Gritos desde el pozo

Los mineros del Congo viven poco. Hay días en que encuentran una pepita de oro, coltán o caserita y se ponen contentos. Otros, la mayoría, no encuentran nada: tienen que seguir viviendo. En condiciones de seguridad desesperantes, estos hombres pican la piedra de las minas; buscan la salvación.

Por: Redacción Anfibia

 

Fotos: Guillem Valle

 

Desde hace más de una década, en el centro de África, en la República Democrática del Congo, hay una guerra cruenta. Grupos insurgentes, el ejército congoleño y guerrillas de países vecinos como Ruanda se disputan tierras estratégicas, yacimientos de oro, coltán, caserita.

 

Para evitar los impuestos, los comerciantes sacan los minerales del país en barcazas que recorren, lentas, el enorme lago Kivu.

Lejos de la guerra y las ganancias, los mineros, sumergidos en túneles de setenta metros de profundidad y tan sólo uno de diámetro, cavados a mano, resisten. Tienen menos de veinte años. Viven poco. Las normas de seguridad no existen. Avanzan en cuclillas, sin ningún tipo de sujeción. Muchas veces resbalan en esa débil capa de barro y caen. Sus gritos se escuchan: siguen rebotando contra las húmedas paredes de los túneles.