Adelanto

Demasiada soledad

En 1985, un policía federal se infiltró en entidades de la comunidad judía para obtener información secreta. Cuando explotó la bomba en la Embajada de Israel, se dio cuenta de que la información que transmitía había contribuido al atentado. Le habían pedido planos del edificio, movimientos, nombres y horarios. Adelanto de “Iosi, el espía arrepentido”, el libro de Horacio Lutzky y Miriam Lewin, publicado por Sudamericana.

Me llaman Iosi. Por Iosef, el nombre hebreo de José. Buena parte de mis días fui judío y participé de encuentros políticos y culturales en instituciones de la colectividad en la Argentina. Pero no es mi verdadera identidad, no: soy agente del Servicio de Inteligencia de la Policía Federal.

 

En realidad, fui ambas cosas a la vez: desde 1985 mi trabajo como policía consistió en infiltrarme en entidades de la comunidad judía para obtener información sobre sus planes secretos. Todas las actividades de sus agrupaciones y de sus dirigentes debían ser reportadas por mí. Pero lo esencial era llegar a descubrir cómo se organizaban los judíos para concretar el proyecto de conquistar parte del suelo argentino y convertir la Patagonia en uno más de sus dominios, como advertía el “plan Andinia”. Y toda otra maquinación que tuviera lugar en esos cenáculos inexpugnables y misteriosos. Eso fue, claramente, lo que me encomendaron mis jefes.

 

Realicé mi tarea mejor que nadie. Dominé el hebreo y me convertí en un sólido conocedor de la religión, la cultura, la historia y las tradiciones judías. Durante casi quince años me integré paciente y hábilmente en agrupaciones sionistas y organicé actividades. No hay institución judía a la que Iosi no haya podido entrar sin ser revisado —aun armado—, incluso después de los atentados a la Embajada de Israel y la sede de la AMIA. También pude saludar a conocidos en la Embajada y caminar por sus pasillos, los mismos que recorren los míticos miembros del Mossad. Pude hacerlo, porque soy Iosi.

 

Se trataba de una labor sin horarios y sin descanso. Como dicen en “la cole”, no es fácil ser judío. Ya hablaremos de eso. Durante los primeros años llevé adelante mi misión sin conflictos personales ni padecimientos espirituales, y llegué tan lejos que ni mis propios mentores podían creerlo.

 

Recuerdo sus caras de satisfacción cuando logré formar parte de la comisión directiva de una entidad central de la colectividad judía en la Argentina. Entré en cada lugar que me propuse, y pude comprender cabalmente esta comunidad, en sus anhelos y sus temores, en sus grandezas y sus bajezas, en sus luchas y sus padecimientos, y en sus infinitos debates internos. Fui líder en grupos universitarios y —no sé muy bien en qué momento ocurrió— comencéa sentirme demasiado cómodo en el grupo social en el quetranscurría toda mi vida. No había encontrado ninguna conspiración oscura, nada de lo que auguraban los textos antisemitas en los que abrevaban mis responsables policiales.

 

Había miserias, como en cualquier grupo humano, pero ningún turbio complot antiargentino. Tanto me integré en la colectividad, tanto me mimeticé, que me enamoré perdidamente de una chica judía. Un amor sin medidas, un amor prohibido y secreto que dejé que me ganara en cuerpo y alma. No pude impedirlo: era la mujer de mi vida. Nunca había amado así, y seguramente nunca volveré a hacerlo. Nos casamos en secreto e incluso llegamos a intentar mi conversión y una huida a Israel.

 

Cuando explotó la bomba en la Embajada, poco después de que desprevenidamente yo estuviera a punto de ir a una reunión allí, empecé a preguntarme si la información que transmitía en encuentros secretos no habría contribuido al atentado. Después de la explosión en la AMIA ya no tuve dudas. Me habían pedido detalles del edificio, había dejado en manos de mis superiores un plano de la sede, había reportado movimientos, nombres, responsabilidades y horarios.

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Busqué alivio para mi desesperación. Me integré sin obstáculos en los cuerpos de autodefensa juveniles que fueron instruidos y tuvieron a su cargo la seguridad de las instituciones comunitarias, los clubes, las escuelas, las sinagogas.

 

Mis jefes empezaron a sospechar cuando me pidieron apellidos, lugares de entrenamiento de esos grupos y yo contesté con evasivas. Me ralearon, me trasladaron al interior, me destinaron a tareas burocráticas, me separaron de mi esposa. Destruyeron mi pareja. Empecé a temer que me mataran.

 

Cuando me cruzaba con mis anteriores camaradas de la comunidad, me trataban con admiración y respeto. Estaban convencidos de que había sido convocado para alguna misión especial, y no preguntaban por mis ausencias. Grabé un video a solas, advirtiendo que si aparecía muerto los responsables debían ser buscados entre los azules. Guardé evidencias de mi trabajo, documentos, credenciales, actas. Solo, busqué apoyo en dos judíos en quienes todavía puedo confiar: un abogado, director de un periódico de la comunidad, y una periodista. Los contacté sin saber si me iban a dar la espalda o si iban a denunciarme por cómplice de los asesinos. Ellos intentaron durante largos años, por todos los medios, conseguir adhesiones para que yo pudiera declarar en el exterior, a salvo, lejos de todo. La farsa armada en la justicia argentina y la inacción absoluta para llegar a la verdad me convencían de que no era en los tribunales locales donde tenía que hablar. En largos y kafkianos peregrinajes en busca de respaldo encontraron indiferencia y complicidad con el silencio. A veces, después de un entusiasmo inicial, los contactos se desdibujaban.

 

Lo intentaron todo, desde recurrir al Centro Simón Wiesenthal hasta apelar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en Washington. Desde la entonces primera dama y senadora Cristina Kirchner hasta el influyente Comité Judío estadounidense. Hay que decirlo, a veces dudé. Temía perder lo único que me quedaba. Ya había perdido el amor, ahora podía perder a mi hijo y a mi padre anciano.

 

Hoy tengo el corazón desgarrado. Ya no logro conciliar el sueño sin somníferos y aun así me persiguen las pesadillas. Hay sangre, cuerpos destrozados, ayes de dolor. Las palpitaciones me asaltan una y otra vez, y los zumbidos resuenan en mi cabeza con mayor nitidez en las horas nocturnas.

 

Siempre temí que mis mundos colisionaran alguna vez, pero lo que sucedió fue mucho peor. Ya no pertenezco a ninguno de los dos. Ahora soy un testigo protegido, que debe continuar oculto, al igual que todo lo que conoce. Porque así lo dispuso el fiscal Alberto Nisman. Pero el fiscal apareció muerto, y yo no sé qué hacer. La angustia me está destruyendo. Una y otra vez vienen a mi memoria los rostros de Riqui, de Carlitos, de Silvia y de otros pibes que murieron por la bomba en la AMIA, que fue destruida tras un preciso trabajo de Inteligencia al que yo, Iosi, sin saberlo, contribuí.

 

Pero hay más, mucho más. Y es demasiada soledad para un solo hombre. Demasiada carga para continuar callado. Por eso decidí contar toda mi historia.

Por: Horacio Lutzky

Mientras preparaba el último número del periódico Nueva Sión, un medio progresista de la comunidad judía del que era director, Horacio Lutzky recibió un llamado de un hombre que decía tener secretos muy delicados de la causa AMIA. Lo recibió con una mezcla de intriga y escepticismo: nunca supuso que sería un agente de inteligencia infiltrado. Luego de contactar a Miriam Lewin, el espía los juntó. A cuatro manos, escribieron “Iosi, el espía arrepentido”.