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Existen los carnívoros y los herbívoros. Después están los que se alimentan con palabras, conjetura el escritor Manuel Rivas en su libro “Las voces bajas”.  La última especie, nos dice, es la que abunda en su familia. Rivas no habla de escritores ni de lectores convencionales: traza una poética cotidiana donde la literatura es una boca excéntrica, con lenguajes particulares para cada escucha: “Su movimiento interior es el de la danza en la que los cuerpos se contraen y extienden, al tiempo que giran”.

Esa “boca de la literatura” aparece en su madre – una lechera, costurera, pastora y cocinera-, que se emociona recitando sola en la cocina y vive tragedias cuando mata animales para el guiso. Y también en la su padre, un albañil saxofonista, quien apaga las luces para ganarle una guerra íntima a la empresa de energía. Un padre sensible que ve la pasión por el fútbol como una derrota de la humanidad.

“Las voces bajas” son memorias de iniciación; las del Rivas como escritor. Obedecen más a un llamado poético que a la necesidad de engarzar una autobiografía conveniente. No hay un orden cronológico que responda a grados de formación ni a avances concisos para un saber lineal de su vida: el eje son los las notas sentimentales, pueblerinas, en La Coruña.

El cimiento de la figura de autor está en los relatos escuchados en la voz de un peluquero lleno de anécdotas, de un lector solitario en la montaña, o en la capacidad de observar la capacidad de las pastoras para apilar cien plantas de lechuga sobre sus cabezas. Esos susurros, confesiones rescatadas, son las “voces bajas” de Rivas. Iluminaciones más cercanas a la formación de un modo de ver que a la estética académica del saber.

La humildad y la casi pobreza no aparecen como una carencia sino como la posibilidad de explotar la imaginación (Rivas agradece la austeridad vivida en su infancia como una posibilidad de superación). En su familia trabajadora no había una desesperación por el progreso tal como la entiende el mundo occidental: el padre anhelaba que siguiera sus pasos de albañil y la madre se conformaba con que el hijo tuviera un trabajo “donde no se mojara”.

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La percepción puesta en palabras

La percepción poética del mundo empieza a narrarse, ahora sí con letras, en su primer acercamiento al periodismo como pasante en el diario Ideal de Galicia. Tenía 15 años.

“Quería ser escritor, pero ¿qué oficio era ese? La mayoría de los escritores que admiraba se habían ganado la vida como periodistas”, dice Rivas. Se había presentado en la redacción del diario con un manojo de poesías. Y conmovió a su director:

-Quédese unos días por aquí. ¡A ver qué hace!

Rivas vivió una infancia de franquismo en el poder: se acostumbró a la educación dura, donde el castigo físico en la escuela y la “Formación del Espíritu Nacional” eran corrientes. Después, en la adolescencia, va a la primera secundaria mixta de la zona, visitada a veces por “alumnos de colegios privados y religiosos para ver el espectáculo de salir juntos de las aulas chicos y chicas”.

En todas las épocas del libro, María, su hermana un año mayor, es un interlineado amoroso que lo acompaña en la pasión literaria y en la fuerza por imponerse al estudio en una familia sin ánimos intelectuales.

 

Arriesgarlo todo

Se sabe que Rivas escribe primero en gallego y después se traduce él mismo al castellano. Publicó varios libros, ganó muchos premios y escritores como Günter Grass y John Berger expresaron públicamente la admiración que sintieron al leer sus obras. Como poeta fue cofundador en los 70 del grupo artístico Loia y publicó sus primeros versos en la revista homónima. También se dedica al periodismo y colabora semanalmente con el diario El País. Quizá conociendo parte de su biografía y su obra se pueda apreciar más la lectura de “Las voces bajas”: ver en el fruto la madurez de alguna semilla. También puede encontrarse otra forma, quizá universal, de apreciación: la búsqueda de aquel que está dispuesto a arriesgar todo por una forma de ver el mundo, por una llave para encontrarse con la voz que dicta las palabras al escritor.

“Las voces bajas” mezcla texto con imágenes que ilustran lo dicho y por momentos disparan la tensión a otras formas. El lector se puede preguntar “¿qué quiere decir con estos hombres en bicicleta?¿Y estas mujeres frente al mar?”. Entonces la experiencia es un libro de la vida –como esos donde padres escriben y pegan fotos para sus hijos. Una oratoria íntima para ver de qué se trata eso de mirar los días como una experiencia poética, germen de una obra imaginativa singular.