Hela ahí: ella, Delcy Janet Estrada, de 14 años, última en la fila de pupitres a la derecha del salón. Mírenla: silenciosa, de cabello crespo alborotado, falda a cuadros, camisa blanca. No quiere salir al frente, le da pena. No quiere escuchar la rechifla de sus compañeros de colegio. Pero la profesora insiste:

 

– Delcy Janet, cante.

 

Días atrás, la misma escena. Ella, de última, casi escondiéndose entre la trapera y la escoba con que limpian el salón. Buscando hacerse la invisible. Y la profesora:

 

– Delcy Janet, pase al frente y cante.

 

Y tiempo atrás, en la misma clase, lo mismo:

 

– Delcy Janet, cante.

 

Así que era la tercera vez que su profesora de educación artística, Alba Ligia Jaramillo, se lo pedía. Pero Delcy moría de vergüenza ante la idea de abrir la boca y cantar. No importaba que todos sus compañeros, incluso menores que ella, ya hubieran pasado al frente y cantado. Desafinados, sin ritmo, provocando la risa de todos. Ella no, no era para eso. Se había quedado siempre en su puesto. Hasta que su profesora le dice:

 

– Si no canta esta vez pierde la materia.

 

Lo piensa un rato. Tampoco es para tanto, se dice. Respira profundo, se levanta, camina lento al frente, con sus manos atrás. Se para delante de todos, cierra los ojos y sin más remedio canta:

 

Recuerdo aquella vez que yo te conocí.


Recuerdo aquella tarde pero no recuerdo ni cuando te vi.

 

Es “Alma, corazón y vida” del compositor peruano Adrián Flores Alván. Una canción que se sabe por una serie de televisión nacional presentada por aquellos días, y que ve en la casa de una vecina porque en la suya no hay televisor.

 

Alma para conquistarte, corazón para quererte y vida para vivirla junto a ti.

 

Al fin termina. No hay rechiflas ni mayores aplausos. Solo su profesora que le dice:

 

– A la salida de clase me espera.

 

Y ella piensa: la embarré.

 

Luego de la clase, la profesora se acerca y se la lleva, tomada del brazo, al salón de profesores. Es un espacio de no más de diez metros cuadrados donde, delante de casi todos los docentes, le vuelve a decir:

 

– Cante, Delcy Janet.

 

Y Delcy, qué más da, canta la misma canción.

 

Esas tres cositas nada más te doy…

 

Aplausos de los maestros y luego a la rectoría. Ante el rector, un hombre gordo, bajito, muy serio, aquí va:

 

Porque no tengo fortuna esas tres cosas te ofrezco.

 

Tres veces la misma canción, aquella mañana de 1990 en la Concentración Santa Rita de Ituango, el único colegio de una vereda lejana en un pueblo de por sí lejano de cualquier cosa, menos de la violencia.

 

Entonces la profesora le dice al rector:

 

– Vea, don Fernando, esta niña tiene voz. No sé cómo, pero tenemos que apoyarla.

***

Escúchenla: es Mirabay Montoya Gómez en la sala de su casa cantando “Los aretes de la luna” mientras posa para la cámara. Es así:
Los aretes que le faltan a la luna los tengo guardados para hacerte un collar.


Los hallé una mañana en la bruma cuando caminaba junto al inmenso mar.

 

Y Mirabay, al mismo tiempo, hace gestos de estrella de rock para burlarse un poco de todo eso: la industria de la música, lo fashion, la imagen. No es para parecer que no le importa. Es porque de veras no le importa.

 

La sala está tapizada con reproducciones de Frida Kahlo y fotografías de su vida artística. En el centro está El Señor Baldwin, el primer piano que pudo comprar su mamá, la pianista Teresita Gómez, después de 30 años de tocar en pianos prestados. Y Mirabay lo explica:

– En mi familia primero tuvimos piano que casa.

 

Lo dice sin dejar de posar, divirtiéndose un poco, condescendiente con la labor del fotógrafo.

 

Alguien le pregunta cómo llegó a la música. Y ella, entre flashes, responde:

 

– Llegué porque mi padre y mi madre durmieron juntos, como el cuento de las abejitas y las flores. Es más, ni siquiera yo lo decidí.

Y se ríe sola, con esa risa estentórea, caribeña, por la pregunta tan boba. Dice:

 

– No le busque tiempo a mi historia, ni linealidad. Yo soy música antes y ahora.

 

Se sienta en una silla para la última foto: un retrato.

 

El otro, a pesar de todo, no se da por vencido. Pregunta:

 

– ¿Pero cuándo tuviste el primer contacto con la música?

 

– En la placenta de mi madre -dice.

 

– Pero que lo recuerdes…

 

– A los dos años, con la “Partita N°3” de Bach.

 

– ¿Y en serio lo recuerdas? ¿A los dos años?

 

– En serio.

***

Siéntanla: es Alejandra Montoya tocando el bandoneón. Toda ella de negro vestida, los labios de un rojo escarlata. Abre sus brazos y el fuelle deja escapar ese sonido azul del tango. Sostiene el instrumento entre sus piernas, cierra los ojos. Suena la melodía de “Por una cabeza”, de Gardel. En la guitarra, la acompaña su papá, Rodrigo Montoya. La gente del bar, conocido como Homero Manzi, en el centro de Medellín, observa en silencio. Todos hombres, todos mayores. El bandoneón que Alejandra toca tiene más de 80 años. Fue construido en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial. Ella apenas si se acerca a los 27 y es la única mujer en Colombia que interpreta este instrumento.

 

La cosa fue así: en su casa había instrumentos musicales por todas partes. Un violín allí, un contrabajo acá, una guitarra. En sus primeras fotos, con un año de nacida, aparece sosteniendo una mandolina: su primer juguete. Alejandra comenzó a tocar el piano a los 4 años. Ingresó a un programa de iniciación musical en el Instituto de Bellas Artes.

 

– Me aprendí primero el pentagrama que el abecedario –recuerda.

 

Algo muy natural en la casa de un músico como su papá, que había estudiado en el conservatorio de la Universidad de Antioquia y tocado en grupos de toda clase.

 

Así que para cuando Alejandra tenía 14 años y una década de tocar el piano, su padre le propuso hacer parte de un conjunto de tango dirigido por él: El Quinteto Clásico.

 

Una propuesta que le sonó a medias. La verdad es que, al principio, esta música de arrabal no le gustaba. Prefería la bossa nova y la música clásica. Y, a escondidas, el rock. Igual dijo que sí. Ni modo de contradecir a su padre. Hasta que de tanto ensayar, de tantos conciertos donde veía lo que el tango producía entre la gente, comenzó a sentirse atraída por las historias de amores de puñal, por el aire de nostalgia de ese ritmo porteño.

 

– Solo que me aburría montones el ambiente de los bares, trasnochar de ese modo. Mi amigo más joven era un violinista del grupo que tenía 46 años.

 

Con El Quinteto Clásico –un bandoneón, dos violines, un piano y un bajo– comenzó a recorrer la ciudad, a ganar dinero. Un fin de semana el recital era en La Casa Gardeliana, en el barrio Manrique, y al otro en El Patio del Tango, en el Barrio Antioquia. O fuera de Medellín. De aquí para allá, ensayando, tocando todo el tiempo. Se salió del colegio, su mente toda en la música.

 

– Viviendo, siempre, entre gente mayor.

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Hela ahí, casi un año después, un 20 de julio de 1991, en el parquecito Santa Rita de Ituango. Delcy Janet a punto de cantar el Himno Nacional. Ya no está nerviosa: se ha convertido en la cantante oficial de su colegio. En cualquier acto cívico, en las fiestas institucionales, ella de primera en la lista, cantando. Ensaya cada música con su profesora. Doña Alba le enseña bambucos de Luis Uribe Bueno y baladas de Vicky. La pone a cantar sosteniendo un cepillo de pelo en la mano, como si fuera un micrófono.

 

Mírenla: tiene una voz dulce. En la vereda comienzan a reconocerla por eso, a llamarla “la niña que canta”. Mientras Delcy entona el himno nacional, un guerrillero la filma con una cámara casera. No es para asustarse. Así es en Santa Rita de Ituango, o el menos así era por aquellos días: la guerrilla, la mar de tranquila, por las calles. La guerrilla como autoridad.

 

Santa Rita de Ituango, principios de la década de 1990: un solo teléfono, cuatro calles, un parquecito a medio pavimentar, una iglesia grande para un pueblo chico, montañas por todos lados, poco más de mil habitantes viviendo de la agricultura. De vez en cuando el ejército hace presencia y la guerrilla desaparece. Luego el ejército se va y la guerrilla vuelve. Un vaivén que, como saldo, deja muertos y temor entre la población.

 

Delcy tranquila, hoy, 20 de julio. Luego del acto cívico el guerrillero va hasta una tiendita, ahí mismo en el parque, y conecta la cámara a un televisor. La gente se acerca para ver. Delcy entre todos. Lo recuerda como la primera vez que se ve en la pantalla, como toda una artista.

 

Su pequeña fama de cantante veredal crece. Representa a Santa Rita en un concurso de canto en Ituango y queda de segunda.

 

Representa a Ituango en un concurso de canto en el norte de Antioquia y gana. Representa al norte en el concurso Antioquia le canta a Colombia, en Medellín, y no queda ni en las finalistas, pero su nombre sale en el periódico, y eso, en Santa Rita, es un triunfo tremendo.

Así que todo va bien. Hasta cierto día de principios de 1992, cuando Guillermo, un comandante del frente 35 de las Farc que opera en zona, se le acerca en la calle y le regala dos casetes, uno de Mercedes Sosa y otro de Violeta Parra.

 

– Quiero que se aprenda “Gracias a la vida” y “Me gustan los estudiantes” -le dice.

 

Eso cae como una bomba de hedor en su casa. Ni a don Saúl y ni a doña Leticia, padres de Delcy, ni a ninguno de sus tres hermanos, les gusta esa cercanía con la guerrilla. Cercanía que no mengua: cada cierto tiempo los guerrilleros buscan a Delcy, le piden que cante más canciones, la filman cantando. A ella le gustan las canciones, de hecho. Pero hasta ahí. Tiene miedo.

 

Sus padres, recelosos de que Delcy, ya con 15 años, termine de moza de comandante, deciden enviarla donde un tío a la zona urbana de Ituango. A todos, en la vereda, les dicen que la mandaron para Medellín. Delcy sola, lejos de su familia, en un inesperado cambio de vida. Pero es lo mejor, cree. La niña que se enfrenta a ser mujer, de repente. ¿La salvará el canto?

***

Sobre Mirabay Montoya cae todo el peso y honor de ser la hija de Teresita Gómez, una de las pianistas más reconocidas de Colombia. A los 7 años Mirabay comenzó a cantar en coros de óperas mientras su madre trabajaba como correpetidora, pianista acompañante. Bohemia, La TraviataCarmina Burana, fueron sus primeros contactos con la música y el escenario. Por eso dentro de un teatro se siente en su lugar:

 

– Los camerinos me encantan, el olor de los teatros es maravilloso.

 

Mirabay no llama a Teresita como “mi mamá”, la llama “La Maestra”. Es su asistente, su secretaria: contesta sus cartas, le agenda conciertos, calibra sus pianos, su forma de vestir, su hora de llegada y de salida. Dice que ahora inflan este oficio con el nombre de manager.

 

– ¿Por qué le llamas “La Maestra”?

 

– Porque ella es maestra de vida. A uno le tocó fácil, uno realmente está recogiendo la cosecha y el trabajo de ella.

 

– Y como colega…

 

– Excelente, porque no trabajamos en lo mismo. Más que la cercanía es la instrucción. Grabé mi primer bolero a los 22 años, en Bogotá. Cuando ella lo escuchó me dijo: “No, mija, para cantar bolero primero hay que vivir”. Y nunca más volví a cantar boleros hasta que saqué mi primer disco, Palabras, a mis 42 años.

 

– ¿Y qué te dijo Teresita?

 

– Me dijo que ya estaba empezando a hacerlo mejor.

 

En 1983, bajo la presidencia de Belisario Betancur, Teresita Gómez fue designada como agregada cultural de la República Democrática Alemana, donde estuvo con su familia durante 5 años. 

 

 

Y Mirabay con ella. Tenía 15 años cuando partió. Para ella haber estado en Alemania no significó mayor sufrimiento: aprendió el idioma en 4 meses y le encantaba la puntualidad germana. Hizo sus primeros estudios artísticos en Alemania Occidental, en la escuela Stagefright de Berlín, adjunta al conservatorio Hoch Schule der Kunst.

 

– Canté para la audición “La cumbia cienaguera” y competí con rusos, coreanos, italianos. Todos presentaban óperas, arias, y yo me presentaba con un grupo instrumental colombiano, todos folclóricos, sin zapatos: La cumbia cienaguera que se baila suavezona… ¡epa!

 

–¿Y no tenías susto en la audiencia?

 

– ¿Yo? Care palo. Porque en la audiencia me preguntaban:

 

¿y qué aria vas a interpretar? Y yo que “La cumbia cienaguera”.

 

Nosotros jurábamos, convencidos, que la estábamos sacando del estadio, y de hecho sí, pero desde nuestro punto de vista. Porque en la calificación nos fue fatal. Ahora, años después, pienso que debí haber dicho que eso era un aria del folclor colombiano.

 

Entonces, meses después, Mirabay conoció a Totó La Momposina, la gran cantante de folclor colombiano. Totó y su hermano, Daniel Basanta, dirigían un grupo de danza y canto llamado Macondo, con el que viajaron a Túnez. Cuando llegaron a Alemania supieron de Mirabay y la invitaron a que se uniera al grupo, en los coros.

 

– Y con Totó, todo fue de una –dice Mirabay.

 

Como si fuera ayer, Mirabay, en el centro de su cocina, mueve sus hombros, abre sus manos y canta: Si se quema el monte déjalo quemar, que la misma selva quiere retoñar. 

 

Viajó por Europa, cantó en varios países. Y entendió una cosa: la música popular y folclórica colombiana estaba en su sangre. Solo le faltaba reconocerla y ese fue el papel de Totó La Momposina.

***

El bandoneón estaba ahí, entre tantos instrumentos de su casa. 71 botones de marfil, el cuerpo de madera, un fuelle largo que encanta cuando se abre. De a poco, sacándole melodías de oído o estudiando con métodos impresos hace más de cincuenta años, Alejandra empezó a tocarlo, a conocer el carácter del instrumento. Para entonces, a sus 19 años, ya había pasado por cuanto bar de tango existiera en la ciudad, ella en el piano. Había viajado por pueblos cercanos con El Quinteto Clásico, había conocido y se había aburrido en el mundo de la noche.

 

– Era como estar encerrada con un ambiente donde no había gente como yo: joven.

 

Alejandra era tan buena como cualquier músico de conservatorio, decía la gente que la veía tocar el piano. Claro, si todos sus días estaban en función de la música, bajo la tutela de maestros particulares o de su papá, o en cursos de extensión en Bellas Artes. Si creció con eso. Si su fiesta de quince años fue con los amigos del papá, si de hecho ella no tenía amigos contemporáneos, si sus salidas a la calle eran para los recitales con El Quinteto Clásico, si no se había emborrachado ni enamorado ni perdido, si todo, todo, era música en su vida. Una liberación, y una jaula a la vez.

 

Su escape era, un poco, el rock. Esa música mal vista en su casa y que ella escuchaba a través de las paredes gracias a un vecino que deliraba con el nü-metal y las guitarras distorsionadas.

 

– Él ponía música a todo volumen: Rammstein, System of a Down. A veces yo me quedaba hasta las dos de la mañana escuchando lo que él escuchara, sin que él supiera. Había algo que me gustaba mucho en todo eso.

 

Algo que ella, con lo buena música que era, no había tenido la oportunidad de vivir. Por eso, cuando años después un tipo peludo, vocalista de una banda de metal y que la había visto tocando el piano en Bellas Artes, le propuso integrarse a su banda, ella no lo pensó mucho. Y dijo en su casa, sin preámbulos:

 

– Me metí a una banda de rock.

 

Comenzó su liberación.

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Hela ahí. ¿La ven? Es Delcy Janet Estrada en el escenario del Teatro de la Universidad de Medellín, uno de los más importantes de la ciudad. Viste un traje blanco y negro como la piel de una cebra, brillante. Detrás de ella, una orquesta sinfónica la acompaña. Suena el piano. Suena el violín. Caen luces azules. Y canta:

 

Viví y disfruté


no sé si más que otro cualquiera

 

Es 15 de septiembre de 2012. Han pasado, pues, veinte años desde de que saliera, “casi desplazada”, de Santa Rita de Ituango. Y veinte años sí es mucho, Gardel. Es vender arepas en Ituango para sobrevivir, e irse luego a Medellín a trabajar en una fábrica de confección.

 

Es no dejar de cantar nunca, ni en los peores momentos. Presentarse varias veces en Antioquia le canta a Colombia hasta ganar el primer puesto, en su quinto intento, en 1995. Es presentarse también al festival Mono Múñez, el más importante del país, y ganar, en 1998.

 

Es casarse a los 19 años y separarse un lustro después. Es vivir sola, con los padres lejos. Trabajar y estudiar. Recorrer la ciudad a pie muchas veces.

 

Es ingresar a la Universidad de Antioquia, en 1995, y encontrar allí que existía algo llamado canto lírico. Y combinar todo eso, los sonidos que traía de su pueblo, los valses, los bambucos, los pasillos, el amor por compositores como José A. Morales, Carlos Vieco o Luis Uribe Bueno, y darle la técnica aprendida en la universidad, regalarle frescura al canto lírico, darle el rigor de la lírica a la música colombiana.

 

Mírenla: Delcy representa una generación de músicos colombianos que combina sin problemas lo popular y lo clásico. Que adoran, al mismo tiempo, a Jaime R. Echavarría y a Haendel.

 

Ha sido la voz en obras clásicas como “El fantasma de la ópera” o “El Mesías”, acompañada por orquestas sinfónicas o filarmónicas, y al mismo tiempo, en los discos que ha grabado, rinde homenaje a la música colombiana.

 

Gana concursos aquí y en el exterior, participa en montajes de ópera, canta en México, Ecuador, Cuba, Estados Unidos, Argentina. Sale en periódicos y revistas, presenta programas de televisión. Y sin embargo, cuando se habla con ella, siente uno que sigue siendo “la niña que canta”: sin alardes, con una sonrisa limpia cuando ríe.

 

Tiene cierto acento de pueblo, todavía. Aunque sus padres ya vivan con ella en Medellín, sigue imaginando su lugar ideal como la finca que dejó en Santa Rita, al pie de un naranjo, cerca de la quebrada.

 

Hela ahí. Suena la última estrofa:

 

Tal vez lloré, o tal vez reí,


tal vea gané, o tal vez perdí,

 

ahora sé que fui feliz,


que si lloré, también amé,


puedo vivir, hasta el final, a mi manera.

 

Lista –ahora– para salir al frente cuando alguien le pida:

 

Delcy Janet, cante.

***

Si se contaran los años que Mirabay lleva en la música, desde la placenta hasta ahora, se diría que tiene 45 años en ese trajín. “Póngale que estuve en unas 50 orquestas”, dice con cara de aproximado. De vuelta a Colombia, en 1991, llegó a la salsa con Connie Riveros, la orquesta femenina Yemayá, la orquesta Cañabravas; a la música popular con la agrupación Nueva Cultura, Nicoyembe; al folclor con Delia Zapata Olivella (“Mama Yeya”) y su palenque; el Ballet Folclórico Sonia Osorio… Perdemos la cuenta. “Le trajo demencia a Medellín, arrebatamiento, frescura en su estilo”, dice, en su estudio, Jorge Ceballos, productor musical.

 

– ¿Un instante, un momento inolvidable, Mirabay?

 

– En Bogotá, cantando con Joe Arroyo y La Sonora Ponceña, la canción “Hay fuego en el 23”. Ese momento, ese instante…

 

En la casa de Mirabay, sobre El Señor Baldwin, hay una agenda apretadísima. No le cabe una letra en cada cuadrito del calendario.

“Tengo 30 estudiantes, mis conciertos, soy la asistente de la maestra… uf… ”.

 

– ¿Te sientes bien enseñando para todo tipo de músicos?

 

– Trabajo para la industria de la música, que no es para la música. En la industria de la música son pésimos músicos y los músicos somos los músicos. Los músicos armamos la industria de la música, porque los músicos de algo tenemos que vivir, aunque sea de los zopilotes que ponen la cara.

 

– ¿Y tiene muchos de esos que ponen la cara?

 

– Prenda la radio…

 

Ronda por la sala La Negrita, una gata, su dama de compañía. Mirabay dice que lo siente mucho, que la disculpen pero tiene que ir a despedir a La Maestra porque sale para Bogotá. Además, debe organizar el programa, la agenda, preparar sus clases. Suena el teléfono. Es La Maestra y Mirabay le dice:

 

– Mira las obras de Debussy. Tú llegas el domingo, alcanzamos a organizarlo para el lunes. Relajémonos. Si eso se va así luego estamos cambiando las cosas…

 

Cuelga el teléfono y dice con un gesto de preocupación:

 

– Es que pensar esos programas a la lata no funcionan.

 

– Mirabay, cierto que tú cantaste recientemente con tu mamá en el Teatro Matacandelas…

 

– ¡Claro!, y ahora estamos preparando… ¡Ay, me acordaste, casi se me quedan las partituras de La Maestra!

 

Mirabay, afanada, corretea por su casa. Todos se despiden.

 

Pero antes de que salgan, como un fogonazo, como si cayera en la cuenta, dice:

 

– Una cosa sí les pido. No vayan a retocar mis fotos. A mí déjenme tal cual soy.

***

Hace un mes que Alejandra Montoya probó, por primera vez, el vino barato. Hace cuatro meses que, por primera vez, tiene un novio: el guitarrista de una banda de música alternativa.

 

– Es como si todo lo estuviera viviendo a la inversa.

 

Y cuando lo dice, lo dice por la música también. Claro, ya tiene la experiencia de los escenarios, tiene feeling, la capacidad de improvisar en vivo, de no amedrentarse ante una partitura difícil, de acompañar a músicos de muchos estilos, de tocar rápido y suave dependiendo la intención de la obra. Esas cosas que solo se consiguen con ejercicio de años y muchísimos conciertos. Y al mismo tiempo, no tiene algo que el sistema exige y que es tristemente necesario: un diploma de pregrado. Requisito para ingresar a la maestría en dirección de orquesta que quisiera estudiar.

 

– En cualquier caso, toco lo que sea -dice, riendo.

 

En parte es un chiste. En parte no: hace unos meses, por ejemplo, fue seleccionada para ser la pianista acompañante de la Red de Coros Juveniles de Medellín, un trabajo para el que audicionaron a músicos graduados de diferentes universidades de la ciudad.

 

Con el coro, ha montado la “Misa de Coronación” de Mozart, un concierto de música Colombia y “El Fantasma de la Ópera”. Ahora trabaja en “Carmina Burana”, una cantata escénica compuesta por Carl Orff.

 

En el piano, acompañó también a los bandoneonistas argentinos Ramón Quevedo, Norberto Pivatto y Abel Stagnaro cuando vinieron a Medellín a conmemorar los 69 años de la muerte de Carlos Gardel, en un concierto en el Teatro Metropolitano junto con la Orquesta Filarmónica de Medellín.

 

En el piano, acompaña las melodías de Instru-mental, su banda de rock pesado.

 

– A mí me dicen que soy tanguera los viernes, metalera los sábados y clásica los domingos.

 

Y sí: le gusta. La música se complementa, cada ritmo la lleva a experiencias diferentes. En el metal encontró su generación, la energía en vivo. En el tango, el sentimiento. En la clásica, el virtuosismo. Cuenta, orgullosa, que en pleno Festival de Tango de Medellín se fue a “mochiliar” a Barranquilla y Cartagena, en una pequeña gira de su banda. Aunque su padre la necesitaba para los conciertos durante el Festival, comprendió que era el momento de dejarla ser, y le dijo: “Váyase tranquila”.

 

Un día acá, un día allá, sin descanso. Toda ella música. Música todo el tiempo.

 

Lo mismo con el bandoneón. Alejandra acompañando cantantes, en programas de televisión regional, en giras. Es que los bandoneonistas ni siquiera en Buenos Aires abundan. Menos en Medellín a pesar de ser ciudad de tango (no por nada, dice la leyenda, Gardel decidió morirse aquí).

 

Alejandra tango, Alejandra rock, Alejandra clásica. Medellín entre todo eso. Medellín salsa también, Medellín de música colombiana. Medellín con voz de mujer. Alejandra –cabello alborotado, ojos saltones, nariz recta- comenzando su vuelo.

 

A veces, cuando algún académico la ve tocar y, sorprendido, le pregunta de qué universidad salió, ella dice, segura:

 

– De la calle, mi hermano. 

Ilustración: Julián Roldán

Lo mejor que le pasó a Julián Roldán A. ayer fue despertarse. No sabemos si es un hombre que sabe apreciar los pequeños momentos de la vida, que disfruta los detalles, o un ser atormentado que, teme, puede morir mientras duerme. Sabemos, sí, que hizo la secundaria en un colegio de Londres, que estudió periodismo en Antioquía y que participó de un encuentro de la FNPI con Gervasio Sánchez.