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Fotos: Tomás Pérez Vizzón desde Río de Janeiro

 

—Si lo hacemos, se lo gritamos en la cara —me dice el cordobés, desde la otra mesa.

 

— Pero vamos los tres porque es grandote.

 

Yo le digo que sí, qué le voy a decir, y me doy vuelta y en la esquina de la barra veo al patovica brasilero que desde hace media hora no para de gritar cada vez que Suiza agarra la pelota, cada vez que le pegan a Messi. Cada vez, él grita. Y cada vez, se oye el susurro del cordobés que ya no lo soporta:

 

—Brasilero culiado.

 

No sé el nombre del cordobés, no lo sabré nunca porque acá en San Pablo, en Brasil durante el Mundial, uno habla con otro que tiene una remera de los mismos colores como si hubiera ido al mismo colegio, aunque no tenga idea la edad, de qué trabaja, si está de acuerdo con la baja de la edad de imputabilidad.

 

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Estamos en una especie de bar que de afuera parece una verdulería porque tiene bananas, naranjas y frutas colgadas del techo. Una especie de bar que cuando uno entra parece un kiosco porque tiene heladeras con gaseosas y una tarima con golosinas y un hombre detrás de la tarina. Una especie de bar porque atrás hay una barra con taburetes y cinco mesas y un televisor 32 pulgadas marca Buster, que en la esquina derecha tiene una publicidad de cerveza, un papel naranja con la foto de una rubia que sonríe: en algún momento del segundo tiempo me preguntaré por qué estoy viendo el partido en un televisor de marca Buster.

 

Es una pregunta estúpida, hasta hoy no conocía la marca Buster, pero alrededor de los treinta y cinco del segundo, más o menos, me la voy a hacer. La respuesta no es breve. Empieza el domingo a la tarde en el gimnasio Do Ibirapuera entrevistando revendedores, viendo cuál es el precio de las entradas, sintiendo el temor de quienes creen que van a pagar por un ticket falso. Sigue el lunes, durante todo el día, contactando periodistas brasileros amigos, con la gente de Mídia Ninja hablando con revendedores: por ticket, dos mil reales (unos mil dólares). Era mucho. Incluso, en un momento, se me ocurrió pedirle al corresponsal francés de Le Monde Diplomatique que me prestara su credencial. Se la pedí pero el journaliste, amable, me dijo que tenía que hacer una nota para su medio. Me aconsejó ir un rato antes a la cancha, el Arena Corinthians. Seguí el consejo. Tomé el metro línea Vermelha, bajé en Itaquera, me mezclé con la horda fanática. Una entrada por mil quinientos dólares. Seguí caminando, mirando al piso cada vez que venía un policía hasta llegar a un lugar en donde me dí cuenta de que sin tickets estar ahí no tenía sentido.

 

Pensé que podría hacer una nota sobre cómo se vivía el partido en el Fan Fest de Anhangabau. Según lo que me habían contado, un lugar donde la FIFA pone una gran pantalla y vende cerveza y comida y hay fiesta. No lo supe. Apenas llegué a la primera puerta me encontré con varios compatriotas. Un policía impertérrito les decía que fueran por la otra entrada. Fuimos por la otra entrada y un policía tan impertérrito como el anterior (o aún más) dijo que volviéramos a la primera entrada. Concluí, me iba a perder todo el partido dando vueltas de un lado al otro. Sobre todo porque detrás de los policías impertérritos había muchos más, con cascos, escudos y palos.

 

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Así, seguí a uno con la remera de la selección (no supe si estaba de acuerdo con la baja de la edad de imputabilidad) hasta el bar del principio. Me senté en la barra, pedí un jugo y lo fui tomando despacio. Cuando se me terminó, (Argentina seguía sin jugar a nada) estaba incómodo en el taburete, así que me senté en la mesa de los cordobeses. El patovica brasilero ocupó mi lugar.

 

—No podemos sufrir siempre —dice el cordobés y se oyen atrás las risas del otro que, parece, se olvidó rápido de los penales contra Chile.

 

Y así, de a poco, uno burlándose, el otro engranando, la bronca entre los dos crece. En un momento se me ocurre que más allá de cualquier contemplación futbolística, si Suiza llega a hacer un gol esto se pudre en serio. Pero no. A los 117, Di María y el gol que hace que me olvide del patovica brasilero, de los dos cordobeses, del bar de mala muerte y del televisor Buster en el que estoy viendo el partido, aunque cuando me doy vuelta en medio de la euforia veo al patova brasilero tapándose los ojos con la mano, intentando detener la saliva del cordobés que desenfrenado le grita el gol a unos diez centímetros de la cara.

 

Nos abrazamos, los cordobeses y yo, saltamos abrazados y el brasilero dice algo. Se ríe divertido aunque cuando volvemos a mirar ya no está en su taburete. Unos minutos más tarde, quizás por lo de Brasil decime qué se siente, o los golpes desencajados en las mesas, viene un policía de pechera amarillo flúo y uniforme gris impertérrito. Pero no hay problema porque nosotros ya estamos, tranquilos, disfrutando la victoria como un caramelo ácido, de esos que tardan un rato largo en disolverse adentro de la boca.