México vs Camerún

La venganza del arquero chingón

En un rato, México jugará su primer partido contra Camerún. En el arco ya no está Antonio “La tota” Carabajal, guardameta clásico, que a partir de 1950 participó en cinco mundiales seguidos. En su primer partido internacional recibió cinco goles. Sin embargo, años después la FIFA lo declaró “Jugador histórico”. Adelanto de “Un picado en el Maracaná”, que la editorial Augol acaba de publicar.

Por Juan Portiglia

Fotos: Contragolpe

 

Once pelotas. Muchas menos que las desviadas por encima de los alambrados por tipos que valen millones. Tan sólo once pelotas fueron el valor de cambio para que Antonio Carabajal pasaradel Club Oviedo al Club España. Nada másonce pelotas –no reclamen guantes ni canilleras-cotizaron al primer futbolista de la historia en disputar cinco Mundiales, al único arquero que consiguió tal hazaña.

No es sencillo determinar las razones que llevaron a esta leyenda del fútbol mexicano a iniciarse en el arco, y hasta la propia Tota, como lo apodaron desde chico los amigos en el barrio de San Rafael, alterna versiones siguiendo imágenes que cruzan como ráfagas el rincón de los recuerdos en su cabeza. En ocasiones, relata que el dueño de la pelota lo mandó a atajar como condición para dejarlo jugar, que caminó molesto hacia un arco armado con tachos de basura, pero que se enamoró del puesto y no paró hasta pararse bajo los tres palos del mítico estadio de Wembley. El otro recuerdo es más triste. La muerte de un hermano, atropellado mientras jugaban en la calle, hizo que su padre le prohibiera los partidos en el barrio. Y el joven Carabajal, que no sabía de diversión más plena que el fútbol, se refugió en el arco para ganar panorama y poder escapar a tiempo de los retos de su familia.

Con la escuela terminada y apenas catorce años, la Tota tuvo que tomar una decisión difícil incluso para quien pudiera doblarlo en edad. Dos alternativas. Continuar estudiando desde la comodidad del resguardo familiar o dedicarse al fútbol y arreglársela solo. Optó por la opción que solo eligen los apasionados, los que tienen más deseos que miedos. Dejó su casa, consiguió trabajo en una estación de servicio y alojamiento con una vecina. Atajó en el playón lo que le tiraran. Bollos de papel, pelotas de trapo y de tenis, y alguna que otra propina. Cuando escaseaban los clientes, se permitía soñar con estadios llenos y atajadas memorables.

Brasil, Suiza, Suecia, Chile, Inglaterra. No es momento. Antonio Carabajal encontró lugar en un club de barrio llamado Oviedo, en el que el arquero titular era un tal José Alfredo Giménez.

Pero la Tota casi no tuvo que pelear por el puesto, ya que su competidor dejó temprano la práctica de fútbol para convertirse en músico y actor, componiendo clásicos como “Te solté la rienda” y “El rey”. Ranchera a ranchera, Giménez se transformó en un ícono de la canción mexicana, y sin darse cuenta comenzó a abrir el camino para el nacimiento de una nueva estrella.

En Oviedo no había entrenamientos tácticos, ni pasadas de velocidad, ni control de pulsaciones, ni ejercicios de coordinación. Tan sólo dos horas de juego, de revolcones. De goles y de atajadas. Cómo no enamorarse del fútbol. Cincuenta, cincuenta y cuatro, cincuenta y ocho, sesenta y dos, sesenta y seis. No es momento. Once. Once pelotas y Carabajal dejó Oviedo para pasar al Club España, uno de los equipos más poderosos del incipiente fútbol profesional mexicano. El año de su debut en Primera División, grandes actuaciones lo llevaron a formar parte de la delegación que disputó los Juegos Olímpicos de Londres en 1948. No le fue bien. Recibió cinco goles en el debut y despedida ante Corea del Sur, pero por primera vez la Tota defendía los colores de su país, y estaba muy lejos de ser la última.

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Dicen que en su debut en Club España se le escapó ingenuamente la primera pelota del partido y que de ahí en más jamás volvió a equivocarse. Cuentan que realizó la mejor atajada que se haya visto en México en un amistoso contra River. Recuerdan que era el más valiente a la hora de salir a cortar ataques y que incluso perdió los dientes en una intervención.

El nombre del chico que a escondidas de su padre se las ingeniaba para salir a jugar en las calles del humilde barrio de San Rafael ya se conocía en todo el país. La regularidad y el liderazgo que mostraba partido a partido en Club España, llevaron a Carabajal, con apenas veintiún años de edad y tan sólo dos jugando en Primera División, a ser seleccionado como uno de los arqueros que presentaría México en el Mundial de Brasil 1950. No era un torneo más, nunca lo fue la Copa del Mundo. Sin embargo, en esta ocasión la máxima fiesta del fútbol volvía a celebrarse tras doce años en los que el planeta agonizó a causa de la Segunda Guerra Mundial.

En la previa, la Tota no se perfilaba como el arquero titular del equipo. Esa posición de privilegio la ocupaba Raúl Córdoba, quien en los meses previos al inicio de la Copa del Mundo había pasado de San Sebastián de León a Atlas por unos 25 mil pesos, suma que permitía adquirir bastante más que once pelotas. Pero en los partidos de preparación, Carabajal se mostró más firme que su competidor y, ya en Brasil, el entrenador Octavio Vial le anunció que sería el arquero titular. En su debut, el 24 de junio, México se enfrentó nada menos que al seleccionado local en la inauguración del Estadio Maracaná, ante casi 85 mil espectadores.

Ademir, Jair, Baltazar, Ademir, otra vez. Cuatro a cero contundente. Aunque sabía que no había paridad de fuerzas, no era el debut soñado para el arquero, dueño de una posición tan ingrata que sufrió más que cualquiera el peso de la derrota. Y no tuvo alivio, porque enseguida llegó la poderosa Yugoslavia para propinarle cuatro goles más. Y atrás vino Suiza, con el alivio de reducirle la cantidad de goles a la mitad. Carabajal fue el arquero más vencido en aquella primera fase, aunque no del torneo porque Brasil le hizo un gran favor anotándole siete goles al guardametas sueco. Al volver de Brasil, el arquero recibió otro cachetazo.

Club España, equipo que había dominado el amateurismo mexicano ganando doce campeonatos de liga y cuatro torneos de copa, y que siguió cosechando títulos cuando el fútbol se profesionalizó en 1943; el equipo que había recibido el mote de Real de parte del Rey Alfonso XIII y en el que el conocido ídolo sanlorencista Isidro Lángara anotó más de cien goles; ese mismo equipo que le había permitido a Antonio Carabajal disputar su primer Mundial, anunció a finales de 1950 que se retiraba de toda competencia profesional por grandes problemas económicos. No existió gerenciamiento ni gaseosa que pusiera su nombre en el estadio. No hubo manera de salvar al club –aunque a veces mejor morir dignamente- y la Tota tuvo que buscarse un nuevo destino.

Por primera vez Carabajal dejaba la Ciudad de México en la que había permanecido desde su niñez para mudarse al Estado de Guanajuato, donde el Club León, de apenas seis años de existencia, aunque ya con dos trofeos de liga en sus vitrinas, lo esperaba con los brazos abiertos. Y la relación fue inquebrantable porque el arquero que arribó a los Panzas Verde con apenas veintiún años, permaneció defendiendo su arco hasta el final de su carrera.

En su segunda temporada en León, Carabajal obtuvo un nuevo campeonato y volvió a perfilarse como un serio candidato a ocupar la delegación mexicana que viajaría a Suiza para afrontar un nuevo reto mundialista. En 1954 la FIFA celebraba sus 50 años de existencia en un continente que aún sentía los efectos devastadores de la Segunda Guerra Mundial.

Alemania Federal volvía a competir tras la prohibición que se le impuso en el Mundial de Brasil, y solo tres equipos americanos consiguieron pasaje. Dos poderosos, Brasil y Uruguay; y la humilde selección mexicana que no había cosechado ni siquiera un punto en sus dos participaciones previas.

Esta vez a la Tota le tocó ver desde el banco de los suplentes cómo Salvador Mota defendía los tres palos de México en un nuevo debut ante Brasil. Fue otro mazazo para el Tri que cayó por cinco a cero. Y como en las grandes goleadas las mayores culpas son de los arqueros, el entrenador Juan Luque le dio a Carabajal la posibilidad de jugar el siguiente partido, contra Francia. Tuvo su primera gran actuación mundialista y, a pesar de haber recibido dos goles, salvó a su equipo en numerosas oportunidades para llegar empatados a los últimos dos minutos de juego. Pudo ser el primer punto de México en un Mundial. Pudo ser, pero el árbitro español Manuel Asensi cobró un penal agónico que Raymond Kopa cambió por gol y la vuelta a casa volvió a ser gris.

Consolidado en León, Carabajal rompía récords de asistencia. Junto a la experiencia acumulada le llegó el Mundial de Suecia en 1958. Y el primer punto de su selección que, si bien volvió a ser última en su zona, arañó un empate en uno frente a Gales.

Cuatro años más tarde, el Mundial de Chile volvió a tener a México en su búsqueda y a Carabajal en el arco. Otra vez sopa. Debut ante Brasil, como si la suerte no hubiera querido jamás guiñarle el ojo. Didi, Garrincha, Zagallo, Amarildo. Pelé. Dos a cero. Les hicimos precio, habrán pensado. Pero en México de a poco iba cambiando la mentalidad y ya se le oponía más fuerza a los poderosos. Tras caer uno a cero ante España tocaba despedirse del torneo en un juego ante Checoslovaquia. El abrazo fue interminable cuando el juez sonó el silbato y el marcador los mostró tres a uno arriba. El Mundial se les terminaba rápido otra vez a los mexicanos, pero Carabajal y compañía conseguían ganar por primera vez en la competición.

El guardameta todavía tenía una deuda. Terminar un partido mundialista con su arco en cero. Su sueño corrió peligro cuando, meses antes del inicio del Mundial de Inglaterra en 1966, en el equipo al que le había brindado dieciséis años de su vida no era tenido en cuenta por el entrenador argentino Luis Grill. Los años se le cayeron encima a Carabajal y amenazaron con privarlo de llegar a su quinta Copa del Mundo. Sin embargo, el entrenador de la selección, Nacho Trellez, decidió que viajara a Inglaterra en reconocimiento a su trayectoria y como referente para el equipo. Le tocó ver desde el banco el empate ante Francia y la derrota ante Inglaterra. Pero el 16 de julio de 1966, en el Estadio Wembley ante Uruguay, para sorpresa de muchos Carabajal saltó al campo de juego. Por primera vez en su carrera decidió no usar guantes, pero en su primera intervención la lluvia le jugó una mala pasada. Pidió guantes a su banco y de ahí en más fue el de siempre.

O estuvo más firme que nunca, ya que los ataque charrúas no lograron vulnerarlo.

El árbitro marcó el final. Uruguay avanzó a la siguiente ronda y México se fue temprano, otra vez. Antonio Carabajal se quitó los guantes, primero. El buzo, después. Y con sus manos le hizo a sus compañeros, a Wembley, a México y al Mundo la seña de ya no más; regalándole a todos aquellos que cuenten su historia la chance de no sonar repetitivos. Ahora podrían llamarlo, también, el Cinco Copas.