ACV

Las mil formas de dañarnos

Hay cigarrillos, pastillas, shampúes, drogas y programas de televisión que enseñan cómo anular la angustia y excluir el dolor: el placer se ha transformado en un bien de consumo. Los médicos discuten si aumentaron los Accidentes Cerebro Vasculares o si el avance tecnológico permitió un mayor diagnóstico de casos. Pero la enfermedad es la segunda causa de muerte en el mundo; provoca desde la pérdida de capacidades motoras y cognitivas hasta la muerte. ¿Cómo evitar un mal que nosotros mismos producimos? Las imágenes de la crónica fueron tomadas por un médico neurocirujano y buzo que encontró similitudes entre la flora marina y el cerebro o el sistema vascular.

Catalina Dowbley tiene veintiún años, veinte kilos de más y un departamento de dos ambientes con vista paradisíaca a un paredón gris con manchas de humedad, además de un trabajo que detesta. De lunes a viernes suena el despertador, sucumbe ante la religión de apagarlo y quedarse forzadamente dormida. La sensación se repite, no puede levantarse. Es parte de la rutina, un ritual autoimpuesto. Pasa seis horas dentro de una oficina llena de cajas de cartón y tierra, de teléfonos que suenan con insistencia y nadie parece escuchar. Estudia Letras y Periodismo, friega los pisos, cocina, hace magia para llegar a fin de mes. Al ritual de no poder levantarse lo sigue la velocidad de ir de un lado para otro, de estar en todos los lugares, y no estar en ninguno.
Veintiún años, veinte kilos de más. Lo que debe ser, lo que quiere ser y lo que es, derivan en una cosa: la frustración.
A las once de la mañana, va trabajar. Saluda sólo a los que le interesa. Un pecado en la oficina de un ministerio público en donde muchas personas ocupan sus vidas hablando de los demás.
Se sienta frente a la computadora. Piensa que quizá los flashes que se prenden y se apagan sobre sus ojos son culpa de la luz verde de la oficina. Respira profundo. Trata de nuevo. Intenta mirar la pantalla: no ve.
—Ale, no veo
—¿Qué te pasa, Negrita?
—No veo.
Ale sigue hablando del partido de Estudiantes no sabe con quién. Ella intenta tranquilizarse. Pero el cuerpo, la cabeza, no le responden.
Siente la tensión en el brazo derecho. Los músculos entumecidos. Las hormigas empiezan a caminarle por el abdomen, por las tetas, por la pierna. Suben a la cara. “Si se me paraliza la cara me muero”, piensa. Con hormigas, analfabeta, y la cabeza suspendida en el aire.
Todos opinan: ataque de pánico, histeria, la presión, el desayuno, el calor, el aire. En la desesperación ella sólo reconoce que no es pánico, no puede hablar. Con el dedo índice de su mano izquierda, la única que funciona, se golpea en la sien. Les quiere avisar a todos que no es pánico, que es neuronal. Nadie parece entenderla. Intenta escribir el teléfono de su madre en el anotador. A ver si alguien puede llamarla. Anota cuatro. Anota dos. Anota tres. Anota el siete y no puede anotar más. Le faltan cuatro números. ¿Cuáles? No se acuerda.
El médico llega y da su veredicto. Según él, no pasa nada.
En el hospital, al que llega por decisión propia, la dejan internada. Otro médico dicta sentencia: ACV. 

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Los médicos establecen patrones, “factores de riesgo”, que permiten homogeneizar los diagnósticos. Hipertensión, diabetes, cigarrillo, obesidad, malformaciones vasculares o el consumo de drogas: las causas directas de los ACV son múltiples. Sin embargo, hay una que es la protagonista en el repertorio médico, el factor social, el estrés.
En trenes, oficinas, negocios, almacenes, en una conversación con un taxista o en un avión, la palabra se repite. Funciona como paradigma médico y psicológico.

 

 

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En 1935, un fisiólogo y médico austrohúngaro definió la palabra. El estrés es un conjunto de reacciones fisiológicas no específicas frente a un agente nocivo de la naturaleza, que podía ser físico o químico.

La catecolamina se libera como una reacción ante un “peligro”, desequilibrando el sistema químico de nuestro cuerpo. Los latidos del corazón aumentan y con ellos la presión arterial.
Hoy, las acepciones del término se amplían. Hoy, el estrés se erige en una suerte de “abarca y devora” del reino de los sustantivos.
El disparador puede ser un evento específico o la simpleza de una situación que nos recuerda otra cosa. Algún trauma no resuelto, oportuna o inoportunamente enviado a ese universo infernal y maravilloso denominado “inconsciente”, irrumpe cuando creíamos tenerlo bien controlado o resuelto y entonces surge la combinación conflicto, peligro, hormonas.
Algunas corrientes psicológicas fueron más allá de la visión fisiológica de Selye y pensaron al concepto como una relación directa entre el reconocimiento de un peligro o amenaza y la capacidad que la persona supone que tiene o no para lidiar con ella. ¿Luchar o huir?
Si estrés fuese el punto de partida de un árbol genealógico, ansiedad, ira y depresión serían sus primas hermanas.
Algunos médicos lo resumen como “un estado de ansiedad generalizada”. La certeza es que el estrés es uno de los principales disparadores de los ACV.

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¿Se puede convivir con el dolor en una época en que la supuesta felicidad se vende en los kioscos? Objetos y productos con el placer garantizado, objetos que asegurarán el aterrizaje en un clink-caja. El placer como un bien de consumo.
Hay métodos, pastillas, programas de televisión aguardando que enseñan cómo descubrir la pólvora que encienda la felicidad dormida, cómo eliminar el dolor.
Si no alcanza hay más. Hay shampoos para erradicar complejos de inferioridad ante la melena irresistible de Marcela Klosterboer. Cremas que borrarán las huellas de la alegría, la tristeza y del paso del tiempo de la cara por el mismo precio. Cremas que aseguran orgasmos. Fotos de hamburguesas irresistibles hechas con basura que prometen cambiar la vida. Aperitivos para ser un dandy posmoderno. Cigarrillos, auriculares, sillas. Anestesia, rivotril, drogas y shampúes.

 

 

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Infinitas formas para anular y excluir el dolor, bajo el lema de progreso. No hay una autoridad que imponga que debemos vivir sin dolor o sin daño, hay teorías implícitas, miradas y patrones sociales que esperan que vivamos de una manera. Daño: condenar a alguien, dar sentencia contra él.
¿El problema es el daño o aprender a convivir con él?

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El despertador sonó entre las siete treinta y las ocho de la mañana en la habitación de Eduardo. La mañana del día veintisiete de un diciembre lejano y por demás húmedo, se despertó e intentó hablar. No pudo.
Intentó otra vez, pero no se escuchó nada. Desconcertado probó de nuevo. El resultado: silencio. Quería sentir el sonido de su voz, pero algo parecía interrumpir la conexión entre su cerebro y sus cuerdas vocales.
El dolor de su tercera separación todavía se hacía sentir. Vivía pendiente del trabajo. Conducía un programa de radio, era corresponsal de un diario de tirada nacional, fumaba cuarenta cigarrillos por día y cuando dormía soñaba con posibles entrevistados para el programa.
Esa mañana le pareció que una ducha sería la solución más cercana y eficaz. Pero no hubo caso, seguía sin poder hablar. La desesperación y la confusión aumentaron. Como en esas pesadillas en las que el protagonista quiere gritar y no puede. Cuando por fin se resignó al silencio escribió un mensaje, sería tan sólo el primero de otras tantas cosas que iría a decir sin sonido: no puedo hablar. La respuesta fue una pregunta “¿No te anda el celular?”. El siguiente mensaje fue urgente: “No. No puedo hablar”.
La secuencia del desconcierto siguió en la guardia del hospital Rossi de La Plata. Allí, un médico le dijo que tenía un problema en la garganta. Volvió a su casa. Veinticuatro horas en completo silencio hicieron que probara suerte en otro hospital. Pidió por un otorrinolaringólogo. La secuencia siguió en un tomógrafo. Y entonces llegó la sentencia: había tenido un ACV. 

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Los médicos discuten si lo que aumentó fueron los ACV o la cantidad de casos que se diagnostican por el avance tecnológico. Sin embargo, hay datos irrefutables: están en el podio, son la segunda causa de muerte en el mundo. Además quienes los padecen cuentan con un abanico de posibilidades, la rueda de la fortuna. El daño que un ACV puede ocasionar oscila entre la pérdida de capacidades motoras, cognitivas y en el 30% de los casos, la muerte.
Según el Ministerio de Salud de la Nación, en la Argentina cada cuatro minutos una persona es víctima de estas tres palabras: Accidente Cerebro Vascular. Hoy encabezan el índice de causantes de discapacidades en nuestro país y compiten con el infarto por ver cuál se queda con el podio de ser el primer causante de muertes en la Argentina.

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Hay cinco síntomas con los que cualquier persona llega a una guardia, que bastarán para que el gremio médico sospeche que son sinónimos de ACV.
Los ACV tienen signos bien específicos. Pueden manifestarse en la pérdida del habla (afasia), querer hablar y no poder, no poder pensar las palabras; este signo se relaciona con la falta de comprensión de lo que otros dicen. Otro síntoma es la incapacidad de mover alguna extremidad del cuerpo, brazos o piernas, aunque pueden ser ambas; el lado del cuerpo que esté imposibilitado será una suerte de GPS para los médicos que les proporcionará alguna pista sobre la parte del cerebro en donde se encuentra el inconveniente. También puede manifestarse en la pérdida de la visión.
Y hay un síntoma que es clave: el dolor de cabeza. No es un dolor de cabeza cualquiera, es el más grande dolor en la cabeza que alguien pueda experimentar. Los médicos caracterizan a este dolor con una ecuación de 10 sobre 10. El máximo de dolor posible.
Los estudios posteriores confirmarán o descartarán el primer diagnóstico. 

Catalina pensó en cómo habían sido los últimos meses, vio en retrospectiva su vida en modo borrachera crónica. La fisura: dormir en el baño abrazada al inodoro porque no podía levantarse. El vómito: alguien limpiando una cartera, su vestido preferido mojado, el pelo en la cara, la cabeza para abajo. Pensó en todas las veces que comió sin ganas, en las que la salsa de los chorizos a la pomarola le caía sobre la ropa. En las que tapó la angustia con harina. En todas las veces que tomó el vaso que iba a hacer que perdiera la conciencia. En todas las noches que cansada de las borracheras prendió un porro y su cerebro pareció estar suelto adentro de su cráneo rebotando, de un lado a otro, hacia atrás y hacia adelante. Rituales que se repetían como si llevara a cabo paso por paso, un manual de neuróticos autodestructivos.
Se veía como si hubiese apretado un botón que decía “eyectar” y el único destino posible fuera abandonarse a las profundidades de sí misma. Un lugar aburrido que recorría sólo poniendo parches, etiquetas, respuestas a mano.

 

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Habían pasado casi dos meses cuando llegó con los estudios completos al consultorio del médico. Todo ese tiempo tuvo una imagen que se repitió, física pura, sentía que había estado viajando en un auto que frenó de golpe. La sensación se repetía: inercia. Había dejado de fumar, iba al gimnasio y había encomendado su alimentación al reino de los vegetales.
Ese mediodía, él miró los estudios y dijo que el ACV estaba descartado, el nuevo diagnóstico era un pico de estrés. La solución al problema resultaba de una sencillez arrogante. Para el médico las cosas se solucionaban con facilidad, pronunció dos palabras:
-Calmate, nena
Ella le hizo una pregunta:
-¿Puedo fumar?
No le importó la respuesta. Salió del hospital, cruzó la calle corriendo y compró un atado de cigarrillos. Daño: Causar detrimento, perjuicio, menoscabo, dolor o molestia.
Desde ese día fuma más de veinte cigarrillos por día. No volvió al gimnasio, ni a la dictadura de las verduras.
Hace tres años que Catalina usa nuevos parches para explicarse lo que pasó. Cree conocer los pasos a seguir para que el episodio no se repita. Pero tiene una urgencia, dejar atrás ese recuerdo, la urgencia de los días. La culpa como otra forma de daño. 

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Para Eduardo hasta ese día un ACV “era una marca de remedios”. No podía entender lo que le había pasado. De estar mudo a un ACV había una distancia que no podía comprender. Los tres meses que pasó en completo silencio se preguntó cientos de veces por qué la vida era así de injusta.

 

 

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La única forma de contacto con el mundo exterior fueron mensajes escritos en un papel. Leyó, miró películas, trabajó con una fonoaudióloga. Casi no salió de su casa. El hombre, el periodista, el tipo que disfrutaba tres horas diarias hablándole al micrófono de una radio tuvo que aprender todo de nuevo. Las vocales, el abecedario, la combinación entre la M y la P, la combinación entre una vocal y una consonante. El poder de la palabra, su mayor acto de placer se había esfumado.
Algunos días vencía al miedo, rompía el aislamiento y salía a la calle con un anotador y una lapicera.

No me animaba a hablar. Una vez quería un sánguche y lo anoté en un papel. El kiosquero le dijo a otro tipo que yo era sordomudo.
Esa tarde Eduardo bajó la guardia y quiso una cosa: volver a encerrarse en su casa. Para poder salir a la calle sin miedo, estuvo un año en rehabilitación. Le costaba no tener un papel y un lápiz. Le costaba saber que en cualquier momento, frente al comentario de un desconocido, podía descubrirse llorando.
Un día se dijo a sí mismo que tenía dos caminos: quedarse encerrado en lo desgraciado del asunto, o aprender a convivir con esto. Tenía cuarenta y cinco años.
Ocho años después transforma el dolor de las marcas que el ACV dejó en su cuerpo en humor.
Algunas escenas cotidianas las tiene guionadas. Cada vez que sube a un taxi Eduardo puede anticiparse a la escena: indica el destino, el tachero lo espía por el espejo retrovisor y con un tinte de avivada argento arremete:
<—¿Vos no sos de acá, no?
Eduardo espera su turno:
—Sí, lo que pasa es que estuve viviendo los últimos diez años en Alemania.
Quince días antes de esa mañana de diciembre en que el estrés disparó el ACV, Eduardo tuvo el dolor de cabeza más grande de su vida. Fue al médico, le indicaron que se hiciera unos análisis. “Se colgó” en hacerse los estudios. Daño: maltratar o echar a perder algo.
Hoy todavía piensa qué hubiese pasado si se lo hubiera hecho en el tiempo previsto. Pero después de algunas citas aprendió que los potenciales no tienen sentido. 
—Por ahí salía con alguna mujer y empezaba la conversación diciendo “Yo antes no era así”.
La respuesta del otro lado era casi siempre la misma: no me importa, yo te conozco ahora.
—Ya no pienso las cosas a mediano o largo plazo. Eso me ha traído más de un inconveniente con las mujeres- otra carcajada.
Hay un lugar al que Eduardo, después del ACV, no pudo volver: la radio. Es su dolor más grande. Ya no vive sobre informado, no fuma cuarenta cigarrillos por día, no piensa todo el día en el laburo. Desde aquel diciembre generoso Eduardo se convirtió en un cultor del “carpe diem”. Ya no sueña con posibles entrevistados para el programa de radio. A veces, de noche lo invade el miedo. Sueña que el episodio se repite.

***

Deseo, dolor, estrés, daño. Las definiciones abundan y las preguntas se multiplican.
¿Luchar? ¿huir? ¿Convivir con el dolor? ¿El problema es lo que nos pasa o lo que hacemos con eso? ¿Se trata de convivir con el daño o con nosotros mismos?
Freud planteó que si venimos de un estado previo, definido como inorgánico, todo lo que hagamos en nuestras vidas tiene como fin volver a ese estado. Que, de alguna manera, hacemos cosas para acercarnos a la muerte. Muchos pensaron que estaba loco. 

Ilustración: Aldo Galante

Cuando cumplió seis años, Aldo Galante descubrió sus dos pasiones, la medicina y el buceo. Supo convivir con ellas a lo largo de cuatro décadas: se recibió como Cirujano Vascular en la Universidad de Buenos Aires, ejerce su profesión en hospitales públicos y privados y, en cada viaje que realiza, se sumerge en el mar para observar la vida subacuática.