Por Samanta Julieta Moll

 

Según un diario local, la próxima navidad podría haber falta de stock de algunos productos debido a las trabas en las importaciones, lo cual llevaría inexorablemente a una navidad sin regalos. Ante este terrible panorama y considerando los innumerables  problemas que esto puede ocasionar a nivel nacional, he decidido ofrecer a la Señora Presidenta las siguientes propuestas:

 

Debido a que hace más de dos  mil años que festejamos la navidad, podríamos por este año dejarla pasar y festejar directamente año nuevo.

 

Esto serviría también para que la gente se ahorre el aguinaldo, aunque sea por una vez en su vida, y no se vea obligada a gastarlo en regalos para todos (cuando todos incluye a esa tía abuela que no ves más que para las fiestas, que no querés y que nunca sabés qué comprarle).

 

Decretar que, por excepcionalidad, el aguinaldo de diciembre se pagará junto con el de junio del año siguiente. Si la gente no tiene plata, no tendrá la necesidad de comprar regalos esta navidad.

Atrasar la fecha unos seis meses y, en consonancia con los países desarrollados, celebrar la navidad en época invernal y así todas las decoraciones con nieve no se verían tan descolocadas en nuestras casas veraniegas.

 

Anular la antigua y obsoleta tradición de los regalos tangibles y cambiarla por una nueva tradición: la de los regalos invisibles e imaginarios. Éstos son más baratos, pueden llegar a ser magníficos según el poder imaginativo de cada uno  y fomentan aquel viejo hábito crear con la mente, tan pasado de moda en este tiempo.

 

Cambiar la religión oficial del país. Si no somos católicos, no tenemos la obligación de celebrar la navidad. Podríamos volver a nuestras raíces ancestrales, rechazar los años de dominación de la corona española y proponer como culto oficial el de la Pacha Mama (esto último no sólo es completamente viable sino una reivindicación verdadera a las comunidades originarias).

 

Desmitificar la historia de Papá Noel y blanquearlo como un personaje de mercado inventado por una reconocida marca de gaseosa; para poder así achacarles a ellos la culpa por la pérdida del “verdadero significado” de la navidad.

 

Podemos ir más allá y sacar a relucir que, en realidad, Papá Noel es un personaje que formaba parte del antiguo mito solar del solsticio de invierno al que el cristianismo sincretizó con la figura de un obispo cristiano de origen griego llamado Nicolás. Por lo tanto, la navidad es un rito pagano del que hay que deshacerse lo antes posible.

 

Si todo lo anterior no funcionase y, como a los argentinos nos encanta echarle la  culpa a alguien de nuestros problemas, siempre podríamos encontrar un chivo expiatorio que funcione a la manera de Grinch, robándose la navidad. Para esto propongo, primeramente, a Macri que seguro algo de culpa tiene ya que la Aduana se encuentra en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El Gobierno podría exigirle que reparta sus bienes entre todos para así resolver el tema de los regalos.

 

Si lo de Macri no funciona, podemos echar mano a algo que está muy en boga últimamente y achacarle la cuestión a los fondos buitres. La gente automáticamente pensaría que esto es verdad porque son unos carroñeros que no contentos con quedarse con nuestros dólares quieren también nuestra navidad.

Por último, si no podemos eliminarla, cambiarla de fecha o echarle la culpa a otros,  siempre podemos echar mano de algún superhéroe local que venga a salvar la situación; por ejemplo, se me ocurre que el secretario Sergio Berni podría recorrer el país en helicóptero repartiendo regalos.