Popeye libre

Monólogo de un sicario

John Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye, el sicario estrella y lugarteniente fiel de Pablo Escobar, salió en libertad condicional después de 23 años. Hace pocos meses el periodista colombiano Andrés Montoya lo entrevistó en la cárcel. En este texto, se reconstruye la voz vertiginosa de un hombre orgulloso de su pasado y rencoroso con los enemigos, que confesó haber matado a más de 200 y participado de otros 3 mil asesinatos.

I

 

Un sicario profesional es un hombre que no mata por placer, es un hombre que es di–sci–pli–na–do. Un asesino profesional es una persona que no es viciosa y que lleva buenos hábitos de vida, que se hace parte del paisaje. El asesino malo cierra los ojos y vacía el revólver. El sicario profesional inicia con un revólver y la pistola es para la salida por si tiene un encuentro con los escoltas del objetivo o con las autoridades y mira lo que está haciendo. Y siempre mira de frente.

 

Soy John Jairo Velásquez Vásquez, Popeye, y pertenecí al Cartel de Medellín como mano derecha de Pablo Emilio Escobar Gaviria. Me acuerdo como si fuera hoy cuando lo conocí porque era una figura impresionante. Sentí un impacto brutal. En el buen sentido de la palabra, Pablo Escobar me generó un amor absoluto. Me inspiró una admiración endiosada. Todavía siento un amor profundo por él.

 

En esa época fue mi primer muerto, yo tenía 17 o 18 años de edad. Fue un despachador de buses que había atropellado a la mamá de un muchacho, la dejó tirada y ella se murió. Después el muchacho consiguió plata y se hizo socio de Pablo Escobar y me encargaron el trabajo a mí. Lo ejecuté en Envigado.

 

Escalo hasta convertirme en jefe de sicarios porque yo había estado en la escuela de oficiales de la Policía Nacional. Tenía ¡e–du–ca–ción! Escalo por disciplina, porque cuando conozco a Pablo Escobar yo no iba ni adonde la novia ni tomaba trago. Yo era avezado. Todo el mundo dice que Pablo Escobar era el Cartel de Medellín, ¡no! Pablo Escobar era la cabeza, era más inteligente y más guapo que todos y nos enseñó a trabajar. Pero los que creamos la locura del Cartel de Medellín fuimos nosotros que trabajamos en Bogotá, en el exterior, en Medellín y en Cali.

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Con mis propias maté alrededor de 200 personas y tengo que ver en la muerte de 3.000. En la guerra todos tenemos que asumir la responsabilidad de todos los muertos. Porque hay algo que se llama concierto para delinquir y muchos nos asociamos para todas estas muertes, porque así uno no participara en una bomba, uno movió la dinamita o llevó el dinero para que colocaran la bomba.

 

Me gradué como bandido con el primer gran trabajo que me encargó Pablo Escobar: el secuestro de Andrés Pastrana en 1988. En la época fue el operativo más grande del mundo porque puse a Bogotá bajo el operativo de “los Extraditables”. Su papá, Misael Pastrana Borrero, había sido presidente de la República, entonces, si nos llevábamos al delfín más importante, el Presidente quedaba agarrado del cuello y tendría que negociar con Pablo. Yo hice el plan y nos metimos a la sede de él y lo sacamos de ahí. Yo tenía un helicóptero del Cartel de Medellín. Fue un plan perfecto, no tuve la caída de ninguno de mis hombres. Lo llevamos a Medellín y lo tuvimos guardado en El Retiro, Antioquia.

 

Una vez sí me abstuve de hacer un trabajo. Íbamos a matar a un obispo en Medellín y me abstuve. Es que soy creyente. Y a la sangre de los curas hay que tenerle miedo. Claro que Dios existe. Yo soy la prueba.

 

Cuando andaba al lado de Pablo Escobar nadie sentía miedo, ¡él nos manejaba el miedo a nosotros! Esa aureola de Pablo nos dio una falsa idea de que éramos dioses. Pero cuando ya acabaron con nosotros, cuando vi a mi líder en una ataúd, pudriéndose, me di cuenta que no éramos ningunos dioses, que éramos simplemente unos bandidos y unos criminales.

 

II

 

¡Eso fue una guerra la verraca! Pablo Emilio Escobar Gaviria y el Cartel de Medellín no se levantaron un día y dijeron: “Vamos a matar policías porque ahí hay mucha plata”, no, no. Resulta que cuando se armó la guerra contra el Cartel de Cali, la Policía Nacional, dirigida por los hermanos Rodríguez Orejuela, se unió a la guerra, pero no como institución, no, tomaron partido y comenzaron a matar jóvenes en las esquinas de Medellín. Porque creían que todos los jóvenes eran sicarios de Pablo, pero no, ¡los sicarios estaban en las caletas con los fusiles, esperando el momento para actuar! En una semana mataban hasta 150 jóvenes. En esa época se creó el Cuerpo Élite de la Policía y ellos nos mandaban razones a nosotros: “Díganle al hijueputa de Pablo, a “Popeye”, al “Mugre”, al “Arete” y al “Chopo” que salgan”. Y “el Patrón” dijo: “Salgámosle”. “El Patrón” abrió todas las caletas de armas y las regamos por los barrios y les salimos. En la primera noche matamos siete policías y con la primera bomba les matamos 17. Eso fue una locura. Matamos 540 policías, herimos 800 y 1.000 desertaron de la institución.

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Después de que Jorge Luis Ochoa Vásquez regresa de España, después de haber estado detenido, él le trajo un regalo a Pablo Escobar a finales del 86: que es “Miguelito”, un terrorista de la ETA. En Colombia no estaba la técnica de carro bomba a control remoto. ¡Ese día se partió en dos la historia de Colombia! Todos aprendimos a manejar los carros bomba, a hacerlos. Y cuando le colocan la bomba en 1988 al edificio Mónaco, que la colocan los hermanos Rodríguez Orejuela y Pacho Herrera, “el Patrón” empezó a despachar bombas para todas partes: a droguerías La Rebaja, a un hotel en Cartagena, al periódico Vanguardia Liberal, al Cuerpo Élite de la Policía Nacional. Se cree que son 240 bombas.

 

En prisión me he encontrado con gente del Cuerpo Élite y me han comentado que cuando iban en los camiones de la policía, con los fusiles, y cuando veían un carro estacionado hacían mucha fuerza, eso los iba desgastando. Se la pasaban tomando Lomotil para la diarrea. Pero nosotros perdimos la guerra, la policía no. A nosotros nos mataron más de 2.000 asesinos y murieron las cabezas: Pablo Escobar, Gustavo Gaviria, “el Mejicano”, “Chopo”, “Tyson”, “Pinina”.

 

El atentado al avión de Avianca en 1989 fue un golpe de mano brutal del Cartel de Medellín. Se hizo para ejecutar a César Gaviria Trujillo, porque después de la muerte de Luis Carlos Galán, él enarboló las banderas otra vez contra la mafia y empezó a hablar de extradición. Se da para ejecutarlo a él. La gente viajaba por los aires creyendo que estaban a salvo y cuando cayó el avión el país se desencajó. Porque es que el terrorismo tiene eso: ahí murieron 117 personas, pero atemorizó a 38 millones de habitantes.

 

Los misiles Stinger eran el sueño de Pablo Emilio Escobar Gaviria. “El Patrón” logró conseguir una parte de los misiles, pero no consiguió las ojivas. Nosotros fuimos a Miami a buscarlos con traficantes de armas. ¿Y dónde se consiguen los Stinger?, pues hay que ir donde los norteamericanos han estado en guerra, porque ellos los dejan ahí. En esa época valían 250.000 dólares. Los buscamos en El Salvador pero no pudimos encontrarlos. Se logró conseguir la mitad y los encontraron en una caleta en Medellín y eso se quedó súper callado. Cinco aviones. Cinco aviones pensaba volar Pablo Escobar al mismo tiempo. Cuadrar un bandido en el aeropuerto de Cúcuta, otro en El Dorado, a la misma hora, y soltarles cinco coheticos de éstos.

 

III

 

Un día tuve la oportunidad y me le acerqué a Pablo Escobar y le dije: “Patrón, yo me voy”, y él me dijo: “Pero, Pope, lo matan en la cárcel”, pero yo le dije: “No, señor, yo me voy”. Y me vine. Me despedí de él y le di un abrazo, nos miramos a los ojos. Yo salí de la caleta y luego salió él, en un Renault 4. Y cuando lo mataron sentí mucha tristeza, me lloraba el alma, me sentí un cobarde por haberlo dejado solo. Ese día sí sentí miedo. Sentí miedo porque estaba solo. Y porque estaba preso. Yo regresé a prisión porque me había enamorado de una reina de Medellín, la madre de mi único hijo. Y el amor fue más fuerte que la violencia.

 

Cuando lo matan en ese tejado la fiesta se prendió en Colombia. Se acabó la champaña Dom Pérignon, el whisky 18 años, las orquestas se acabaron. Miguel Rodríguez Orejuela, que es un hombre bien puesto, se bañaba en champaña y se daba palmadas en la cara, se tiraba al suelo. Y después yo vi a los Rodríguez Orejuela pasar por acá en la cárcel, acabados. Yo sé que yo me voy a morir, pero al menos me muero libre. Pero los Rodríguez Orejuela van a morir como unos perros en una cárcel de Estados Unidos.

 

Tengo muchas ganas de ingresar a la sociedad de nuevo. No espero que la sociedad me acepte en forma grande porque nuestro problema fue muy delicado, y Colombia no olvida lo de Pablo Escobar, no olvida lo que hicimos nosotros. Pero estoy preparado para volver a la sociedad. Si alguien me choca mi carrito yo no lo voy a matar porque sé que el señor tiene familia. Vamos a llamar a las autoridades correspondientes para seguir unas reglas. Yo me encontré unas armas más grandes que la ametralladora MP5 y que el fusil AR – 15 y es la ley. Yo me di cuenta que la ley también opera a mi favor. Y cuando yo tengo un problema aquí con un guardia no necesito irme a las manos con él. Sino que yo llamo a la Procuraduría y ellos vienen y dirimen si el señor dragoneante tiene la razón o si la tiene el niño Popeye.

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Si hay ese posconflicto y el Estado me da la seguridad, me gustaría participar yendo a los colegios a trabajar con niños de doce a quince años. Hablarles de mi experiencia e inculcarles las cosas pequeñas cosas de la vida. Y desmontar ese mito del dinero fácil y la delincuencia. Y montarlos en la adrenalina verdadera, ¿les gustan las armas?, ¿les gusta la sangre?, pues cojan la Constitución en la mano e ingresen a las fuerzas militares.

 

Los mejicanos no se quieren mirar en el espejo de nosotros. Allá ha habido capos de capos, pero no más fuertes que Pablo Escobar. Ya cayó el “Señor de los Cielos”, Arturo Beltrán Leyva, todos. El fin de la mafia mejicana es que van a ser exterminados. Pero todo hay que decirlo: la policía que nosotros enfrentamos en los años noventa es muy diferente a la de ahora. La policía de ahora es profesional. Para enfrentar a esta policía se necesita otra clase de bandidos. Los bandidos de ahora no pueden con la policía que hay en Colombia. Tienen que cambiar su modus operandi, tienen que alejarse de los medios de comunicación, si quieren sobrevivir tienen que regresar al correo humano y regresar a las citas personales. La guerra está totalmente perdida. Colombia sigue colocando los muertos y Estados Unidos ya empezó a legalizar la marihuana en algunos Estados.

 

Ahorita mis mayores enemigos son la familia Ochoa, el hijo de Pablo Escobar y la hermana de él. Son mis detractores y pujan por mi muerte. Ellos se la dan ahora de víctimas de Pablo, pero no, ¡el hijo de Pablo Escobar es un bandido! Ahora sale a hablar de paz y parece un Gandhi gordo, pero es un bandido.

 

Es maluco echarse flores uno mismo pero soy el campeón de campeones porque anduve con el mejor de los mejores. A nosotros nos persiguieron los israelitas, los ingleses y los norteamericanos, y estábamos bajo el avión plataforma. Yo soy experto en esconderme, pero si quiero reingresar a la sociedad no puedo esconderme. No puedo andar como si fuera un bandido, tengo que ensayar, y el día que vea un peligro pues recurro a las autoridades.

 

Es lo mismo morir en una lluvia de balas que de viejo. Nunca he pensado en la muerte mía. Pero me gustaría que fuera de un infarto o que estuviera con una sardina bien linda chupando trompa, o haciendo el amor. Y si es a bala, pues que a bala sea.

 

En este momento rompí una relación sentimental con una chica. Llevo cinco años sin tocar una mujer porque no me gustan las prostitutas. Porque cuido mi cuerpo, usted me ve mal de latas, pero de motor estoy muy bien. Quiero caminar por una calle, quiero ir a un cine en tercera dimensión que no sé cómo es, quiero disfrutar las cosas pequeñas de la vida, que son las que dan la felicidad. He leído bastante, me gusta la literatura, me gusta escribir. No soy escritor, pero sí sé escribir. Escribo en modo, tiempo y lugar. Y sé llevar la idea y sé llevar la historia.

 

Duermo nueve horas, no conozco lo que es el cigarrillo, no uso drogas, no tomo pastillas para dormir, no tomo tranquilizantes, café no tomo. No tengo pesadillas. Aquí camino todos los días, hago lazo, salto, tengo el cardio bien. Y ríase, presión arterial: 100/60. Yo ya estoy curado de espantos y demonios.

 

Mi hijo vive en Estados Unidos, la mamá se lo llevó. Tiene 18 años de edad y tiene un proyecto de vida allá. Yo lo llamo por teléfono, he querido que me visite. Tengo el amor de él porque eso a uno no se le quita nadie. Es un buen ser humano. Yo lucho aquí y él lucha afuera y cuando salga nos vamos a encontrar.

 

Después de tanto tiempo aquí aprendí el valor de las cosas pequeñas. Lo que es un vaso de leche helada, una manzana, un helado. Tener el control de la luz porque aquí ni eso. He recibido todo el tratamiento sicológico del penal. Pero que quede claro: yo, John Jairo Velásquez Vásquez, estoy preparado para ser el delincuente más peligroso de este país si lo quisiera ser. Pero ya estoy retirado del crimen.

Por: Andrés Montoya

No se le daban los deportes ni las ciencias: patadura en los potreros de Medellín y un poco indiferente ante las ecuaciones que le proponían las matemáticas y la física. En esa misma escuela estudiaba un niño de apellido Escobar: el hijo de Pablo Emilio Escobar Gaviria.