Anfibia en la Copa América

La Copa de la coima

En Chile, hace 24 años, pagaron los primeros sobornos por la Copa América. Ahí sitúa el FBI el inicio de la era de la coima, con operaciones millonarias que iban de Estados Unidos a Suiza, de Qatar a Brasil y de Trinidad y Tobago a Paraguay. La televisión chilena pagó por los derechos de imagen de esta copa 12 millones de dólares: en la edición argentina, hace cuatro años, habían costado 2,5 millones. Menos mal que el chileno puede ver los partidos por TV porque ir a la cancha le cuesta una fortuna: una hamburguesa con gaseosa cuesta más que el salario promedio de un trabajador.
 

Foto de portada: Prensa Gobierno de Chile

 

Fotos interior: Télam / Prensa Gobierno de Chile

 

La corrupción en el fútbol no tiene perímetro. Se practica en un gran campo abierto sin reglas ni arcos que excede en tamaño al continente americano. Puede abarcar desde Estados Unidos a Suiza, de Qatar a Brasil y de Trinidad y Tobago a Paraguay. Los jugadores, muchos octogenarios, comenzaron a vender su reputación hace 24 años. Según el FBI, los primeros sobornos se pagaron por  la Copa América de 1991 disputada en Chile. La ganó aquella Selección argentina dirigida por Alfio Basile y con Gabriel Batistuta como goleador. Desde entonces, el torneo rotó por los diez países sudamericanos afiliados a la Conmebol y nada cambió: las coimas siguieron hasta hoy. La Presidenta Michelle Bachelet definió a la Copa actual como “una fiesta de las Américas y una fiesta de Chile”. Su compatriota Diego Marín Verdugo piensa lo contrario. El documentalista de 39 años que acaba de presentar en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Buenos Aires su película “En nombre de la Copa” sobre el último Mundial de Brasil, dice: “la Copa América viene a distraernos, a cumplir un rol disuasivo y justo en un momento política y socialmente tan intenso como el que se está viviendo en Chile”.

 

Verdugo filmó una roadmovie futbolera a lo largo de Brasil. Su compañera Daniela More Caroca es la guía de esa mezcla de documental y viaje interminable donde la cámara se mete en las favelas, los estadios, las playas y los barrios en los que el Mundial es apoyado y reprobado con la misma pasión. Marín Verdugo, gestual y extrovertido, dice: “Me extraña la sorpresa de los sorprendidos con el escándalo de la corrupción en la FIFA. ¿Cómo? ¿No lo sabían? Como si estos tipos se bañaran en agua bendita. Si esto era algo que todos conocían”.

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“Estados Unidos contra Allende” y “Pueblo con memoria” son algunos títulos de su filmografía. Su trabajo proseguirá con una idea que él explica convencido de que algo nuevo y extraño está pasando en Chile y merece contarse. “Es una cuestión telúrica, como que en mi país existen ciertos fenómenos naturales que revientan, como los aluviones del norte y el estallido del volcán, que están generando un correlato en lo social y en lo político y hacen que se caigan las máscaras. Para mí no hay un movimiento estudiantil en 2011 sin un terremoto en 2010. No tengo una confirmación científica de lo que digo, pero estos movimientos en la tierra producen cambios en la frecuencia de las conciencias. Como que Chile era un país incorruptible, transparente, que la Presidenta era honesta… pero entró en la mentira y perdió la confianza de la gente. Si no somos capaces nosotros de ver los cambios, va a ser la tierra la que nos obligará a verlos”.

 

Esos cataclismos que producen las entrañas de la tierra para modificar sus entornos, según la peculiar visión de Marín Verdugo, parecen haber llegado hasta el palacio de la corrupción del fútbol con sede en Zurich. Tienen una connotación política y social, como sucedió con el ex presidente de la Concacaf,  Jack Warner, sospechado de desviar fondos que le entregaron la FIFA y la federación coreana de fútbol para ayudar a reconstruir Haití tras el devastador terremoto de 2010. Según la cadena británica BBC, en EE.UU lo investigan por un presunto desvío de 750.000 dólares destinados a las víctimas.

 

En este escenario obsceno donde la política y el fútbol interactúan complementándose, Chile no escapa a la lógica de ganadores y perdedores. La productora Chile Films fue privatizada por la dictadura pinochetista en 1985. Hoy es propiedad de Cristian Varela, un empresario que controló el club Colo Colo desde una gerenciadora y que, como describe el Centro de Investigación Periodística de Chile (CIPER) “ejerce como ejecutivo de una empresa que al año factura cerca de $3 mil millones por producir las transmisiones de partidos en el Canal del Fútbol (CDF). Varela preside el Comité Organizador Local (COL) del Mundial Sub-17 e integra el directorio de la Asociación Nacional de Fútbol (ANFP), a cargo de la Copa América. A ello hay que agregar uno de los roles más potentes en el negocio del fútbol: se acaba de integrar a la Comisión de Finanzas de la Conmebol”. Deberá cuidarse. Ya no podrá gozar de la inmunidad diplomática que el gobierno paraguayo de Juan Carlos Wasmosy le había otorgado a la sede de la Confederación Sudamericana mediante una ley del año 97.

 

Varela también es socio del empresario Alejandro Burzaco, detenido en Bolzano, Italia. Torneos y Competencias contrató a Chile Films para realizar la producción televisiva de los partidos de la Copa. Y como dirigente de la ANFP le extendió a Full Play, la empresa de Hugo y Mariano Jinkis, ahora encarcelados en el penal bonaerense de General Madariaga, un contrato hasta 2017 por el cual les concedió los derechos televisivos del torneo de fútbol chileno para el exterior. O sea, Varela atiende a los dos lados del mostrador, como dirigente y hombre de medios. Cualquier semejanza con Burzaco es pura coincidencia.

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Entre los perdedores están los chilenos de a pie. Lo sintetiza una declaración del arquero de la selección, Claudio Bravo y compañero de Lionel Messi en el Barcelona. En una conferencia de prensa, cuando le preguntaron si se sentía presionado por ganar la Copa América, respondió: “No estamos ansiosos ni presionados. La presión la tienen los hogares que no llegan a fin de mes”.

 

Un combo de hamburguesa, gaseosa y papas fritas a 7.100 pesos chilenos que vende el concesionario de los alimentos en la Copa América, Vive Snack, fue denunciado por el periodista deportivo local, Juan Cristóbal Guarello, como una estafa al público en un país donde el 27,8% de las personas debe endeudarse para alimentarse, según datos de la OCDE. La mitad de la población gana menos de 5.000 pesos diarios. No le alcanzaría para comprar esa dudosa hamburguesa que se vende en los estadios y en un país donde los niveles de acumulación de riqueza superan incluso a los de Estados Unidos.

 

La Copa América sigue. Burzaco y los Jinkis -dueños de los derechos televisivos-, si ven los partidos que restan hasta la final, será mientras esperan por su extradición. Les salió demasiado caro seguir el torneo bajo arresto domiciliario o en prisión: el departamento de Justicia de Estados Unidos los acusa de haber acordado coimas por 110 millones de dólares, de los cuales se pagaron 40 millones hasta hoy.

 

La teoría de las manzanas podridas

 

La espina dorsal de la corrupción en el fútbol se partió en varios pedazos. En Estados Unidos comenzaron a investigarla tarde, casi avejentada, con ese bisturí de dudosa imparcialidad llamado FBI. Por ahora los coimeros están en la FIFA y los bancos que los tuvieron de clientes gozan de buena salud. En Chile la televisión se dio cuenta – también tarde – de que pagó los derechos de imagen más caros en la historia de la Copa América: el canal 13 trasandino desembolsó 12 millones de dólares. Los cobró Full Play. Sólo en la edición argentina de 2011 -la última que se jugó-, habían sido 2,5 millones. En Paraguay, el gobierno de Horacio Cartés recordó demasiado tarde que la sede de la Conmebol tenía la inmunidad diplomática de una embajada estándar desde 1997. Ningún documento comprometedor podía salir de allí, ni siquiera por pedido de un juez. Ahora sus dirigentes estarán obligados a entregarlos. El Congreso paraguayo derogó ese privilegio que mantenía el fútbol sudamericano. ¿Por qué?  Porque estalló el escándalo en la FIFA.

 

Joseph Blatter y sus cortesanos hicieron la plancha en un mar de billetes hasta que en Suiza descubrieron muy tarde la teoría oxidada de las manzanas podridas. Una, el estadounidense Chuck Blazer; dos, el triniteño Jack Warner, ambos ex dirigentes de la Concacaf  que además tuvieron cargos muy altos en la FIFA y ya confesaron sus delitos. Tres, el paraguayo Nicolás Leoz, el ex presidente de la Conmebol que se mantuvo en el cargo 27 años. Cuatro, el uruguayo Eugenio Figueredo, también ex presidente de la Conmebol y así hasta contar catorce manzanas podridas en un cajón demasiado pequeño. Según esta teoría, la corrupción no era estructural. Por eso y pese a que renunció, el dirigente suizo todavía preside la FIFA.

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Todos, sin excepción, se enteraron tarde de que la mugre los estaba tapando. Vivían anestesiados por las coimas que inyectaban en sus cuentas bancarias. En el mundo FIFA había licencia para operar con impunidad. Ni la centenaria Copa América podía ponerlos a salvo. Hoy está contaminada por 110 millones de dólares en sobornos. Siete dirigentes están en la cárcel, otros fueron obligados a pagar millonarias fianzas para quedar libres, a tres empresarios argentinos los espera la extradición a EE.UU y a los primeros que se quebraron, el FBI les sigue sacando el jugo en una cadena de delaciones que no se detiene.

 

En esta saga de directivos corruptos, empresarios tan ricos como coimeros, sabuesos que buscan más pruebas y gobiernos cuyos presidentes montaron una geopolítica de los negocios apoyados en el poder seductor de la pelota, hay detalles que no cierran. ¿Por qué el Departamento de Justicia de Estados Unidos cuestiona la legalidad de las votaciones que concedieron los Mundiales de 2018 y 2022 a Rusia y Qatar si hasta ahora solo mostró pruebas concretas sobre coimas en las ediciones de la Copa América de 2015, 2021 y 2023? ¿Por qué mandó órdenes de detención a Suiza para que atraparan a los acusados dos días antes del Congreso de la FIFA que reeligió a Blatter y no lo hizo a Miami (sede la Concacaf), Asunción (de la Conmebol) o en otras ciudades americanas si todos pertenecen a esas dos confederaciones y los tenía más a mano?

 

Una respuesta a la segunda pregunta puede estar dada por la oportunidad de amplificar el operativo de escarmiento. El Departamento de Justicia de Estados Unidos tenía garantizado un alto impacto en Suiza, en el umbral de un Congreso de la FIFA, para presionar a su cúpula. En Miami o Asunción la noticia no hubiera tenido los mismos quilates. El objetivo principal es desplazar a Rusia y Qatar como sedes de los próximos dos mundiales. Ambos fueron elegidos en una votación simultánea sin antecedentes en la federación internacional. EE.UU perdió a manos de Qatar y su socio político clave, Inglaterra, fue derrotado por la candidatura rusa. De ahí que el primer ministro británico David Cameron le pidió la renuncia a Blatter durante una conferencia de prensa que compartió con Angela Merkel en Alemania.

 

Si hay pruebas sobre la corrupción en la FIFA, se debe recordar al qatarí Mohamed Bin Hammam, ex presidente de la Confederación asiática que intentó desbancar a Blatter en la elección de 2010. Fue expulsado de por vida de FIFA porque intentó untar a varios congresistas para que lo votaran. Les ofreció 40 mil dólares por cabeza. Es el mismo que habría sobornado a Jack Warner, según lo que publicó este mes el periódico Trinidad Express. Basado en documentos oficiales señaló que Bin Hammam pagó 1.212.000 dólares mediante una transferencia electrónica a la cuenta privada del dirigente trinitense en el Banco Intercomercial, sucursal de Chaguanas (Trinidad y Tobago), el 14 de julio de 2014.

 

El agente de partidos internacionales Guillermo Tofoni tiene una hipótesis sobre las pesquisas de Estados Unidos en la FIFA: “Esto es política internacional de alto vuelo”. A él, Alejandro Burzaco le pagaba el 6,25 por ciento de las comisiones que cobraba por organizar amistosos internacionales para la Selección argentina. Con la venia de Julio Grondona,  el ex  presidente de Torneos y Competencias – desplazado de su directorio mientras estuvo prófugo – le había arrebatado a Tofoni un negocio que, en promedio, genera unos 5 millones de dólares al año. Un nicho pequeño comparado con los derechos televisivos de la Copa América. Los detalles de esta operación comercial constan en las escuchas que le realizó la SIDE al ex presidente de la AFA en mayo de 2013 por pedido del juez Norberto Oyarbide. Ahora, Tofoni dice despegándose del escándalo: “Jamás soborné a nadie para que me dieran contratos”. La pregunta sería: ¿Aludirá a Burzaco y los Jinkis?

Por: Gustavo Veiga

Cuando mira los partidos de la selección, Gustavo Veiga se apasiona y grita los goles aunque no llega a la categoría de desquiciado. Ese estado de Nirvana solo lo alcanza cuando ve con Emiliano, uno de sus hijos, a Defensores de Belgrano. Del fútbol y su mugre se acuerda a tiempo completo como periodista, cuando no escribe de otros temas como política internacional.