Por: Gabriel Cetkovich

 

Cuando los guardias del Gaula del Ejército en Santander recibieron con los protocolos de ocasión al embajador del Líbano Jason Alí Hakim Abdullaziz Al Nayb, no sabían que estaban siendo los primeros destinatarios de un gran bulo de alcances internacionales.

 

LOS GAULAS

 

El secuestro extorsivo ha sido una de las mayores fuentes de ingreso de los las organizaciones criminales de Colombia.  Tanto es así, que en 1990 el presidente Cesar Gaviria Trujillo, creó el primer Comando  dedicado exclusivamente a prevenir y combatir este flagelo, cuyas consecuencias atemorizaban a los ciudadanos de buen vivir, y afectaban las arcas del gobierno. Otro presidente Ernesto Samper Pizano, redobló la apuesta y creó el Gaula, conformado, según reza en el documento que le dio la identidad, por personal “altamente calificado para llevar a cabo operaciones de rescate de secuestrados y desmantelamiento de bandas criminales causantes de los delitos que menoscaban la libertad personal de los colombianos”. Como lo ha demostrado la historia cruenta de Latinoamérica, la hipérbole es una figura enquistada en la jerga militar. El coronel del que hablaremos, Alejandro López, había sido enviado al norte para comandar las tropas del Gaula de Santander, en la región andina de Colombia.

 

ASÍ FUE LA COSA

 

Ni bien Jason Alí Hakim Abdullaziz Al Nayb se enteró de que un nuevo comandante llegaba al Gaula de Bucaramanga, se dirigió raudo a la comandancia  para ofrecerle al nuevo comandante su apoyo y el de su gente en la lucha contra el crimen organizado y el ejercicio del secuestro ilegal.

 

El flamante comandante, fascinado por el exquisito español del embajador, del que solo alguna laxitud en la pronunciación de las ges y las jotas develaba su origen levantisco, no pudo ver en sus ojos ni el asomo de la farsa. Lo invitó al patio, para seguir la charla a la sombra de las palmeras, donde el calor se hacía menos sofocante. Allí conversaron largo y tendido sobres asuntos de soldados, guerreros, héroes legendarios, y traidores de toda laya, mientras el sol agonizaba lentamente hacia su destino final en el horizonte occidental.

 

En algún momento, una mente más despierta que la del ignorante coronel Alejandro López descubrió que el libanés del largo nombre se llamaba, en realidad, Jeyson Jahir Puello, un costeño de pura cepa nacido en Valledupar, que llevaba seis años viviendo en Bucaramanga y tenía a todo el mundo convencido de que había nacido en el Oriente Medio.

 

Mientras tanto, y aunque hablaba un español con un marcado acento costeño y vestía pantalones y camiseta casuales como cualquier paisano logró engañar a miembros del Ejército, a renombrados académicos, antropólogos, arquitectos, maestros rurales, fanáticos de la ranchera y el vallenato. Hasta  los memoriosos del 5 a 0 de los Cafeteros contra Argentina se obnubilaban con la verba del farsante.