Escritora Gabriela Cabezon Camara. Foto: Pablo Dondero

Por Romina Barci*

Llega puntual. Relajada, sonriente, y con una Coca-Cola light.  Gabriela Cabezón Cámara, escritora, periodista, se sienta en el sillón del stand de Anfibia. Es autora de libros que interpelan y movilizan al lector, el último recientemente publicado “Romance de la negra Rubia” conforma junto con sus anteriores títulos -La Virgen Cabeza y Beya, Le viste la cara a Dios-, lo que algunos han denominado “una trilogía oscura”, en donde la violencia, el sexo, los medios, la policía, la política, el arte, la iglesia, y más, se entremezclan en una lengua que expresa de manera cruda y asfixiante la realidad que nos atraviesa.

Se encienden los micrófonos. Comienza la charla. La primera cuestión que surge es la forma en que el periodismo encara los casos de violencia de género. En este punto nuestra invitada distingue los medios gráficos de la televisión y sentencia: “me parece que en general, en gráfica no se te pide que seas un carnicero”. Asimismo remarca el hecho de que el periodismo en los medios masivos está pautado, tanto desde el lenguaje, como de lo ideológico, al contrario de lo que pasa en la literatura, en donde el escritor resulta libre para decir tal o cual cosa, llevando al lector a un lugar totalmente distinto.  

A la hora de encarar un tema de violencia de género, intenta pensar como se sentiría ella, como se siente una persona en esa situación, “y eso no es cuestión de investigar”, afirma. En ese trabajo imaginativo: “lo primero que pienso es que si vas a sobrevivir te tenés que alienar, tenés que tomar alguna distancia entre ese cuerpo torturado y violado y vos, como si vos fueras otra cosa”. Y en referencia al caso específico de la trata de personas, dice: “desde ese desdoblamiento esta chica podía medianamente sobrevivir”. Habla de “Bella”, la adaptación libre que hizo del clásico para niños La Bella durmiente a pedido de una amiga, y cuyo texto implica una denuncia respecto de una de las problemáticas sociales de actualidad más dolorosa: la trata de personas. En este sentido, la enajenación del cuerpo de la mujer a manos de los proxenetas, las maneras de intentar sobrevivir, la violencia en primer plano, y la libertad como único deseo, se entrelazan en una trama de alto impacto narrativo.

Aunque confiesa que muchos de sus libros surgen de casos policiales, aclara que: “yo hago periodismo de cultura, no policial”. Sus palabras construyen realidades, o mejor dicho, las dejan al descubierto.

La gente se acerca. Algunos tímidos prefieren quedarse parados, otros más audaces piden asientos, y se les hace lugar. El lugar llama, despojado y con pantallas cautivantes, el stand de Anfibia resulta ser un lugar ideal para parar, sentarse, y disfrutar de un buen momento.

Escritora Gabriela Cabezon Camara. Foto: Pablo Dondero

La literatura va ocupando un lugar central en el encuentro. Preguntada respecto si cree en que la literatura  puede generar conciencia social, contesta rápido: “La verdad es que social, por ahí es mucho”, pero enseguida se sonríe y cuenta su experiencia con los libros: “a algunas personas nos pasa que un libro nos cambia la vida, o nos la salva”. Refiere a “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez y a la felicidad que le generó su lectura; también menciona al “Príncipe Idiota” de Dostoievsky, cuyas páginas la decidieron en su momento a alquilar una casa e irse para siempre de la de sus padres, “no se si estaba bien o estaba mal, pero había que hacer algo”, concluye.

Prefiere no hablar de género para encasillar sus obras, pero a la hora de preferencias se queda con “los populares”. Distingue entre aquellos escritores que necesitan de una estructura, y otros -entre los que se reconoce- que van construyendo desde el placer de juntar una palabra con otra. “Una palabra te va llevando a otra asociación, ahí van apareciendo ritmos, géneros, yo también lo que hago es juntar prosa con poesía, en algún sentido es eso, el rito mismo de lo que va sucediendo”.

El moderador nos incentiva a participar, algún valiente pregunta. Gabriela se apasiona cuando habla, la misma pasión que se siente en sus textos. Para ella escribir es un hecho de afirmación, de construcción personal. No piensa en la recepción que pueda tener en el lector. Pareciera que en la literatura encuentra esa libertad que no se halla en cualquier lado. “Hay algo de escribir que termina por constituir, a mi me termina de armar como persona… hay algo de uno consigo mismo muy fuerte ahí”. Es que, indefectiblemente en ese lugar  “podes escribir algo que vos no sos, pero va hablar de vos, es muy difícil que no hable de vos en un sentido”. Insiste en que a sus personajes le pasan cosas que a ella no le han pasado, pero es raro que sus personajes sientan cosas que ella no sintió. “Partís de una emoción que en algún sentido es tuyo”.

El periodismo parece darle ese bagaje de ideas que después logra plasmar libremente en la literatura. Su último libro empezó con una noticia de un diario, “una foto muy flashera” de un hombre prendiéndose fuego. La empatía, el impacto, la subjetividad y la experiencia hacen que las cosas la interpelen de algún modo, “pero siempre de algún modo hablas de vos”.

Sus libros están impregnados de cruda realidad, sin anestesia. Concuerda en que las injusticias marcan de algún modo sus obras. A la pregunta de porqué, responde: “mi obsesión más primaria y mi miedo más loco es estar absolutamente a la merced de otro”  y es justamente por eso que elige hablar, escribir y tratar de que eso no le pase.

Llegando al final de encuentro nos da una noticia: “Estoy escribiendo una novela”, dice.  Adelanta que está influenciada por la literatura gauchesca, y promete ser algo más lúdico. “Me di cuenta que en toda la gauchesca no hay una mujer tenga nombre” y nos deja repasando mentalmente esas historias en donde efectivamente, la mujer no se nombra.

* Romina Abogada egresada de la UBA, docente, y actualmente estudia periodismo en TEA.