GonzálezFreudenthal

Por Rodrigo Trujillo y Nerea Ravea*

 

Ruido. Gente. Mucho ruido y mucha gente. Y comida, niños, carteles de colores y stands. Con ese paisaje, podría venirse a la mente el nombre de cualquiera de los shoppings de Capital Federal. Pero no; resulta que esta imagen es la de la 40ª Feria del Libro. Y, en medio de esa vorágine de venta indiscriminada a cualquiera, de cualquier libro y por cualquier razón, me encuentro buscando el lugar de Anfibia. Y, al verlo, no me defrauda.

Un pequeño lugar, un rincón alejado de las cajas registradoras; mesa ratona y tablones con tres sillones que serán suficientes para contener a la audiencia de la charla de ese día.

La mayoría de los presentes que espera la charla entrela narradora Betina González y el biólogo Ramiro Freudenthal, autores de «El olvido de los cangrejos» parece ser de ciencias sociales. Jóvenes, con muchas ganas y entusiasmo por aprender, característica de los recién recibidos.

Algún grito del salón, algún eventual problema de sonido. Apenas se notan; cuando el debate empieza, el stand blanco de Anfibia se convierte en un lugar aislado y atrapante.

¿El tema a discutir? A primeras, podríamos pensar que van a contar los desafíos que tuvieron dos personas que poseen saberes muy distintos en llegar a un acuerdo y escribir durante tres meses una historia que genere interés en un público masivo. No parece difícil, pero cuando se hace notar que su crónica es sobre la modificación de ciertas moléculas de determinadas neuronas de una especie endógena de crustáceos, atraer a un lector que no sea de la rama de la biología o, al menos de ciencias, luce algo más complejo.

Pero ahí es cuando deja ser una fórmula general y es necesario ser específicos. Ella, Betina González y él, Ramiro Freudenthal, son específicos. El entrevistador les da pie para que cuenten su historia y se explayen sobre una de las claves de lectura de su trabajo: la memoria. Narrar el recuerdo. Un tema del imaginario popular, misterioso y difícil de explicar. Ahí está el “gancho” para el lector indeciso: con esa simple palabra pueden acercarlo a este exquisito texto. Los problemas de este proyecto científico-literario son tácitos y otros saltan a la vista. ¿Cómo se puede unir esos dos mundos que parecen (pero no son) mutuamente excluyentes? ¿Cómo se amalgaman un paper y una novela?

«Primero pedí que Ramiro escribiera todo con palabras técnicas» cuenta la autora, sonriendo. «La ciencia no admite imaginación», concuerdan. La biología tiene un lenguaje exacto y específico y una estructura rígida. Y es que se puede pensar en ciencia y ser creativo, pero no es para cualquiera ponerlo en palabra escrita. La iniciativa de Anfibia es valiosa ante todo porque no existen recopilaciones de ensayos científicos para un público no científico. “Existen sitios web pero casi todos son en inglés» reconoce Freudenthal.

El hecho de conocer molecularmente cómo se afectan los patrones de comportamiento de los cangrejos ante determinados estímulos puede no sonar como un gran hito a nivel de hallazgo científico. ¿Quiere decir esto que no se hacen hoy en día descubrimientos tan importantes como hace 50, 100, 200 años? No. Probablemente signifique que la tecnología permite cambios diarios, pero casi imperceptibles. Hoy más que nunca se puede citar la famosa frase célebre del primer alunizaje: «un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad».

La pregunta es: si se descubre cómo matar el 8% de las células tumorales de la cola de un ratón, ¿cómo se traduce eso al público sin caer en el facilismo de un titular sensacionalista como «descubren la cura del cáncer»? Puede parecer exagerado, pero invito a que hagan el siguiente juego: traten de encontrar una noticia de divulgación científica que haya logrado llegar a las páginas de algún periódico típico en español, en el que no se diga explicita o implícitamente que la vida tal cual la conocemos va a cambiar a raíz de las conclusiones de esa investigación. Van a necesitar mucha suerte.

Y la repregunta lógica que surge: si es que se puede lograr cierto grado suficiente pero no superfluo de exactitud, ¿cómo se continúa cautivando y despertando interés en el lector? González nos cuenta que no fue tarea fácil. Para contar estos sucesos desde otra perspectiva, primero tuvo que entender y conocer muy bien sobre lo que iba a escribir. Y también tuvo que derribar algunos preconceptos. Luego, sí, pasó tardes junto al biólogo cuestionando, aclarando y reinterpretando conceptos hilvanados por una narración para que hoy uno, como lector, logre interesarse, reflexionar y preguntarse sobre un tema que, a priori, parecía lejano.

«Muchas veces uno imagina a un científico con guardapolvo y encerrado en un laboratorio con un microscopio», admite Betina. «Y aunque a veces eso es cierto, en la mayoría de las ocasiones, hay que hacer un extenso trabajo de campo. Hacer descubrimientos es ser muy metódico, todos los días hay que continuar trabajando para ver qué aspecto novedoso se puede alcanzar.» Como la escritora reconoce, el trabajo de un biólogo y una cronista ya no parece ser tan disímil.

Hay más preguntas. «¿Y quién ganó de los dos?» dijo una de las convocadas, cayendo tal vez por simplicidad en inocencia. Betina y Ramiro se miran y sonríen como dos compañeros de escuela que terminan de hacer una travesura. «Los dos» contesta ella.

 

 

Rodrigo Trujillo estudiante de Medicina en la UBA. Nerea Ravea es egresada de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. Ambos participaron en el sexto Encuentro Anfibio con lectores.

.