Otoño anfibio

El precipicio y las ganas de llorar

En 2004, Manuel Crespo fue al sur de vacaciones con dos primos. Perdidos en la montaña, experimentaron un fenómeno curioso: querían bajar pero la pendiente, cada vez más vertical, los obligaba a seguir subiendo. Lo que empezó como una inocente caminata casi se transforma en tragedia. Apenas entrado el otoño, con este relato Anfibia cierra su serie de textos de verano.

Ya estamos aplastados contra la pared de la montaña, con el precipicio a centímetros de nuestros pies. Matías se cuelga de una roca grande, toma impulso, sigue trepando. Después sube Lucas y yo tengo a disposición toda la eternidad que habita en el interior de un minuto para calcular los entre quince y veinte metros de caída libre. Me quedo abrazado a la roca, presa fácil del Ojo del Albino, la enorme bestia blanca que me espera abajo, su boca helada abierta sólo para mí.

 

Pienso: “Vamos a salir en los diarios”.

 

Pienso: “Trágico accidente en las afueras de Ushuaia”.

 

Pienso: “Joven muerto”.

 

Matías y Lucas me alientan desde arriba, me señalan dónde apoyar la mano o el pie, pero yo ni siquiera puedo mirarlos. Tengo una mitad de la cara contra la superficie áspera de la roca, la otra mitad fría por el viento, el cuerpo duro y ganas de llorar. Es un momento de perfecta lucidez. Con los ojos cerrados, veo uno por uno todos los errores que me trajeron hasta acá. Un mínimo retoque en la cadena me hubiera puesto a salvo, pero ya es tarde para eso.

 

Son los últimos días de 2004, los primeros de nuestras vacaciones. Con mis dos primos armamos un periplo extraño, invertido: traslado casi sin escalas hasta Tierra del Fuego y recién después remontar el mapa. Ya pasaron las más de cuarenta horas en el colectivo desvencijado que nos deja en Río Gallegos, el cruce del Estrecho de Magallanes y el paso por Chile. En Ushuaia nos ponemos en contacto con el Gato Curuchet, un conocido de mi viejo que dedica los inviernos a ofrecer excursiones en trineo y los veranos a criar su jauría y cobrar peaje a todo visitante que pregunte por la picada a la laguna Esmeralda.

 

El Gato Curuchet: barbudo, grandote, edad indefinible y aspecto de poder sosegar un puma a chancletazos. Cuando llegamos a sus tierras, lo primero que hace es mostrarnos el lobo. Está en su jaula, caminando en círculos. Es blanco y dobla en tamaño al medio centenar de perros alaskanos que vimos hace un minuto en el criadero, entre la cabaña y la pradera bordeada por el río.

 

El lobo da vueltas con el ritmo invariable y obseso de los animales en cautiverio. Nuestra aparición no lo interrumpe. El Gato alza una bolsa de alimento balanceado, entra en la jaula. El lobo se retira al fondo y se echa pesadamente contra los barrotes, los ojos negros entrecerrados.

 

—Me lo regalaron los indios en Iritarod, la vez que fui a correr —cuenta el Gato mientras deja caer el alimento en una bacha de hormigón—. Está viejo ya.

Sacude la bolsa para que lluevan los últimos copos. El lobo sigue muy quieto, relamiéndose con docilidad, con paciencia, como cualquier mascota de entrecasa que espera la autorización de su dueño para abalanzarse sobre la comida.

 

Después el Gato nos acompaña hasta la pradera, nos muestra dónde podemos tirar la carpa y nos explica cómo ir para la laguna.

 

—Sigan el río hasta la primera piedra marcada. A partir de ahí es fácil.

 

Nos damos vuelta y empezamos a caminar. El Gato chifla fuerte.

 

—Cuidado allá arriba —dice—. Con la montaña no se juega.

 

Si uno se queda mirándolas durante un buen rato, las maravillas naturales pueden ser bastante aburridas de mirar. Van dos horas y ya estamos hartos de la laguna, de su matiz impoluto, de la tranquilidad de su orilla.

 

Sobre la montaña se eleva el Ojo del Albino, el glaciar que se disuelve en riachos que viborean ladera abajo. Llegamos hasta él trepando arbitrariamente y entonces uno de nosotros se larga a caminar sobre una pasarela refulgente, que parece firme. Yo tengo a Lucas adelante, a unos pocos pasos; hay un ruido como de vidrios rotos; una de sus piernas cede y Lucas se hunde en el hielo hasta la rodilla. Lo ayudamos a incorporarse y miramos a través del agujero: metros de sombra, lecho de rocas puntiagudas, submundo de cavernas. El Ojo del Albino es un ojo hueco.

 

Alcanzamos un peñasco que se estira hacia el valle y desde ahí vemos el óvalo perfecto de la laguna Esmeralda, todos los colores del bosque, el hilo de humo que debe provenir de la cabaña del Gato. Esto es lo que fuimos a buscar, la conquista del Sur propio, interior. Fumamos metafísicos cigarrillos y hablamos durante una hora de cosas que creemos profundas y que ya no importan.

 

Cuando intentamos volver, no sabemos cómo ni por dónde. Escrutamos la ladera en busca de alguna piedra marcada, sin éxito. Mientras avanzamos, experimentamos un fenómeno curioso: queremos bajar pero la pendiente, cada vez más vertical, nos obliga a seguir subiendo.

 

Entonces se nos cierra definitivamente el camino. Sube Matías, sube Lucas. Yo no subo a ningún lado. Ya no puedo moverme. Soy la parte blanda de la roca que abrazo. Pasan los minutos y el aliento de mis dos primos muta en insultos conminatorios. Dale, imbécil. Dejate de joder y subí. Oigo que hablan entre ellos y después baja Matías, derrapando. Me agarra del buzo y me sacude para despabilarme, pero no es suficiente: voy a quedarme aferrado a esta roca hasta hacerme viejo. Estirándose todavía un poco más, Matías toma mi mano más cercana. El contacto desactiva algo en mi cuerpo. La parálisis me abandona y me deja laxo, una cáscara sin energía, una literal bolsa de carne y huesos. Matías patina, clava talones, se agarra de donde puede. Yo también me agarro. Unas piedritas ruedan al abismo. Eso es todo.

 

Más tarde, con el sol ya cayendo, después de buscar la picada durante horas y de encontrarla casi por acto de magia, como si siempre hubiera estado ahí, siento nacer unos puntazos en mis hombros, en mi espalda. Es el dolor, la alarma tardía del dolor. Llegamos al río y lo escoltamos hasta ver nuestra carpa, nuestras mochilas. Lucas dice que necesitamos unas cervezas. El consenso es pleno y no requiere palabras: seguimos de largo.

 

Uno de los alaskanos se pone a aullar, contagiando a los otros. Estoy seguro de que sintieron el miedo impregnado en mi piel, en mi ropa. Envueltos en el barullo de los ladridos, caminamos hacia las luces ya encendidas de la cabaña. Alzo la vista y busco la cima de la ladera, donde están la jaula y los primeros árboles del bosque. La figura blanca nos mira a través de los barrotes, majestuosa y en silencio, sin plegarse a las quejas y los gruñidos de las impuras fieras de abajo.

Por: Manuel Crespo

A los once o doce años, Manuel Crespo entendió que lo del fútbol no iba a caminar y decidió dedicarse a la escritura. Vivió la mitad de su vida en la localidad bonaerense de Chacabuco y eso se nota en algunos de sus cuentos de campo, de prosa poética y delicada. Creció en el campo, rodeado de animales: siempre tuvo cerca diez u once perros de distintos tamaños y pelajes. De la única forma que les decía era: “Juira, bicho”.