso gritaba Roger: El paraíso, decía. La mujer de Roger comía almendras y sacaba fotos. Nosotros nos sentamos en una roca y, en silencio, mirábamos el paisaje como se mira un cuadro. No podíamos sentir, de ningún modo, el entusiasmo que sentían los franceses. Por eso en un momento, Roger nos instó a pararnos en el borde de una roca y a respirar profundo. Miren, decía. ¡Miren esto! Hicimos todo lo que nos indicaba. Y, mientras lo hacíamos, Roger le quitó la Kodak a Chapa y nos empezó a fotografiar. Primero juntos y después a cada uno sentado sobre una roca. Luego los franceses se dispersaron, se aburrieron de nosotros y se pusieron a descender por un sendero abrupto, en busca de una panorámica perfecta. Nosotros empezamos a tener hambre y por eso decidimos, sin poder despedirnos de ellos, que era hora de regresar.

 

Bajamos casi corriendo, tomando senderos estrechos y serpenteantes. Bajamos livianos, sintiendo de qué modo el hambre crecía. Bajamos imaginando los platos que íbamos a comer en una cantina cerca de Caritas – nos íbamos a dar, por primera vez en todo el viaje, un gusto –. Bajamos sintiendo que habíamos vencido un poco esa tiranía pampeana que nos pesaba en el cuerpo. Y bajar así, es inevitable, te marea. Creo que fui yo el primero en sospechar – por la angostura de los senderos, por la presencia tan desleal de las ramas, por la ausencia de las huellas en la tierra – que nos habíamos perdido.

 

Tardé mucho tiempo, unos cuantos años diría, en darme cuenta que, a lo largo de esas cinco horas que estuvimos extraviados en el cerro – escalando, angustiados –, recién fue ahí cuando encontramos el viaje o, mejor, fue ahí– sedientos, desesperados – cuando más cerca del concepto de experiencia estuvimos. El viaje existe en la medida que se rompe algo. En la medida que el horizonte se desquicia. Cuando ocurre eso, da la impresión de que se recupera el sentido clásico de viajar, ése que es previo al turismo, ése que nos enfrenta con la naturaleza: no como si fuera un cuadro quieto y fotografiable sino más bien con eso que es vivo, brutal. Yo creo haber reconocido, en esas horas de extravío, el rugido de las bandurrias. Suenan como campanas desafinadas.

Por: Hernán Ronsino

Todo no se puede. Hernán Ronsino es escritor, sociólogo y docente de la Universidad de Buenos Aires pero con las cosas prácticas no hay modo. Tiene actitud, le pone ganas pero es como si el Cosmos se aliara en contra de que pudiera resolver pequeños detalles. Ayer, contra todos sus pronósticos, pudo arreglar unos cables y se sintió útil.