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Por Facundo Roldán (Comunidad Anfibia)

Fotos: Abby Viale

 

Apenas entré al salón (una antigua usina refaccionada) Gisela Faure y Sebastian Verea ya estaban en escena operando desde sus paneles de control con sendos escritorios ubicados en los laterales.

 

Faure, nacida en Entre Ríos, es considerada una de las realizadoras visuales más personales de la escena Argentina. Hace más de diez años empezó a experimentar en el área de la animación y la ilustración aplicándolas al campo musical. Hoy en día lleva sus ideas gráficas a la dirección de videos clips para bandas nacionales e internacionales a la vez que colabora en direcciones de arte para publicidad.

 

Verea es compositor y productor. Produce música para teatro, danza, cine y TV, instalaciones interactivas, e investiga nuevas tecnologías aplicadas al arte sonoro y escénico en el área de Artes Sonoras del Instituto Mauricio Kagel de la Universidad Nacional de San Martín. También colaboró como compositor para diferentes productoras locales e internacionales de contenido para publicidad y TV.

 

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En el Yellow Lounge, Faure proyectó imágenes que bailaban sobre tules translúcidos y él soltaba al aire retazos de melodías líricas con bases electrónicas. Colgando del techo sobre la mitad del salón una estructura circular metálica sostenía la iluminación diseñada por Patricio y parecía una pista donde los artistas hacían girar sus producciones como trompos en el patio de la escuela, aunque no se disputaban el espacio sino que se complementaban.

 

Los sonidos de Verea dieron paso a las interpretaciones del variado repertorio que los Petrus, Luis y Avital habían preparado. Esas composiciones forman parte del tercer CD de la carrera del mandolinista, editado por Deutsche Grammophon. En palabras de Avital, dicho álbum es un paseo por los compositores del siglo XX que introdujeron los sonidos y el espíritu de las tradiciones folklóricas en el arte “clásico”, pasando por Béla Bartók, Manuel de Falla, Astor Piazzolla entre otros. En ese viaje eligió como acompañante al mandolín por ser un instrumento musical camaleónico y a la vez un viajero experimentado, pudiendo sonar junto a una banda klezmer o junto a una ensamble de cámara.

 

Cabe aclarar que mis ojos/oídos fueron criados entre malambos y tangos, lo que aumentaba mi intriga por saber cómo sonaría en vivo La Música Clásica. Algunas de estas dudas se disiparon cuando en uno de los primeros temas Avital hizo que el mandolín soltara una carcajada muy parecida a la voz de un charango. Casi inmediatamente los arcos de las demás cuerdas soltaron un galope que recordaba a un malón surcando la llanura. Si bien me sentía en territorio más conocido, mis manos no se animaban a palmear así que le encargaron a mis pies que suplieran su tarea celebrando el ritmo.

 

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Faure nunca dejó de actuar y al promediar la primera parte del espectáculo puso a jugar imágenes realistas. Constelaciones de luciérnagas y capullos de flores abrían sus alas libre y fugazmente imitando a la música del sexteto.

 

Las pocas veces que Avital hizo uso de su voz fueron para presentar los nombres y autores de las distintas obras ejecutadas. Cuando fue el turno de una música tradicional búlgara se explayó con una anécdota. Luego de actuar en un festival de world music (esa vasta categoría que engloba las músicas de raíz de todo el mundo y sus articulaciones con géneros contemporáneos) él y sus colegas se hallaban en la que, a su entender, es la mejor parte de esos eventos: el brindis posterior donde comparten experiencias. Fue entonces que un viejo acordeonista, canosos y barbudo, puso a andar una melodía que lo cautivó. Avi no dudó en transformar la licorería en aula improvisada para enseñarle a su mandolín una de las más bellas melodías de su repertorio.

 

Mientras, Faure no dejaba de jugar con la naturaleza y su colorido asombroso. Sobre la pared a espaldas de los músicos y en los tules sobre la cabeza de los mismos, desfilaban medusas y peces tropicales que parecían arrojarse de cabeza hacia el interior del mandolín, intentando ansiosos descubrir qué más había en ese mundo imaginario lleno de ilusiones coloridas.

 

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En el intervalo Verea volvió a pedir un lugarcito en nuestros ojos/oídos para que sus sonidos bailaran y volaran ayudados por un par de alas mitad azul y mitad magenta que Faure deslizaba en las superficies.

 

Aproveché para recorrer el espacio y descubrir que en las primeras filas no estaban sentados en el piso como me había parecido: disfrutaban de almohadones y alfombras de divertidos colores. Detrás de ellos había mesas y sillas para quienes quisieron vivirlo como en un café concert. Más atrás y en el resto del espacio estábamos los que curioseábamos de pie.

 

A los pocos minutos regresaron los músicos con el concierto para violín en La menor de Bach (arreglado pertinentemente para el mandolín de Avi), al tiempo que la VJ dejó salir a retozar auroras boreales sobre la cabeza de los intérpretes. Durante el segundo y el tercer  movimiento, la inmensidad del cielo proyectado por Faure sirvió de campo virtual para que rebaños de nubes corretearan, como habiendo decidido que lo mejor era no formar una tormenta. Todo lo contrario a lo que sucedía afuera, en el mundo real, donde la noche porteña era agitada por la sudestada. El público no se preocupó por eso y ayudó con su silencio a que el clima de ensueño no se rasgara.

 

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Solo en un momento se permitieron una expresión de alegría al unísono, como si la mayor curva de una montaña rusa les hiciera cosquillas incontenibles en la panza: fue cuando Avi anunció que nuestros oídos verían la “fuga y misterio” nacida del bandoneón de Piazzolla. Los ojos por su parte seguían escuchando el calmo claro de un bosque habitado por unas aureolas tornasoladas.

 

Para finalizar el rector de la UNSAM, Carlos Ruta, distinguió a Avi con el título de Maestro Honorario. Luego, los músicos nos convidaron más música, en este caso de Vivaldi. Casi al mismo tiempo, unas nubes de espeso humo naranja se alzaron entre las luciérnagas flanqueadas por azarosos garabatos que recordaban las destrezas con cinta de una gimnasta artística. Todas estas imágenes parecieron fugarse misteriosamente a los techos del salón al ser sorprendidas por el estallido de los aplausos que celebraban la apoteosis. Del mismo modo, nos dispersamos los asistentes en la noche porteña despreocupados por la lluvia que nos empapaba: íbamos empapados de buenas y bellas artes.