Jóvenes de San Judas: el México desesperado

Los 28 de cada mes, miles de chicos mexicanos recorren kilómetros y kilómetros para visitar el templo de San Judas Tadeo, padrino de drogadictos, ladrones, perdidos y desesperados. La cronista Laura Castellanos y los académicos Alfredo Nateras y Arturo Hernández Valencia bucean entre los seguidores y se preguntan si esta devoción ciega es realmente una cuestión de fe o no es más que una moda pasajera.

Esa tarde, el niño moreno carga una imagen de bulto de San Judas Tadeo dentro de un morral azul de plástico que anuncia la marca de ropa Ferrari. A sus once años viste el pantalón, la chamarra, y los zapatos gastados de su hermano adolescente. Va impecable: el pelo corto con gel y un flequillo sobre la frente. Sigue al riachuelo humano que sube las escaleras para salir del transporte subterráneo en el centro histórico de la Ciudad de México, y arriba a la estación del metro Hidalgo en la Alameda Central. Es la primera vez que visita la capital del país. Se deja llevar por el caudal de fieles con imágenes y rosas que se dirigen a la iglesia de San Hipólito, recinto de San Juditas. No va solo. Camina con su hermano mayor que le apoya la mano en el hombro.


Son las dos y media de la tarde del 28 de septiembre de 2012 y el niño Alejandro vive un momento significativo en su vida: hizo un trayecto de nueve horas desde su ranchería en el estado de Hidalgo para visitar por vez primera el templo del patrono de las causas desesperadas y perdidas, que salvó la vida de su hermano Luis. A los 13 años, su hermano estuvo a punto de caer desde una obra en construcción en la que trabajaba. Desde entonces Luis acude cada 28 de octubre a la fiesta anual de su protector, así como el 28 de cada mes para refrendar su agradecimiento. Hoy, Alejandro también está: quiere agradecer que pasó de grado con ocho. Luis luce una playera y chamarra moradas, pantalón de mezclilla y tenis de algodón  azul celeste sin calcetines. Un mechón de cabello decolorado le cae sobre la frente. Detrás de la oreja lleva el cigarro que dejará de ofrenda en el altar. Cada hermano carga su imagen. La de Alejandro tiene el largo de su torso, la transporta con cuidado: lo ampara desde que tenía dos años de edad. “Por eso la vengo a bendecir”, dice tímido.

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El semáforo se torna rojo. Los autos se detienen. Los hermanos cruzan Reforma. La mano del mayor permanece en el hombro del pequeño. Traspasan la periferia de la iglesia que, como cada 28 de mes, se atesta de puestos ambulantes que venden artículos alusivos al santo: rosarios, camisetas, ropa para bebé, veladoras. También hay puestos de comida y se ofrecen tatuajes de henna con su silueta. Feligreses agradecidos por algún milagro regalan rosarios o escapularios o flores o dulces. Entre la muchedumbre pululan jóvenes de origen rural o popular con peinados que mezclan estilos punk y pop, visten colores chillantes, ropa clonada de marca, portan gorras deportivas, tatuajes, piercings. Desde hace cinco años este grupo se ha convertido en el referente del culto más visible en la capital. La banda refleja la necesidad de compartir una identidad común así como la agudización de la crisis económica y de la inseguridad en el país: viene a pedirle al santo: empleo, ayuda para asuntos difíciles o protección para actos delictivos. También agradece éxito en sus negocios, la liberación de la cárcel o la salvación del pellejo. Algunas muchachas y muchachos traen su mona en la mano: un trapo o papel con solvente del que inhalan todo el tiempo.  En la calle retumba sin cesar el beat de su música, el reggaetón, un híbrido del reggae, el rap puertorriqueño y el hip hop comercial que exalta el consumismo.

 

Los hermanos compran una veladora. Ingresan al templo construido en el siglo XVII. La gente se arremolina de pie llenando más de la mitad de la nave. Al frente, san Judas Tadeo, con su túnica blanca y su lienzo verde. Famoso por haber sido un apóstol leal a Jesucristo y porque se le martirizó en Persia tras evangelizar paganos. Se dice que lo mataron a golpes de garrote en la cabeza pero nunca negó su fe. Luego lo degollaron. En el altar luce sano y apacible. Alejandro entra al recinto y abre los ojos con asombro, lanza su mirada hacia la cúpula. “¡Qué grande!”, dice y aprieta al santo contra el pecho. La misa está por comenzar.  

 

***

 

Ir a la caza de chavas y chavos reggeatoneros del culto a San Judas Tadeo es una tarea complicada e incierta. Si bien están en todas partes de la capital mexicana, son escurridizos. Algunos venden chucherías en puestos ambulantes de la calle o en el transporte público, otros conducen taxis o microbuses,  o por decenas se les ve citarse con mayor frecuencia en las estaciones del metro, especialmente en Chabacano, Jamaica, Indios Verdes o Tacubaya. Pero cuando uno los intercepta por lo llamativo de su estética, muestran recelo, apatía, prisa, Niegan ser reggaetoneros o rendir culto a San Judas. Dicen que más bien son guadalupanos o que creen en la santería o en la Santa Muerte.

 

Su desconfianza en parte se debe a que socialmente, a los seguidores de san Judas Tadeo, se los criminaliza: por su aspecto, por ser pobres, por su color de piel, porque algunos realizan actos fuera de la ley, porque a otros les gusta andar con su mona a todos lados, o porque recientemente protagonizaron trifulcas con decenas de detenidos. En julio pasado, una multitud se citó a través de las redes sociales en una estación del metro para ir a una fiesta en la colonia Roma. En el trayecto hicieron desmanes y tiraron anuncios. Molestaron a usuarios. Siguieron las tropelías y brotaron las grescas. La policía se llevó a 256 detenidos.

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En agosto y septiembre, al reunirse en estaciones del metro en grandes grupos territoriales, combos le llaman ellos, fueron atacados por pandillas escolares conocidas como «porros»: hubo más detenciones. Las agresiones  se orquestaron en Facebook a través de la página “México sin Chakas”. Es un portal de odio que insta a golpearlos y matarlos. Ahí puede leerse: “Haz patria, mata un regeatonero”. Para estos cibernautas todos los regeatoneros son chakas, chacales, es decir, corrientes, ignorantes, grotescos. Hacia el interior de los combos, ser chaka también es despectivo, porque así se designa a aquellos que exaltan de manera más folklórica el estilo reggeatonero del Caribe y Nueva York.

 

Chakas o no chakas, el grupo no tiene poder adquisitivo para comprar las marcas originales de ropa promovidas por sus cantantes de moda como Farruko: Jordan o Louis Vuitton. Visten pirata. Made in China. Lucen aretes o adornos con diamantes falsos, con metales dorados o plateados que imitan el oro y la plata. También en las redes sociales los ridiculizan porque los hombres se depilan las cejas y a las parejas les gusta perrear al bailar, es decir, realizar movimientos eróticos simulando el acto sexual como se hace en los videos musicales del ritmo.

 

Reggeaton y pasión por San Judas no siempre van juntos. Hay reggeatoneros que son devotos de la santería o la Santa Muerte. O hay fieles del santo a los que no les gusta el reggeaton. Lo cierto es que ambas pasiones provocan un coctel que se manifiesta generacionalmente entre chamacas y chamacos de 13 a 22 años recelosos -pues acostumbran dar sólo su primer nombre y no mencionar su apellido- y con actitudes desfachatadas. Quieren fiesta y lucir chulos. Lo demás, como se dice aquí, les vale madres. 

 

***

 

Uriel tiene 17 años, es blanco, esbelto, con las facciones afinadas y las cejas depiladas. Parece Arcángel. A no ser porque lleva un peinado a la indio mohawk o a la Pájaro Loco, con los pelos del copete bien parados y las franjas laterales más recortadas. Un arete de plástico azul pálido, en una oreja. Viste playera casual color café, pantalones entubados rojos y tenis de algodón rojos sin calcetines. El calzado de moda entre esta cultura urbana. Vende dulces en los transportes públicos de una esquina colindante a la vieja estación de ferrocarril, al norte de la capital. Otros cuatro vendedores comparten la esquina. No son reggeatoneros y lo bromean como cuates. Uno de ellos le suelta: “¿Eres chaka? ¡Sí! ¡chaca leche!”, todos se ríen con el típico albur mexicano. Ahí se queda de tarea.

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Uriel trata de ganarse a los pasajeros: “Hola qué tal, buenas tardes, son un joven desempleado que busca ganarse la vida vendiendo paletas de malvavisco cubiertas de chocolate marca malva bony, tres por cinco pesos”.

 

Vive en la zona conurbada del Estado de México, colindante con la capital mexicana. Estudió hasta la secundaria y dejó la escuela para ayudar a su madre y hermanos porque su padre emigró a Estados Unidos. Su historia es común a la de esta banda: jóvenes de colonias populares de la capital mexicana y de la periferia del Estado de México que desertan de nivel primaria o secundaria para trabajar en oficios informales o se convierten en ninis: ni estudian ni trabajan.

 

-¿Porqué dejaste de estudiar?

 

-Por la economía, mi mamá trabaja en un gimnasio y no nos alcanza el dinero.

 

-¿Te gustaría seguir estudiando?

 

-Ora sí que mi sueño es entrar a la Policía Federal, siempre me han gustado los uniformes.

 

El chavo es reaggeatonero desde los 10 años y le rinde culto a San Judas desde hace cuatro, después de que lo salvó de un asalto. Ya entrados en más confianza, acepta nuestra proposición: dos días después, 28 de septiembre, nos permitirá  reunirnos con él por la tarde en esa misma esquina, acompañarlo a su casa a testificar su ritual de arreglarse para su culto, observar cómo se junta con su banda para acudir en masa al santuario de su patrono, y si después hay perreo, nos invitará en el momento, pues esas fiestas por lo general son clandestinas.

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Llegado el día 28 acudimos puntuales a la cita. Ahora el muchacho vende  chocolates Carlos V que conserva fríos en una bolsa de plástico con cubitos de hielo seco. Una gorra deportiva morada con amarillo oculta su cabellera alborotada. Cuando termina su jornada laboral nos desplazamos en metro a su casa desde la estación Buenavista hasta la Nezahualcóyotl. Uriel vive en el municipio del mismo nombre: Neza, uno de los barrios más peligrosos del valle metropolitano. Cuando caminamos por los alrededores de su casa señala un kiosco: “ahí dejaron tres muertos baleados hace tres semanas”. Ignora si fueron ajustes entre cárteles del narcotráfico pero en las noches escucha el tronar de balaceras. Un convoy militar patrulla las calles. Pasa a una cuadra de la casa que tiene pintado un mural de San Judas al que algunos vecinos le rezan el rosario para pedirle su protección.

 

Uriel vive en un departamento de un edificio gris del que penden calentadores de agua oxidados. Un letrerito anuncia en la puerta: “Se hacen tacos de canasta por pedido para todo tipo de eventos”. A mano está escrito en la puerta: “Favor de no pintar pendejadas, atte Yo”. De pronto Uriel dice algo inesperado, por cierto, de forma bastante desenfadada: “creo que no voy a ir a la iglesia, hoy hay un concierto de La Arrolladora Banda Limón y mi novia y mis amigos quieren ir”. ¡Qué! Un plantón reggeatonero más. Y extrañamente por música grupera.

 

-¿Vas a dejar de ir a la misa de San Judas por irte de reventón?

 

-Sí.

 

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La noche cubre a la muchedumbre callejera de seguidores de San Judas Tadeo afuera de la Iglesia de San Hipólito. El reggeaton no ha dejado de sonar durante todo el día. Yahir y Luis, dos escuincles menudos y flacos con camisetas con figuras de su santo, cada uno carga su imagen de bulto de la que cuelgan decenas de rosarios como signo de favores concedidos. Yahir lleva una gorra colorida con pedrería, Luis el cabello parado con el flequillo en la frente y un morralito de tela con la estampa de su protector. Ambos lucen el mismo modelo de arete imitación oro en la oreja izquierda. Caminan con un donaire seguro y algo cínico que llama la atención. Aceptan charlar.

 

-¿Ustedes son chakas?

 

-A veces- responde Yahir con media sonrisa.

 

-¿Les gusta monear?

 

-¡No le hacemos a eso!- Luis pone cara de sorpresa.

 

Se trata de dos quinceañeros que desde niños son amigos entrañables, no hay vínculo de sangre pero sí mundano, de carne. Son carnales. Yahir lleva tatuado el nombre de San Judas en el pecho porque una vez le pidió que a un primo que estaba en la cárcel por robar una tienda lo dejaran en libertad. Y le hizo el milagro. Luis por su parte le debe al santo salir de una urgencia médica.

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Ambos vienen de la colonia El Arenal, cerca del metro Pantitlán al oriente de la capital, zona en la que ni la policía se atreve a ingresar por la alta violencia. Ellos están en tránsito de botar la escuela definitivamente y no trabajan. Todo el tiempo están juntos. Se la pasan rolando, es decir, en la pura pachanga con los cuates. Un rato del día van a un deportivo popular a jugar frontenis, un juego de raqueta en el que se golpea la pelota contra una pared. Comen en sus casas. En la tarde están en la computadora o con la novia. “Yo tengo 3”, presume Yahir. 

 

A esa hora nocturna abunda la banda con su mona entre los puestos de vendimia. En el puño de su mano llevan su trapo, estopa o papel con solvente y lo acercan a su nariz y a su boca. Una pareja va moneando. La joven lleva en su mano el narcótico, con el otro brazo sostiene a un bebé contra su pecho por lo que es inevitable que también aspire el solvente. El bebé lleva la cabecita colgando hacia atrás, va como desfallecido.

 

Un rato después vemos al dúo de escuincles acercarse a jóvenes mayores que monean bajo la penumbra de un árbol. Los dos valedores salen con su mona en la mano. Les salimos al paso.

 

-¡Ay! ¡Nosotros que dijimos que no moneábamos!- se ríen.

 

-¿Cuánto tiempo pueden estar moneando?

 

-Todo el día.

 

La mona es un consumo cultural de clase. Si la juventud adinerada quiere drogarse, puede pagarse coca, tachas, éxtasis. Pero si esta prole quiere hacer lo mismo, compra la droga más barata. Adquiere un litro de thiner en cualquier tlaparería por unos cuantos pesos. A cambio la sustancia les provoca amodorramiento, cierta euforia e hilaridad y les apacigua el hambre.

 

Lo sorprendente es el ingenio con el que la consumen. Ya se inventaron monas frutales o de esencias. Le pueden poner fruta picada (plátano, guayaba, mango, naranja) al trapo o al mismo bote con solvente. Y tiene su sello de género: mientras para los hombres representa un asunto de virilidad, las mujeres le dan un matiz de feminización. Ellas optan por saborizantes como el chocolate, la vainilla, el chicle o alguna loción. Su preferida es la imitación del perfume Paris Hilton.

 

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Ese domingo nublado las hermanas Montse y Guadalupe están listas para ir a la tardeada reggeatonera en la discoteca más popular al norte de la metrópoli. Tienen 18 y 20 años y se pusieron guapas para la ocasión: visten camisetas negras y jeans ajustados. Llevan el cabello alaciado y el fleco perfectamente recortado y engominado sobre la frente. Lucen pupilentes color gris verdoso, una línea plateada en el contorno de los ojos les da un brillo especial en la mirada, y otra línea negra que bordea a la primera la profundiza. Portan aretes de bisutería. Montse lleva una diadema con diamantes de plástico.

 

Las dos hermanas son devotas de San Judas y trabajan en un taller de costura. “La verdad no nos gustó la escuela”, dice Montse. “Con lo que ganamos le ayudamos a mi mamá, nos compramos ropa y vamos a reggeatonear”. Entre las mujeres también hay subgrupos.

 

Estas hermanas son de las bien portadas del grupo, las fresas, las “de casa”. Bailan en las fiestas sin acercarse a la pareja, no perrean ni monean. Montse dice que a las que les gusta perrear monear se les llama valedoras. Ya si se suman al grupo de hombres entrándole a lo que venga, se les dice rifadoras. Las mujeres representan alrededor de la tercera parte de la raza. Las que le entran al perreo asumen un rol desinhibido en el que tienen la iniciativa al bailar para el hombre. Los detractores ven en el baile una apropiación humillante del cuerpo de la mujer por parte de los hombres.


La atención mediática sobre las trifulcas contra reggeatoneros puso bajo los reflectores las pachangas de perreo realizadas en casas o establecimientos particulares, muchos de ellos clandestinos. Por ahora prácticamente desaparecieron porque los vecinos inmediatamente llamaban a la policía y éstas se cancelaban. Sólo un par de discotecas al norte de la capital les abren sus puertas. Hay mucha seguridad que impide el paso de drogas u objetos punzo cortantes. No es fácil el ingreso a extraños. Pero el gerente de nombre Guillermo acepta darnos un breve recorrido con la condición de que no mencionemos el nombre del antro.

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Son las cinco de la tarde y grupos de jóvenes adolescentes lustrados y bien peinados abordan el lugar. Aquí no se traen escapularios o imágenes del santo. Es la hora de la fiesta. Menos de la tercera parte son mujeres. Adentro suena un ritmo reggeatonero mezclado con balada. No hay mesas ni sillas y todos están de pie. El lugar no está lleno en su totalidad. Los dos niveles con terrazas que circulan la pista permanecen vacíos. Sólo se sirve refresco y el alcohol se toma después de las siete de la noche. Quién sabe cómo se pondrá más noche el ambiente, ya con el alcohol a cuestas, pero por ahora sólo algunas parejas bailan un perreo desangelado. Los demás conversan. El gerente observa la escena en silencio.


-¿Porqué no está lleno?


-Por una cosa bien simple: es moda y las modas pasan rápido.


El empresario piensa que hay una acometida de las autoridades y de los vecinos contra las fiestas y espacios de esparcimiento de esta cultura juvenil. Considera que desde que se criminalizó al grupo bajó la presencia al culto a San Judas y el gusto por el perreo. “Hace un año estaba posicionado el reaggeaton, pero ahora está en decadencia y resurge la música electrónica. En cambio si vamos a Nueva York o a Argentina allá el género está durísimo”, dice. El perreo es el espacio de encuentro y esparcimiento de esta juventud marginada, y si se siguen cerrando sus lugares de convivencia los chavos se irán por ahí a “emborracharse, drogarse y a tener excesos”.


El día del culto a San Judas, Arturo Hernández Valencia le preguntó a tres chavas y un chavo, con la mona en la mano, hablar balbuceante y las risas al vuelo, qué les preocupaba del México actual. Unavaledora  que sólo estudió la primaria tomó la palabra: “Quieren quitarnos los reggeatones y son nuestra diversión”. Sólo eso. Otra encomienda más de la banda para el santo de los desposeídos.

Ilustración: Prometeo Lucero

Cuando era un estudiante de bachillerato, Prometeo Lucero fotografiaba marchas estudiantiles con una Kodak 110 rota, por puro gusto. Años después, en la carrera de diseño gráfico, reprobó la materia fotografía. Ya en la carrera de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México, se dio cuenta que para narrar las historias que quería contar, lo mejor era el fotoperiodismo. Se compró una réflex. Sacó centenares de fotos. Hizo cursos y talleres. Hoy es un fotoperiodista independiente especializado en temas de migración, derechos humanos y medio ambiente.