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Sabía que la nota iba a ser conflictiva, pero había comenzado a ser imperativo para mí escribirla. Me gustaría ante todo agradecer a todas las personas que de diferente modo –reproduciendo la nota en sus muros, retuiteándola, escribiendo en los distintos foros o, incluso, escribiéndome a mí directamente- se hicieron eco de esta historia y de estas reflexiones. Muchos pudieron revivir sus propias historias de vida, otros encontraron en la mía momentos que asociaron a momentos vividos por ellos y se conmovieron por ello. Hubo mucha gente que me dijo sentirse identificada con estas ideas, hubo también mucha gente que piensa distinto, muy distinto en algunos casos, y que sin embargo logró leer el texto sin indignarse, con el mayor de los respetos, encontrando en él argumentos para debatir con sensatez y rigor. Encontrar estas respuestas siempre es gratificante y revelador para los que escribimos y hacemos públicos nuestros textos.

 

Tal como preveía, también, a partir de esta nota aparecieron descalificaciones y agresiones de diferente tono. Las más familiares e hirientes, aquellas que en la nota señalo como que suelen darme “en la boca del estómago”, vinieron de parte de hombres y mujeres identificados con las políticas del Estado de Israel, personas que suelen asociar discrecionalmente pensamientos como el mío a la falta de información, la ignorancia o la ideología que le hace el juego al antisemitismo. Naturalmente, también aparecieron los prejuiciosos de siempre, que increíblemente replicaron los cuestionamientos de los que hablo en el artículo acerca de una supuesta doble identidad de los judíos. Esa palabra, identidad, es la que se pone en juego con estos temas y es por eso, seguramente, que se genera tanto ruido, tanto fervor y tanta discusión, por momentos paródica, por momentos dramática, pero siempre intensa.

 

Por último, varios de los lectores me invitaron, a su manera, a conocer Israel. Algunos lo hicieron con buenos modos y lo agradezco muchísimo: vivo ese viaje como una deuda pendiente. A los otros, a quienes me dedicaron párrafos arrogantes asegurando que no puedo escribir sobre lo que no conozco y sobre gobiernos que no son los de mi país, lamento desilusionarlos: hace años que escribo sobre otros países, otras culturas y otros gobiernos. Pretendo seguir haciéndolo, con el mismo espíritu crítico, lo más cercano al rigor profesional que me sea posible y con la mayor sensibilidad de la que sea capaz, todo el tiempo que pueda.