Por Rosi Damin

 

“¿Qué hacemos sin navidad?” Me preguntó un señor desesperado en la puerta de un local de venta de electrodomésticos mirando simultáneamente más de 14 televisores encendidos en el fatalista canal de noticias. Lo miré con naturalidad: tenía una camisa blanca impecable y unos lentes enormes que sobresalían del bolsillo pulcro de su camisa. El titular estaba resaltado en rojo y escrito en un impersonal muy personalizado. Yo esperaba el 12 justo ahí. Pero él estaba esperando una respuesta real. El colectivo no venía y yo estaba ahí. Así que luego de un pequeño y tenso silencio bajo su mirada preocupante y penetrante, barajé diversas opciones.

 

Fue fácil notar que la relación festejo-regalo era irrompible, así que la propuesta de festejar como siempre pero obviando la parte de los regalos, sabía que no funcionaría, entonces, la callé. Arranqué: “no creo que a Hollywood le moleste prestarnos al Grinch para que solucione este problema momentáneamente. Es probable que prefiramos que nos roben la navidad a que nosotros no seamos capaces de…”. Me cortó en seco: “No, estamos acostumbrados a que nos roben, queremos otra cosa”. Exigente, el caballero.

 

“No, claro… No nos la roban, nosotros decidimos suspenderla. Porque se festeja hace muchísimos años y somos vanguardia pura. Entonces, pasamos directo a Año Nuevo”. No funcionó, siguió en la espera de otra respuesta.

 

“Ya fue. Anulemos la antigua tradición capitalista de los regalos materiales y regalémonos cosas invisibles e imaginarias. Volvamos a la creatividad de antaño. Lo esencial es invisible a los ojos, ¿no queremos verdaderamente enseñarle eso a nuestros chicos?” Aunque su cara se desfiguró de horror, siguió esperando una respuesta que lo convenza.

 

Intenté con otra: “Papá Noel no existe. Queremos un mundo sin mentiras, luchamos por él, ¿por qué seguimos inflando al invento de la marca líder de gaseosas? Seamos consecuentes. La bella inocencia infantil no va por el lado de creer en Papá Noel, el Ratón Pérez y los Reyes Magos. Porque además, ahora la televisión nos dice que no tendremos para hacer los regalos de navidad, pero los Reyes nos visitan doce días después tampoco sea cosa que…” Tal vez, el señor sencillamente no se movía de la indignación pero parecía ya no ser por la noticia sino por mis respuestas. Mientras lo miraba, imaginaba un espontáneo cacerolazo con gritos exigentes y entonados: “¿alguien, por favor, quiere pensar en los niños?”.

 

Creí que sería menos dura una respuesta como “podemos atrasar la fecha de navidad seis meses para que el festejo sea en época invernal, y la falta de aires acondicionados y piletas –leí de reojo el titular, por suerte tenía los lentes puestos- no sean un problema.

 

Además, estaríamos dándole un claro justificativo a todos nuestros adornos navideños que acompañan al pino nevado”. Seguía ahí con ningún tipo de disposición para emprender la retirada, a pesar de su rotunda disconformidad.

 

No estoy segura de que me haya parecido gracioso en algún momento, pero ahora cada segundo que pasaba y que el bondi no venía y que el señor no se movía y… Decidí encarar para el lado que él claramente quería. Yo sabía la respuesta que el señor quería, siempre lo supe, pero no era mi respuesta.

“Festejamos igual, señor. Si lo que el noticiero dice, llegara a pasar, el Jefe de Gobierno se vería obligado a repartirnos sus bienes para compensar la falta de regalos. Por lo menos acá, en Capital, y que el resto se arregle…” Como vi que el amarillo no es navideño ni responsable para el señor, reformulé: “Podemos exigirles a todos los políticos que regalen sus bienes para nuestra navidad, cada uno elige el de quién agarra según cómo se haya sentido durante el mandato”. Silencio, pero esta vez levemente más cómodo que los anteriores silencios.

 

Vi en su rostro la comodidad de culpar a otro, no cualquier otro, nuestros peores otros. “Ahí está, espere, no haga nada, solo échele la culpa a quién usted más desee. No se olvide que una puteada infundamentada también es un gran regalo”.

 

Paré un taxi, “se me hace tarde, hasta luego”. Él, un poco, sonrió. A dos cuadras de viaje, el conductor bajó el volumen de la radio, y me preguntó: “Nos han quitado todo, ¿qué hacemos sin navidad?”.