Aguafuertes de aislamiento

Un lugar para los besos que no damos

Algún tiempo atrás, el beso era de todes pero también había perdido su carga erótica desplazado por "besos" por celular y piquitos, analiza María Moreno. Traza una genealogía de "ese viejo acto de civilización" y distingue: hay besos pasionales que son cheques sin fondo, besos que son como tomar un Valium, besos que reconocen derechos y besos que sellan un cotidiano feliz. La autora se pregunta: ¿al final del aislamiento correremos en manada a sacarnos la ropa, a pedir upas, sobadas de mejilla y abrazos?

¡Chuic! Qué nostalgia sentimos al ver en un cuadrado de historieta esa palabra que nos evoca un placer prohibido. El beso. Tanta orgía con Manifiesto Contestatario, tanto reviente con química en la mesita de luz, tanta cama redonda de a pie, o sea en dark room. Tanta comisión interna entre sábanas para reclamar al partenaire (lo pronuncio como en el tango) igualdad orgásmica o, como decía Miguel Briante, tantos coitos con debate para que se sueñe con el boca a boca del beso, ese viejo acto de civilización. Luego de un período grosero en el que, según las historietas, el hombre tomaba a la mujer más o menos con la condescendencia de los perros, y la transportaba luego de los pelos por el pringoso piso de la caverna, cuando la pareja humana se hizo más o menos bípeda y las chicas también comenzaron a arreglárselas con el uso del garrote de pinches, vinieron besos que sonarían a todo menos a “chuic” –por ejemplo al estrujamiento entre dos bocas aún cubiertas de pelos y de las cuales la cortesía no indicaba cómo había que extraer los huesesillos grasos de un almuerzo en horda–.

 

Así como, según Copi, la mujer moderna es un invento norteamericano, el beso es un invento de Hollywood. 

 

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Y ¡qué escándalo! Las señoras se echaron para atrás en sus butacas, pretendiendo cerrar los ojos y algunas, para que no quedara duda de su impresión, escupieron en su pañuelito de mano. En la pantalla y al ritmo sincopado del cine mudo May Irving y John C. Rice se acababan de dar un beso. Era un beso breve, dado con los labios apretados como si estuvieran alrededor de una bombilla y luego los protagonistas se separaban tan bruscamente que parecía que uno de ellos tenía una enfermedad contagiosa. Era en 1896.

 

Luego los besadores triunfaron en cadena. Clark Gable daba al mismo tiempo besos pasionales, pero irónicos, se dirían cheques sin fondo. En cambio, ¿quién no le creía a James Stewart cuando besaba? En él podíamos imaginar al marido fiel, bonachón y un poco boludo. Los besos de Woody Allen inspiran la misma impresión que tomar un valium. Los de Humphrey Bogart hacen desear morir en Tánger con una chilaba sucia, las uñas rotas y un cuchillo clavado en medio del pecho pero entre sus brazos. Por los de Mikey Rourke algunas mujeres pagarían dejándose pisar por las ruedas de la Harley Davidson que él monta en La ley de la calle, a pesar de que actualmente los implantes de siliconas se le desplacen hasta hacerlo parecer la víctima de un flemón. 

 

En las primeras décadas del cine, el beso funcionó como un resumen y una elipsis de todo los demás.    

 

Los espectadores argentinos de las escenas clásicas del amor de celuloide –intercambiado por una pareja hétero–hétero se besaban, durante largas décadas, vigilados por la mirada de la madre de ella en el living o en el patio, en ese mini telo que era el zaguán o en la plaza que el peronismo liberador de prostíbulos, pero ambiguo con los vínculos entre seres del mismo sexo, estableció como zona semiliberada (en los tiempos del primer gobierno del General las plazas solían estar llenas de forritos usados). Me consta porque yo me hacía pulceritas con esos forros ante el horror de mi madre, de vocación higienista y gorila, que solía bañarme en alcohol las manos mucho antes de la pandemia y de que yo me lo bebiera en formas más agradables como el bourbon y la ginebra. 

 

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Mi madre era una discípula inopinada de Alicia Moreau de Justo quien, durante el Primer Congreso Feminista Argentino de 1910, trató al beso como un transportador de gérmenes: detrás de la argumentación científica se ocultaba su puritanismo. En su ponencia El beso y el mate, vehículos de contagio, sentenciaba con lenguaje positivista: “Nadie ignora ya que tenemos constantes y minúsculos enemigos (microbios), tanto interior como exteriormente, flaquean éstos, vencen aquéllos. En la boca, por donde se ingiere y se excretan también ciertas secreciones naturales, normales o anormales, se asilan enormes clases y variedades de microbios y dable es suponer que los labios son vehículo para el contagio cuando al besar otra boca, o una cara, van a dejar o recibir aquellos seres que, con los cambios de huéspedes, exaltan su virulencia, es decir, redoblan sus ataques y ponen en mala situación cuando alguno de esos organismos no pueden luchar con ventaja”.

 

También es probable que el anatema contra el encuentro de los labios amantes, al lanzarlo como velado precepto moral, no dejara de ser una estrategia de la doctora para despistar a los detractores indignados con las mujeres que ya eran feministas cuando Simone de Beauvoir recién había nacido. Y para eso utilizaba una ardiente retórica: “¡Y quién pensará que al besar los labios rojos de los niños, los de fuego de las doncellas, los afectuosos de la madre, con los cuales se dulcifica la vida, con los cuales se vive su vida psíquica, con esos besos, eterno contraste, se es criminal, con ellos se abren abismos y tumbas al amor! ¡Y si los yankees y los alemanes han puesto en las gorras y baberos de los niños letreros que dicen ‘No me beséis’, grabemos en nuestra mente esta frase para difundirla con tesón!”. 

 

Entre nosotres, el gran prohibidor del beso público fue Luis Margaride, que ejerció altos cargos en la Sección Moralidad durante los gobiernos de Frondizi, Guido, Onganía y el último de Perón. Conocido como la Tía Margarita, se especializaba en llevar presos a hombres y mujeres que se besaban en los parques aunque lo hicieran con “el sexo correcto”, es decir el opuesto, y en delatar a los adúlteros que reclutaba en los hoteles alojamiento mediante un llamado telefónico a los cónyuges.

De los besos viriles hay una historia salteada, más allá del beso homo-sublimado de los futbolistas, del beso de Judas a Cristo, del de Moreira a Julián y del beso socializado que a menudo suele intercambiarse por wasap entre desconocidos. Todos tomaron en chiste el beso compartido por Jack Lemmon y Joe Brown en Una Eva y dos Adanes y el de Dustin Hoffman al actor que encarna al padre de su amor en Tootsy. Era besos tan pero tan héteros que sugerían que sólo se podían dar si era en joda. 

 

Uno de los primeros besos machos del cine se lo dio durante la década del sesenta el adusto Peter Finch a un actor joven (era una escena de película) y algunos británicos llegaron a pensar que la reina era una figura decorativa y caduca si no impedía la proyección de tales excesos. Cuando Arturo Bonín besa a Víctor Laplace en Adiós Roberto, nosotros ya éramos (al menos por partes) democráticos y mundanos, hasta el punto de aplaudir El beso de la mujer araña, donde Raúl Juliá (en el papel de un guerrillero latinoamericano) besa a William Hurt (en el rol de una loca  por el cine).


Pero el beso gay se socializó en las grandes fiestas mundiales de la comunidad, estampita laica del comming out, entre varones con estética de motociclistas, travestis vestidas como bomboneras déco, chicas en tiradores a la altura de los pechos desnudos y otres producidos por sí mismos y en diferentes combinatorias de besadores. 

 

Es decir el beso público (dije público no púbico) se hizo revuelta e insurrección. Por ejemplo, durante el kiss-in organizado en Madrid para la participación del papa Benedicto en la Jornada Mundial de la Juventud de 2011, un beso múltiple y sincronizado al paso de un vehículo, en medio de un millón y medio de peregrinos, más la policía armada de macanas y los indignados llevando al acto su apelativo militante por los gastos estimados en un millón de euros y que pareció dirigido por un experto en escenas de masas de película. Una lluvia feroz se desató cuando Benedicto mencionara eso del matrimonio “entre un hombre y la mujer” abierto “al don divino de la vocación” –una indirecta contra la ley de matrimonio igualitario que rige en España– como si Dios, menos papista que el papa, le hubiera  mandado a su servidor un spot de Diluvio Universal como castigo.

 

Pero ¿y las chicas? 

 

Nuestra primera versión nacional fue un 8 de marzo de 1987, Día Internacional de la Mujer, donde un grupo de chicas que llevaban en la cabeza vinchas color lila con la inscripción “apasionadamente lesbianas” intercambió piquitos frente al Congreso.

 

Más recientemente «El besazo» humedeció la protesta en boliches como La Biela donde dos besadoras fueron llamadas al orden pero también en otros, como Tom Jones de Necochea y Ajenjo de Rosario, fueron llamados Marcha atrás, que es como se decía en el tiempo de Ñaupa a los disidentes sexuales, pero que acá significa otra cosa, en 2019 la jueza Marta Yungano condenó a un año de prisión en suspenso a Marian Gómez por la biaba de un beso a su esposa Rocío Girat, con el pretexto de “resistencia a la autoridad”, entre otres a la oficial Karen Villareal. Lo que la sacó de quicio no era un beso dado por un impulso fiestero que se caga en el público sino que las besadoras estuvieran casadas, es decir, se trataba de un beso como sello cotidiano feliz en la repetición, luego del reconocimiento de un derecho, el del matrimonio igualitario. La jueza encarnó entonces a un tipo de funcionaria que, entronizándose como excepción, como si dijera “a mí no me van a patotear estas feministas», hace un gesto que pretende, al mismo tiempo que de rebelión, de hiper obediencia a la ley, como si el status quo reaccionario necesitara de un ritual de cohesión. Aunque –permítanme volver a la frivolidad–, al decir su estúpida frase “Todos sabemos lo que cuesta que nuestro pelo crezca” con que consideró  un daño el tirón de pelos a la oficial Karen Villareal , en última instancia, demostró que su mayor interés fue cuidarle la peluca a la policía.   

 

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Hasta la cuarentena, el beso era de todes pero también había perdido su carga erótica. La prueba es que se intercambia de palabra y telefónicamente entre personas que ni se conocen –estudiar el rubro representantes artísticos y agentes de prensa–. El nombre del beso social lo decía todo: piquito, nada que ver con los besos franceses que se extendían hasta la glotis y dejaban un hilito de saliva en el medio o cuando los labios se alejaban entre jadeos en el escenario de un sillón incómodo: el piquito nos había convertido en pajarones. 

 

Para Néstor Perlongher, la llegada del SIDA no fue un fin de fiesta que limitaba los goces públicos de baños, boliches, bares, puertos y discotecas para recluir en la monogamia y el uso de lo que hoy podríamos llamar el barbijo de abajo, el forro, sino que radicalizó trágicamente lo que declinaba por saturación. No hay causa-efecto derecho viejo, y los ronroneos en las redes tiene menos de calenturas desenfrenadas, según las cuales, al final de la cuarentena, todes correrían sacándose la ropa hacia los bifes, que de pedidos de besos, abrazos y sobadas de mejilla. ¿Vergoña para la emancipación sexual o verdadera conquista, si todes corriéramos jadeando a pedirnos upa?  

 

 

Ese texto pertenece a la serie Mientras Tanto: ¡Adentro! (aguafuertes de cuarentena) que la autora escribe para el canal de YouTube del Museo del Libro y de la Lengua

 

Ilustración: Luis Medici

Desarrolló varias ramas del arte como la fotografía, la música y la escritura.