Por Vanina Paola Cortes-Escales

 

Escena Política fue la invitación a pensar nuevas formas de intervención política como las que el colectivo de artistas escénicos detrás de la organización viene haciendo en la Ciudad de Buenos Aires. Es decir: producir acciones que muestren el reverso de las políticas culturales y generar teoría para seguir avanzando. Los centros culturales cerrados y la emergencia estructural de los teatros públicos de la ciudad impusieron la obligación de la resistencia cultural y alumbró una imaginación política nutrida de prácticas como la disolución de las jerarquías, el intercambio de roles, la colaboración y la afección como reglas. ¿Podemos pensar, en adelante, la política bajo estas premisas?

 

Lo que sigue es lo que pasó el domingo 23 de octubre en la República de La Boca

 

1. En una cartelera, los post-it de colores armaban un caleidoscopio de consignas. Muchos apuntaban a las diferentes formas de producir transversalidad: como suma de identidades (“alianza indigenista”, “feminismo: la revolución inesperada”) o como apuestas por la errancia del Yo y otros devenires. Otros se referían a la acción: qué hacer, cómo intervenir desde la propia práctica, desde la actuación, la danza, el teatro, las artes visuales, la literatura o la crítica. Entre estas dos cuestiones se tramó todo el congreso o como lo formulaba la consigna del primer día, se trató de pensar cómo la inteligencia colectiva se organiza en la acción.

 

2. Suena un conocidísimo tema de rock inglés. Luci Cavallero presiona “play” y “stop” y vuelven a empezar. Sentados en círculo, algunas personas improvisan una letra nueva para esa melodía tan conocida. La práctica tiene algo de estudiantina adolescente o de cantito de cancha, algo de las formas de la composición colectiva. El tema dice en algún momento satisfaction y hay algo de eso, algo de la satisfacción de encajar las sílabas y los versos en el tempo de la melodía. Los cuerpos se agitan, se dejan llevar, la gente se entusiasma y en lugar del posado acento de clase trabajadora de Mick Jagger, se escucha:  “Yo no quiero ser un facho / Yo no quiero ser un macho / a fugar, a bailar  / otras armas inventar /lo que quiero, lo que quiero: / asamblea bailable, sindicato social / la ofensiva sensible que no puede esperar”.

 

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3. La política no es el ejercicio de la dominación o la disputa por la administración del Estado, sino la lucha por establecer nuevas formas de decir nosotros y también nuevos objetos, territorios y problemas que atañen a esa comunidad. El tiempo de la política no es solamente el futuro: no es sólo lo que vendrá después, cuando las cosas cambien, cuando todo mejore o se transforme. El tiempo de la política es también y sobre todo, el presente, la vida que se diseña entre todos y la experiencia de vivirla como se la imagina y se la desea. Sobre un cartón amarronado, alguien pinta una consigna: “vivir las utopías”.

 

4. Sobrevuela una seguridad: vamos a estar muchas jornadas ocupando las calles, manifestándonos. ¿Por qué es importante inventar nuevas formas de la política? Porque en lo múltiple hay un hogar y porque la jerarquía que nos imponen solo es una pereza costumbrista. La forma es el contenido, por eso la forma contiene una ética. El taller de diseño de movimiento colectivo, coordinado por el Foro Danza en Acción, piensa no ya en pomposas teleologías sino en utopías cotidianas: cómo estar juntos, como diseñar una micropolítica de lo común. La política de la contigüidad de los cuerpos, las disposiciones a los y las próximas: marchar en manada. Y la agitación como contagio.

 

5. Hacer lo contrario a lo que indican los remedios que ordenan “agítese antes de usar”. No hay dos tiempos: no hay agite y luego uso, transformación o mejoría. El agite es nuestra acción y nuestro presente; es un saber hacer con las técnicas, el arte y los cuerpos. No es un medio adecuado a fines, es un fin en sí mismo o es ese medio en el que vivimos la cultura y la política. Por eso, “hay que parar de querer saber en qué termina todo esto = agite”. La agitación como forma de vida.

 

6. “¿Ya fuiste para allá? Están enloqueciendo la marcha”, dice la performer Marsha Gall, emocionada. Enloquecer es en este caso volverla loca, miché lameada, altísimos los tacos y el porte desafiando el vestuario: la media de red como boa, las calzas doradas de tocado. Osías Yanov hace sugerencias al paso. Los cuerpos marchantes tienen algo de personajes de cómic pero también son la fuga de la cultura, de la corrección no consensuada. El cuerpo de las marchas, ¿qué es?, ¿qué hace? ¿Cuál es la gramática de una marcha? ¿Cómo dice ese cuerpo? ¿El ceño fruncido o triste? Contra estas imágenes, esas otras tornasoladas que afirman el acontecimiento, la eternidad del instante, vida que es pura afirmación.

 

7. El cartel de Susy Shock: “Compañero, si Ferreyra, Kosteki y Santillán son nuestros muertos, ¿por qué Diana Sacayán no es la tuya?”. Mariela Scafatti es serigrafista queer y recuerda otra frase, que más que pregunta es sugerencia, pedido, orden: “ATE, ATE travestificate”. Revolución y placer: la liberación tiene que desatar cuerpos, interrogar los deseos, llamar a la acción pero también al goce. La transformación será una fiesta o no será nada.

 

8. Si el capitalismo extrae plusvalía de nuestra vitalidad creativa, se impone el don, las alianzas, las redes y el desborde. Acciones sin jerarquía ni homogeneidad: corte de ruta y pasarela, desacato y asamblea bailable. Hay que volver a activar la dupla que desveló a las vanguardias: arte y política. Pero mejor agitarla un poco antes, para que no sigan como el agua y el aceite, para que no reposen como dos sustancias separadas y unidas por la obstinación. Pensar la particular politicidad de lo estético implica abandonar mensajes, representación y contenidos. Y apostar en cambio, por una búsqueda de materiales, herramientas y problemas con los que crear escenas que activen la politicidad del arte.

 

Escena política: nosotros, ahora, placer de la acción, agite de los cuerpos. Fiesta.