Martín Insaurralde

El equilibrista: del relato ideológico a la historia mínima

Resbaladizo e indefinible, Martín Insaurralde se corre de toda fijación y evita producir fronteras. Se mueve en la delgada línea: no confronta, negocia. Su llegada a los primeros planos de la escena nacional constituye la consagración del hombre común como sujeto político: la enunciación de la aventura ciudadana. Superó un cáncer, se dice “enamorado del proyecto K” y oficializó su noviazgo con la vedette Jesica Cirio. “Los votos de los peronistas ya están. Para seducir a los desinteresados, él es el mejor candidato”, comenta un referente peronista. La doctora en antropología de UNSAM, Romina Malagamba y el cronista Pablo Perantuono escribieron este perfil anfibio sobre un candidato que mezcla “dosis iguales de optimismo, slogans y voluntad”.

Atildado, una sonrisa ladeada completando el gesto levemente pillo, la camisa apenas desabrochada que combina con los ojos celestes y le brinda un aire de estudiada fatiga, Martín Insaurralde interrumpe al conductor del programa Animales Sueltos Alejandro Fantino.

 

—La gente quiere que le resuelvan los problemas.

 

Vuelve a recitar su breve e imprecisa muletilla, esa que parece abarcarlo todo y, por eso mismo, no termina de precisar nada.

 

—La agenda de la gente son sus problemas cotidianos, la inseguridad, la desocupación, que no le roben… —machaca, módico.

 

De no saber que se trata del candidato oficialista, la apelación bien podría ser la de un opositor. En el estudio central de América 2 en la medianoche de un miércoles de octubre, el intendente de Lomas de Zamora —delgado, metro setenta y cinco, una frente que gana espacio por encima de una mirada decidida— llegó hasta aquí luego de haber desandado otro día más de una campaña extenuante. Aún cuando el ritmo del tiempo preelectoral puede destrozar los nervios de un candidato, nada altera el humor de este hombre que parece estar hecho de dosis similares de optimismo, slogans y voluntad. Su llegada a los primeros planos de la escena nacional constituye la consagración del hombre común como sujeto político, de alguien que no descuella por su oratoria, su carisma o la exaltación de una idea del mundo, sino que, si destella por algo, lo hace por la enunciación llana de la aventura ciudadana. Incluso su condición de sobreviviente de un cáncer más que darle una épica se convierte en un dato que hoy apenas palpita alrededor de su presencia, como si al candidato sonriente la tragedia lo incomodara.

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El 2 de mayo de 2011, a 20 días de cumplir 41 años, Insaurralde manejaba rumbo a un acto cuando sintió un dolor agudo –una tenaza- en el abdomen inferior. “El malestar era tan fuerte que transpiraba. Me asusté.”, relataría después. Primero una ecografía y un “No me gusta”, de su médico, que agregó: “Hagamos una tomografía”.

 

Fueron a un sanatorio de Lomas, donde la espera se hizo larga. La ansiedad empezó a cederle lugar a la angustia. “Los médicos hablaban entre ellos, miraban las placas, algo pasaba”, diría más tarde. Hasta que llamó a su oficina, para cancelar un par de reuniones, y su secretaria lo atendió llorando. “‘Te vas a curar, Martín, vos sos fuerte’, me decía. Ahí me enteré: tenía cáncer. Ella lo sabía antes que yo”. A partir de entonces apareció en su lenguaje un vocabulario ominoso que sólo pertenecía a la oncología: seminoma, metástasis, citoplasma, quimioterapia.

 

El 31 de mayo, un día después de su cumpleaños 41, comenzó el tratamiento endovenoso en el Hospital de Clínicas, una desgraciada mole grisácea que restalla por sus médicos pero que a la vez es un monumento a la espera. “Solo para tomar el ascensor tenía que hacer 40 minutos de cola”. Los primeros cuatro meses fueron tremendos. “No tenía fuerza para nada”. La quimio duró nueve meses, período en el que su cuerpo se convirtió en un territorio intoxicado y devastado: la calvicie, los ojos sombríos, un regusto metálico en la boca, la piel mustia, la delgadez cadavérica que convivía con hinchazón; los síntomas de un enfermo terminal.

 

Lejos de ser una particularidad, de un tiempo a esta parte la llamada “humanización” de los políticos aparece como una clave electoral que interpela a un demos (pueblo) que se construye entre la figura del vecino (geográficamente localizado y receptor de la caminata electoral) y la gente (audiencia televisiva). Desde antes de ser candidato, la utilización mediática ha sido una herramienta de uso frecuente en el intendente de Lomas. Irrumpió en el programa de Alejandro Fantino para relatar su homérica recuperación. Ocurrió en mayo de 2012 y todavía le quedaba una operación por hacerse. La vocación de ambos -anfitrión e invitado- por el detalle exacerbó la carga emotiva del encuentro. Hubo lágrimas en un rostro que todavía guardaba las huellas de la enfermedad. Aquella charla instaló a Insaurralde –el muchacho sencillo y victorioso a quien el destino le había colocado una prueba de fuego- en los livings de muchos argentinos. Había nacido un candidato y la televisión había encontrado una historia mínima elevada a gran relato.

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Una vez ungido, se inició el lento proceso de posicionamiento en una campaña con Cristina Fernández de Kirchner como figura excluyente y el eje puesto en las virtudes del modelo más que en ensalzar al candidato. Tal vez por eso, acaso para alejar al gobierno de la derrota, Insaurralde se autoinculpó por su caída en las primarias. “Quizás me faltó tiempo y comunicar las cosas de forma más simple”, dijo. Los dos meses que mediaron entre las PASO y fines de octubre lo obligarán, en caso de perder, a buscar otras causas.

La tarea del reconocimiento social de un político profesional, como Insaurralde, que sólo terminó la secundaria, es un tipo de capital político que se construye a través de cualidades biográficas y gestuales personales. Comenta un vecino de Lomas de Zamora: vive en la misma casa de siempre, en un barrio paquete de Banfield, una construcción luminosa pero no despampanante. Sus hijos van a una escuela bilingüe de la zona que tiene la particularidad de ser una cooperativa de padres donde participa activamente (al menos hasta las PASO). Insaurralde tiene buena llegada a la clase media de su distrito, algo que algunos especialistas califican de atípico en el peronismo bonaerense.

 

Para todos los que no son vecinos de Lomas, están los spots televisivos. Allí, se cuenta que sus padres son maestros (en un esfuerzo metonímico se intenta demostrarnos que esos valores asociados a la vocación y el esfuerzo están presentes en él), que tiene un grupo de amigos con los que juega al fútbol (su grupo de pertenencia), dos hermanas (una de ellas, Alejandra, también maestra y candidata a concejal por Lomas) y que alguna vez fue al colegio y se recibió. Todo ahí, en su municipio.

 

Como en su momento ocurrió con Scioli (el accidente y relación con la modelo Karina Rabollini), que Insaurralde haya sobrevivido a un cáncer de testículos y mantenga romances farandulescos se vincula con el hecho, cada vez más frecuente, de que los atributos que se podrían calificar como privados pasaron a ser utilizados como capitales políticos.

 

Dentro del kirchnerismo, dicen que es difícil seguirle el ritmo, que no para y que tiene un perfil ejecutivo. Quienes lo cuentan son los mismos que se preguntan por qué pensar en un gestor para un cargo legislativo: si allí se necesita otro perfil de político, no un administrador sino un armador, no alguien que concrete sino que legisle. Se explican, la respuesta estaría en la búsqueda de un candidato para contrarrestar a otro definido “gestor”: Sergio Massa. Claro que en su caso, se entiende más: esta elección no es otra cosa que un escalón con miras a la campaña presidencial de 2015.

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«Martín es el único candidato que reúne las tres cualidades de ser el candidato del peronismo, el candidato del FPV y el candidato de la presidenta”, reconoce su compañera de fórmula Juliana DiTullio. Cristina lo invistió, y un kirchnerista de la primerísima hora, con pedigrí peronista y territorio en el mismo rincón bonaerense como Gabriel Mariotto puso el grito en el cielo, pero ningún candidato en la lista.
Resbaladizo e indefinible, Insaurralde se corre de toda fijación y evita producir fronteras. No conocemos claramente lo que piensa, y parece seguir a rajatabla una estrategia de demostración.

 

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La decisión de Insaurralde –ni él ni sus asesores de prensa respondieron los pedidos de reportaje de parte de Anfibia- de ir al programa de Fantino acompañado por tres intendentes con perfiles similares al suyo (de la provincia de Buenos Aires: Bolívar, San Antonio de Areco y el Partido de la Costa; los cuatros con el uniforme de campaña, traje oscuro y camisa sin corbata), subrayó ese nuevo aspecto que hoy define a la política vernácula y bonaerense. El style de los viejos barones mutó en el de gerentes elegantes de una empresa moderna.

 

Puesto a declarar, el candidato kirchnerista no hace más que continuar la saga política de la locuacidad: abundan en su narrativa la repetición del lugar común y las palabras de anuencia. En el programa de Fantino, definirá a cada uno de los tres intendentes que lo acompañaron como “trabajadores, honestos, los conozco desde hace mucho”. Todas sus intervenciones tienen esa temperatura. Incluso en un momento, cuando “denuncia” que su rival Massa había sido el ideólogo del polémico recurso de las testimoniales en las anteriores legislativas –una herramienta que utilizó el kirchnerismo para presentar como candidatos a figuras de peso que luego no asumirían sus bancas-, tampoco podrá dejarse llevar por la pasión o la aversión momentánea: “Lo digo de amigo, lo conozco desde hace 20 años a Sergio… él le propuso las testimoniales, porque, le dijo, ‘Néstor, los intendentes nos van a cagar’”.

 

Segundos después, antes de comenzar a hablar de otro dirigente opositor, prologará, concesivo: “Gustavo (por Posse) me parece una persona extraordinaria y un gran intendente”. Ambas calificaciones, utilizadas para hablar de un contrincante, son pronunciadas sin desbordes ni emoción, como si no las creyera del todo. Definiciones que no parecen surgir de las profundidades de su ser sino desde los oscuros pasillos de su superyó.

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Insaurralde abriga algunos de los rasgos típicos de los hombres de su generación (que ingresaron en la actividad política) y de una estirpe de clase media. El tipo de hombre ambicioso que cuida las formas, que maneja una suave picaresca, la del “muchacho como yo” –el personaje antológico de Palito Ortega- cuyos pliegues resultan inescrutables. Si Sergio Massa es el pibe bonaerense que levantó cabeza, Insaurralde es el pibe de barrio sin estridencias.

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Se dice “enamorado del proyecto” pero no se autodefine como kirchnerista y minimiza su pasado cerca del duhaldismo. Dice que a Duhalde lo conoce “más de la cancha de Banfield que de la política”. Produce –y reconstruye– su trayectoria militante en términos de filiación partidaria de manera vaga. Ese ninguneo irrita a algunos de sus compañeros que se consideran peronistas puros. Todos saben que su primer matrimonio fue con Liana Toledo, la hija del barón del conurbano, Hugo Toledo, intendente de Lomas del 87 al 91. La conoció cuando comenzó su militancia a los 16 años, en el Centro de Estudiantes de su escuela secundaria, la ENAM.

 

Entre 1995 y 1999 Insaurralde trabajó en el Gobierno bonaerense. Allí conocería a Jorge Rossi, en ese momento titular del Instituto Provincial de Lotería y Casinos, que lo adoptó como ahijado político y lo llevó, al asumir en la Lotería Nacional en 2002, como parte de su equipo. En 2003, se aventuró en las elecciones municipales como candidato a concejal, cargo que nunca asumiría (según se rumorea no había pensado hacerlo) pidiendo licencia para pasar a ser jefe de despacho de la secretaría privada de Rossi, en el ejecutivo municipal. En esa época, Insaurralde aprendió cómo organizar actos o eventos: la obsesión por el trabajo se mantuvo a lo largo de toda su vida.

 

Aún cuando el kirchnerismo cobraba relevancia, él se dedicaba casi exclusivamente a cuestiones de gestión que lo llevarían a asumir, tiempo después, la Secretaría de Gobierno.

 

Durante el proceso de reacomodamiento del peronismo en Lomas de Zamora se enemistó con dos líderes potentes: Fernando Navarro (“el Chino”) y Gabriel Mariotto. Según comentan referentes locales, ninguno le perdonaba su falta de definición política, entendida como ruptura con el duhaldismo y alineamiento con Néstor. Su “macanudismo” y su inclinación a contemporizar antes que a confrontar irritaba a la tropa ultra k que, al calor del clima de época, reclamaba una toma de posición contundente. “¿Estás con nosotros, o no? Mirá que son tiempos en los que hay que definirse”, lo azuzaba por lo bajo un importante dirigente k con proyección provincial.
Por entonces, el flamante presidente había planteado una estrategia de enfrentamiento con el peronismo tradicional bonaerense (“los barones del conurbano”) estableciendo una batalla por el uso de los símbolos peronistas.

 

Comentan otros, a pesar de que la relación no es la mejor, que Insaurralde, de todas formas, tiene gente de Mariotto y de Navarro en el Concejo y el Ejecutivo. “Es cuestión de negociar. Se mueve en la delgada línea de quedar bien con todos y ése es su mayor mérito”, dice una periodista de Lomas de Zamora.

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En 2007, Rossi fue reelegido intendente e Insaurralde encabezó nuevamente la lista de concejales. Desde entonces, el peso del Frente Para la Victoria se hizo ineludible. Creando una lista colectora el kirchnerismo le quitó la mayoría de los concejales. A Rossi no le quedaba opción más que negociar. Su renuncia en 2009 alegando motivos personales estuvo plagada de rumores que lo suponían acorralado por las denuncias sobre la falta de saneamiento del Riachuelo y de sospechas acerca de la presión ejercida por el propio Insaurralde para que se concretara el alejamiento de Rossi de la intendencia. Insaurralde fue electo por el Concejo para ocupar el cargo vacante. Es decir, llegó a intendente con un antecesor debilitado, sin haber sido elegido por la voluntad popular.

 

Al asumir débil, Kirchner se convirtió en un presidente en estado de campaña permanente: Insaurralde hizo lo mismo. Aprovechó su condición de intendente “puesto” para mostrarse resolutivo y patear la calle. Los vecinos se lo encontraban en los barrios más humildes del Partido. Actos, inauguraciones, caminatas, fotos, Facebook, más fotos: Insaurralde entendió de inmediato que la gestión no es gestión si no se ve, si no aparece en los medios.

 

—Me interesa resolver los problemas de la gente—, comenzaba a repetir.

 

En plena campaña por la intendencia, en junio de 2011 anunció el diagnóstico de cáncer en una conferencia de prensa. La enfermedad se convirtió en una ingrediente clave para la definición de su perfil político: “Martín es resiliente, no tiene miedo” afirma su compañera de fórmula, Juliana Di Tullio. Consiguió su elección por 66.2% de los votos ante al candidato del Frente Amplio Progresista que obtuvo el 8,2%. De este modo, se convirtió en el intendente más votado de la historia de Lomas de Zamora. En sus discursos se encargó de agradecer el apoyo de los vecinos durante la enfermedad. Quienes lo conocen de cerca cuentan que el período fue muy doloroso no sólo para él, sino sobre todo para sus hijos. Su vida privada y su vida pública se cruzaban inexorablemente.

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El 21 de noviembre de 2011, Cristina inauguraba una agencia de la Anses en Lomas de Zamora. Insaurralde recibía una sesión de quimioterapia. Le dijo a su médica, que para él era importante estar. Le pidió permiso para irse al acto. La médica le dijo que de ningún modo, cuenta uno de sus compañeros de militancia. “Pero lo vimos llegar. ¿Qué hacés acá?, le preguntamos. En esos momentos no sabés definir si lo hace por responsable o por irresponsable, pero ves el grado de compromiso que tiene”.

 

Lo de Insaurralde nunca fueron las fronteras, la confrontación abismal sino la producción de un yo político en el entrecruce impreciso de influencias, que a veces roza con el oportunismo táctico.

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Con calculada parsimonia y acompañada por una integrante del equipo de asesores, la vedete y modelo Jesica Cirio ingresa al estudio. Su minifalda negra y sus plataformas contrastan con la opacidad del resto. Cirio, de todas formas, elige el detrás de cámara, un bajo perfil que desentona con su pasado mediático.

 

Según relata una fuente del partido con acceso al despacho presidencial, el romance no cayó del todo bien en el seno del kirchnerismo. “¿No podía haberse buscado una mujer normal, alguien con celulitis?”, se pregunta una veterana militante del PJ Capital. Y quizás por esa razón la relación es manejada con mucha cautela por el intendente de Lomas y su equipo. Divorciado de Toledo en 2001, con un hijo de una segunda relación, Insaurralde viene cultivando un perfil donjuanesco que, se nota sin disimulo, le resulta simpático. “Siempre fue mujeriego”, buchonea un diputado nacional que supo pertenecer al kirchnerismo.

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En 2011, Insaurralde organizó un recital público de Juan Manuel Serrat en Banfield. Cuentan los testigos que le costó llegar al sector de palcos especiales. Mientras avanzaba en el pequeño pasillo que le tenían preparado, mujeres de todas las edades se le tiraban encima, hacían vanos intentos por tocarlo. “Lo adoran, pero en especial las chicas”. Algunos de sus colaboradores después lo gastaron: “Vas camino a ser Sandro y que te tiren la ropa interior”. Ante las bromas el pone la misma sonrisa de la campaña.

 

Lo curioso de Insaurralde radica en que construyó su espacio mediático a partir de una agenda rosa, en territorios hostiles o desconsiderados previamente por el FPV. Supuestos romances comenzaron a hacer rodar su nombre por las redacciones. Fue en el programa de Tinelli, viendo a la actriz Florencia Peña bailar en un concurso, que logró un primer plano.

 

— Yo te conozco desde que eras chiquita —le dijo a Peña el panelista Marcelo Polino cuando le dieron el micrófono—. Agarrá a los políticos que tienen plata. Siempre agarrás pobres. ¡Aprovechá esta!

 

Insaurralde, detrás de cámara, saco gris, camisa blanca sin corbata, se reía, cubriéndose la boca con la mano, sonrojado, pero sin desentonar con el tono de ese territorio televisivo.

 

El rumor de un supuesto romance dio notoriedad masiva al intendente. Y fue, justamente, gracias a los programas de chimentos que empezó a ser nombrado en TV. Una estrategia bien distinta a los dirigentes típico-ideales kirchneristas que se refugian en las usinas de comunicación afines, como el programa 6-7-8 de Canal 7 o los envíos de la productora de Diego Gvirtz. Insaurralde cruzó fronteras y hasta, una vez pasadas las PASO, fue a un programa de TN. En la larga mesa de “Código político”, se sentó frente a Julio Blank y Eduardo van der Kooy, y terminó la entrevista proponiendo un debate con el resto de los candidatos.

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La estrategia de amplitud mediática puede explicarse también por su equipo de prensa, que no está integrado por peronistas de cepa sino por varios ex periodistas de Clarín. Para poder hablar con él o alguno de sus funcionarios hay que pasar el filtro. Filtro que se mantiene durante las entrevistas: el jefe de prensa o alguno de sus laderos se quedan de pie, atentos a las frases del candidato y lo contienen. Si su simpatía avanza hacia un humor político que podría complejizar demasiado el asunto, los mira buscando aprobación.
El romance con Cirio, primero negado y luego aceptado, le permitió, a partir del misterio y la participación en eventos sociales, mantener la atención del público y desplegar su rol de soltero codiciado. “Somos amigos”, dijo en otros de sus programas afines de América, esta vez conducido por Pamela David. Y de nuevo, la visibilidad y la continuidad no tuvieron entonces que ligarse al despliegue de un mapa de propuestas y posicionamientos.

 

Sobre este boom mediático, un referente del partido afirma que el éxito de la estrategia de Insaurralde radica en que “la gente no quiere escuchar de política”. Comenta: “Los votos de los peronistas de cepa ya están. Para seducir a los desinteresados, él es el mejor candidato”.

 

La presencia de Cirio, que muchos asocian a una frivolización (ese tufillo a “pizza con champagne” de los ‘90), genera incertidumbre respecto al efecto electoral y acrecienta el malestar dentro del FPV que, más allá de afirmar su apuesta por la transversalidad, siempre exigió un compromiso orgánico.

 

El perfil de seductor serial, que derivó en dos divorcios, también le trajo polémicas en la web. Toledo, su primera ex, suele burlarlo por twitter. Luego de las PASO escribió: “Buenos días a todos y todas! Un cortado para mí, una lagrima para él y un tilo para ella!!».

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Insaurralde es un perfil atípico y polémico para el FPV.

 

De Juliana Di Tullio (actual jefa de bancada y segunda en la lista) a Insaurralde no hay un puesto de diferencia sino, más bien, una apuesta a la diferencia. Él no es un “cuadro”, no se sostiene desde el “aguantar los trapos”, patear la puerta y hacerse espacio a como dé lugar, sino desde un estrategia de diálogo optimista que contrasta con los habituales discursos del FPV y se acerca, hasta en la estética de campaña, a Scioli, quien gana espacio.

 

La explicación respecto de la elección de Insaurralde coincide, palabra por palabra, en los discursos de Di Tullio y del propio candidato: Cristina lo eligió porque es un tipo “normal y genuino”, “es un peronista que trabaja, que está respaldado por una gestión en un municipio con un millón de habitantes cuyo trabajo se puede observar, porque en estos tres años y medio la mejora es notable”. En el discurso se activa una racionalidad de gobierno que supone el desafío de un electorado disperso y la necesidad de producir una legitimidad que no se puede limitar al resultado de votaciones. Esa legitimidad se reactualiza con un candidato que puede mostrar indicadores para demostrar la eficacia de las políticas adoptadas en término de resultados.

 

Guido Lorenzino, ex funcionario del Ministerio de Seguridad y Justicia bonaerense, y diputado del FpV, cuenta que hace unos años, de vacaciones con su mujer en Río de Janeiro, escuchó una voz conocida en la combi que los llevaba de vuelta al hotel Ceasar de Ipanema. Giró: Era Insaurralde. Sergio Beltrán, especialista en Seguridad de Río, lo había invitado para que conociera las UPA (Unidad de Atención Primaria), equeños centros de prevención y asistencia que buscan descomprimir el trabajo de los hospitales en zonas necesitadas. Insaurralde instaló una en el cuartel noveno, que bordea la cuenca Matanza Riachuelo, en 2010. El hiperquinético diputado boanerense también recuerda que era un hombre insistidor: los llamados al ministerio eran frecuentes. “Por temas de fiscalía, para pedir más patrulleros o cámaras de seguridad. Es un hombre claro y firme, de conducción”, dice.

 

Insaurralde recupera El Proyecto pero desde la gestión, y es en esa elección que se apuesta a una reconciliación con la clase media. Ambos candidatos repiten, como latiguillo, que fue un error distanciarse de ese sector, y consideran que, si bien la clase media está mucho mejor, tienen derecho a aspirar a más. El “¿quiénes somos nosotros para ponerles un techo?” es la fórmula que asume el giro programático que se materializa en la figura de Insaurralde, al favorecer el pasaje del relato épico a la historia mínima: es el triunfo de la cotidianeidad el que brilla en la descripción del “municipio como primer ventana del estado” para resolverle problemas al vecino.

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Ese cambio de registro se reafirma en la manera en que se despegó, en los últimos días, del exabrupto del joven candidato Juan Cabandié. Como reacción al video donde se lo veía discutir con una agente de tránsito y pidiendo correctivos que se aplicarían a través de Insaurralde, corrieron ríos de opiniones que buscaban o bien condenarlo por abuso de poder, o bien declarar de editado y oportunista al material aparecido en ese momento de la campaña. Pero Insaurralde no dudó en afirmar: “yo, como hombre, nunca maltrataría a una mujer”, reforzando que no se había enterado de lo sucedido. Se reunió con la joven, a la que no se le había renovado el contrato con el municipio, y terminó destituyendo al jefe de tránsito de Lomas de Zamora. Contrario a una estrategia que apostase a proponer un atenuante a la actitud de Cabandié. Insaurralde es tan otra cosa en el universo kirchnerista clásico, donde son los militantes de La Cámpora quienes lleva el ADN de pureza K, que puede deshacerse de un problema producido por uno de sus representantes más notorios sin despeinarse en el gesto. Fiel a esa estrategia mediática, el 17 de octubre no fue festejado en 6,7,8 o en Duro de domar, sino en Animales Sueltos, en América, el programa de Fantino.

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Más allá de lo dicho públicamente resulta inviable pensar la aparición de este, hasta hace poco, ignoto candidato, sin la figura de Massa. Los paralelismos son inevitables: dos intendentes, dos cuarenta y poco, dos uniformados de traje y camisa sin corbata, dos gestores municipales eficientes, dos que de alguna manera están ligados al kirchnerismo, y dos rostros con habilidad para posar ante las cámaras. Su relación con mujeres los distinguen. Massa, casado hace 17 años con Malena, hija de un referente del peronismo como Fernando “Pato” Galmarini y miembro de una familia política con estabilidad y tradición; Insaurralde, novio de la infancia de la hija de un “barón”, con dos divorcios a cuestas y una reciente novia modelo, aunque de barrio.

 

Esta es la elección de los jóvenes intendentes donde la gestión local prima como argumentación y las aspiraciones presidenciales son el fantasma que sobrevuela, más o menos silencioso. Es que poco sentido tiene sino, en términos lógicos, ese énfasis puesto en administradores que, de ganar las elecciones, deberían ocupar un cargo de legislador.

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Quizá, uno de los puntos débiles de la campaña de Insaurralde es que parece construida simétricamente opuesta a Massa. Con el agravante de que es este último quien termina imponiendo reglas de combate. Insaurralde camina por un desfiladero con la amenaza constante de caer en la copia, en la reacción, en el negativo massista. El primero en plantear una alianza de intendentes fue Massa. Pero Insaurralde, al ser convocado al programa de Fantino y, teniendo la opción de llevar a cuatro invitados a elección, fue con su compañera de fórmula, Di Tullio, y con otros tres jóvenes intendentes de distritos menores, en términos de peso electoral. La que desentonaba era Di Tullio, la única presente que se esforzaba en argumentar posiciones ideológicas y se presentaba como un “cuadro político alineado”. Es que el discurso de Insaurralde pivotea entre el asfalto (la gestión micro) y El Proyecto (como ente abstracto).

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Mientras el programa de Fantino llega a su fin, los asesores de prensa de Insaurralde conversan sobre la intensa jornada que les espera al día siguiente. Es 17 de octubre y el intendente asistirá a un acto en Avellaneda con Scioli. Luego habrá una concentración en la Plaza de mayo, por el día de la lealtad. A la noche, en Bolívar, Marcelo Tinelli –prócer del lugar- reinagurará un cine. Insaurralde está invitado. “Ahí tenemos que sacarle a Martín un montón de fotos con Tinelli”, dice Diego, su agente de prensa.

 

El día de la lealtad al mediodía, Insaurralde fue al evento de Avellaneda con Scioli, pero no al acto de Plaza de mayo de la tarde. Ese jueves de calor lo terminaría lejos. Ya de noche, al tiempo que tomaba la calle una edición de la revista Caras en la que aparecía besándose con Cirio en una heladería, en Bolívar se abrazaba sonriente con Tinelli. Era tarde, pero la foto llegó a las redacciones justo a tiempo.

Ilustración: Nicolás Janowski

El antropólogo Nicolás Janowski cree que la cámara fotográfica no es más que una excusa para acercarse a conocer gente y lugares que de otra forma no conocería. Por eso hizo de ella su profesión.