Luis Suárez

Un melodrama uruguayo

La mordida del goleador de Uruguay y la suspensión de cuatro meses es, hasta ahora, la noticia-escándalo del Mundial. El Presidente Mujica lo recibió en el aeropuerto como un héroe castigado injustamente. En un país donde el fútbol concentra la representación nacional, el ídolo caído comenzó a purgar su condena en su casa de ladrillos en la playa de Solymar cuando sus compañeros todavía estaban en Brasil. Ignacio Pardo, Doctor en Sociología y cronista charrúa, cuenta cómo lo sobreactuado del castigo expía culpas, provee de historias melodramáticas de buenos y malos mientras la idolatría personal sirve a la expansión comercial del fútbol.

A 22 kilómetros del centro de Montevideo, frente a la playa de Solymar, hay una casa de ladrillos. Bonita, de dos plantas. Dentro, descansa el individuo más nombrado del planeta durante la última semana, con la sola compañía de su esposa y sus dos hijos. Afuera ya no hay nadie, pero durante todo el sábado 28 de junio hubo cientos de personas que se pararon en la vereda de enfrente y miraron hacia la casa de Luis Suárez para gritarle que lo perdonaban, que lo querían, que sufrían junto a él.

 

Con gritos, canciones y banderas, la gente logró que Suárez salga al balcón con sus hijos, salude, intente una sonrisa y vuelva a desaparecer. Los medios de comunicación, de reflejos rápidos para la carroña, lograron algo más. Alguien ha puesto una pantalla gigante que transmitió el partido del sábado en la puerta de la casa del jugador. Y las cámaras, ahí presentes, lograron divulgar su dirección y asegurarse una mayor concurrencia de público. Y la supervivencia de la escena por el resto del día en todos los hogares uruguayos.

 

Todos saben cómo terminó el partido de aquel sábado. En el primer tiempo, cuando el colombiano James Rodríguez la paró de pecho en la medialuna y sacó una volea imposible que se metió contra el palo, el último sueño uruguayo, ganar sin Luis Suárez, se apagó. Luego, la Celeste no logró poner en riesgo a la mejor Colombia de los últimos tiempos, que hizo el segundo y logró que sus hinchas la pasaran bien durante todo el partido, una actividad inconcebible para un hincha uruguayo. En Montevideo no se vieron llantos de rabia ante la victoria colombiana; la ciudad se entregó a una tristeza ni chica ni grande, en un duelo de noche de sábado solo interrumpido por quienes sugerían que el golpe de gracia lo había dado la FIFA y no James Rodríguez. Otros llantos, de rabia y emoción, habían llevado a la Celeste, a los uruguayos y a Luis Suárez, hasta ese sábado de Solymar y octavos de final, en un tour de force emocional del que aún nadie se ha recuperado.

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Dos días antes, en la noche del jueves, el presidente José Mujica camina en una Base Aérea cercana al aeropuerto de Carrasco. Es cerca de la medianoche y hace un frío cruel. Pepe, que no es muy futbolero (le gusta el ciclismo, que practicó de joven) y tiene una agenda cargada, además de 79 años de edad, sabe que no es día para dormir temprano. El “caso Suárez” había tomado dimensión nacional como pocos eventos del pasado cercano. Correspondía ir a esperar al goleador. Pero ya son las once y pico y ni noticias del horario de llegada.

 

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Luis Suárez permanece en el aeropuerto de Natal desde media tarde. El avión que lo depositará en Montevideo está atrasado y tiene que esperar. A las once de la mañana supo que no podrá seguir en el campeonato que más ha deseado ganar en su vida. Que tampoco podrá jugar la futura Copa América. Que no podrá siquiera practicar o entrar a un estadio en los próximos cuatro meses. Y que rápido, urgente, debe abandonar el hotel donde concentran sus compañeros.

 

El presidente consigue cómo matar el tiempo. Lo llama la producción de “De Zurda”, el programa de Víctor Hugo Morales y Diego Maradona. Diego había mostrado una remera con la leyenda “Luisito estamos con vos”. La charla sirve para intercambiar indignaciones. Mujica dice que la sanción de Suárez es una agresión para los pibes uruguayos, que al goleador no le perdonan ser de abajo y no haber ido a la Universidad. La falta de familiaridad de Mujica con el fútbol y los problemas de audio hacen que la comunicación trastabille y que los conceptos no queden muy claros, pero no importa. Es momento de replegarse en las emociones. Más tarde, el presidente definirá la sanción como una “monstruosa agresión”. Si la expresión parece excesiva es porque lo es, pero el tema es en sí desmesurado y solo cabe ir a fondo hasta agotar la indignación. Llevar la catarsis hasta la denuncia y viceversa: en la denuncia, aún más catarsis.

 

 

Los informativos, los portales de Internet, los mensajes de texto, las redes sociales y todas las conversaciones informales de la primera semana del invierno uruguayo giraron esta semana en torno a un solo tema. Atrás del tema, un joven de 27 años. El aleteo de la mariposa que desataría este huracán tuvo lugar en 1987 en El Cerro, uno de los barrios desaventajados de la ciudad de Salto (cerca de 100.000 habitantes, en la frontera con Argentina). Allí nació Luis. Su padre, el “Perro” Rodolfo Suárez, era un voluntarioso lateral izquierdo del Deportivo Artigas y debía ganarse el pan como militar, un camino nada infrecuente para los varones pobres del interior uruguayo. En su madre recayó la carga principal, vaya novedad, de criar a Luis y sus seis hermanos.

 

Pero la convivencia no era nada buena. Se separaron cuando el goleador era un niño en edad escolar. La madre viajó con su prole (entre ellos Paolo, hoy futbolista en Guatemala) a Montevideo. Los esperaba una etapa difícil, con la pobreza golpeando más duro ante la desaparición del ingreso paterno. Hay quien recuerda un Luis Suárez preadolescente buscando la forma de ganar algún dinero acomodando autos en la calle, por ejemplo. Años más tarde, la prensa diría “su padre lo abandonó”, para que el goleador corrija: “mis padres se separaron”. O coquetearían con la idea de que su infancia fue un tormento, sugiriendo un hogar de privaciones y violencia, para obligarlo a matizar: “una infancia difícil, como la de tantos niños uruguayos”.

 

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Mientras Luis espera, viendo despegar y aterrizar aviones en Natal, decenas, cientos de psicólogos son consultados por diarios y portales del planeta entero. Se les pregunta por qué mordió al defensa italiano Giorgio Chiellini. La mayoría dirá, en un diagnóstico al paso, propio del periodismo digital exprés, que una infancia dura marca la personalidad y genera una forma de enfrentarse a la frustración. Mientras tanto, en las escasas regiones de internet que sobreviven la invasión futbolera, el blog “Humans of New York”, que saca fotos a hombres y mujeres de manera aleatoria, y les pregunta cosas sobre su vida personal, dice: “recordemos que cada persona con la que nos cruzamos está en la mitad de una batalla sobre la que no sabemos nada”. En esta semana, desde Uruguay, todo lo relacionamos con Suárez.

 

TRES

 

Un día después del último partido de Suarez, el miércoles 25 de junio, entrevistan al canciller de la República en la televisión. La situación es difícil porque asoma en el horizonte un nuevo conflicto internacional entre Uruguay y Argentina, su principal vecino. Pero a Almagro le brillan los ojos cuando le preguntan por la selección. Y se explaya, pensando en los italianos: “Los equipos uruguayos no pueden salir de una cancha llorando o lamentándose que el otro ha jugado duro, es mucho mejor que el otro se lamente que Uruguay ha jugado duro…tenemos que plantearnos siempre el máximo nivel de exigencia, que a veces implica tirar al puntero derecho contra el alambrado”. Eso dijo el canciller de la República, habitualmente sensato y racional como suelen ser la mayoría de los cancilleres en actividad del mundo.

 

Y, mientras tanto, Jorge Larrañaga, uno de los principales líderes de la oposición y varias veces candidato a la Presidencia, escribe en su cuenta de twiter sobre los italianos: “¡qué cagones!”.

 

La misma semana, en una elegante sala de reuniones, durante la presentación de un informe de coyuntura económica exclusiva para los clientes de una gran consultora, quizá la más importante del país, el expositor, un economista de renombre, pide ceder la palabra a una de sus colegas. Argumenta que está muy tocado por lo de Suárez. Demasiado como para poder hablar ante aquel público selecto. A nadie le pareció una humorada ni una falta de respeto a la audiencia. Simplemente, como a tantos otros, le resultaba difícil seguir con lo previsto ante las noticias que llegaban de Brasil.

 

 

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La presidenta del partido de gobierno dice que “Inglaterra e Italia no perdonaron lo que les pasó y Brasil tiembla con Uruguay en sus canchas”. Los ejemplos de catarsis y desmesura podrían seguir, pero quien piense que aquí hay una fiebre nacionalista acierta a medias. Toda la pasión, todos los desbordes, tienen que ver con la Celeste más que con el Uruguay.

 

De hecho, Uruguay es probablemente el país menos nacionalista de la región. Y el de menor religiosidad. Dos más dos es cuatro: el fútbol concentra toda la representación nacional, toda la espiritualidad, toda la irracionalidad, todo el deseo de comunidad imaginada, todos los barruntos acerca de un destino manifiesto, toda la narración épica, y la regurgita en sus propios términos. Como si don José Batlle y Ordoñez, que sentó las bases de la secularización uruguaya a comienzos del siglo XX, hubiera intuido que con la Celeste (y el culto a lo estatal) no había lugar para más religiosidades. Para el 2014, la generación más joven de uruguayos ha crecido con relatos de glorias pasadas pero no vivió demasiadas, aunque ve, con sus propios ojos, cómo la Celeste disputa los torneos mundiales ante los equipos más poderosos, y gana alguna Copa América: el efecto es explosivo, de profecía cumplida, como si hubiera vuelto a galopar el Cid Campeador.

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En esas aguas sobrecargadas ha nadado Luis Suárez. Desde que era un niño con cara de Felipe, el personaje de Mafalda, y llegó a Montevideo. Desde que empezó a luchar por ser jugador de fútbol y contra la pobreza, que para tantos adolescentes uruguayos son la misma lucha. Intentó jugar en un país en el que los periodistas, los cirujanos, los pintores, los gerentes de banco, los empresarios, los traficantes de drogas, los albañiles, los enfermeros, los cantantes y los ministros se dedican a estos quehaceres porque fallaron en su primera opción: ser jugadores de fútbol.

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Y lo logró. A los 10 años empezó en las divisiones juveniles de Nacional, uno de los dos equipos grandes del Uruguay, donde sus compañeros le prestaban los zapatos viejos para que pudiera entrenar en condiciones. Pero dos veces dejó de concentrarse en el deporte. La primera, a los 13 años, cuando lo sedujo una vida un poco más disipada, inadmisible para un futbolista profesional. Ahora, mientras quizá piensa en su mordida a Chiellini en la sala de espera del aeropuerto de Natal, varios medios que necesitan notas “caza-clicks” para mejorar su relación con los auspiciantes, como el diario español El Mundo, publican notas que dicen “adolescente alcohólico”.

 

Esa etapa duró poco. A tono con una gran historia como la suya, llegó el amor disfrazado de Sofía Balbi, una rubia de 13 años. Uno menos que Julieta Capuleto. Sofía lo convenció de dos cosas: volver al fútbol y no abandonar los estudios secundarios. No hay entrevista en la que Suárez no le agradezca esa tenacidad. Pero Luis abandonaría el fútbol una segunda vez, en 2003, luego de que, tras la peor crisis en la historia del país, la familia de Sofía tomara una decisión nada original. Junto a otros 120.000 uruguayos se iría a buscar mejor suerte al exterior. Ellos, a Barcelona.

 

La despedida fue un velorio. Con la gravedad que tiene un amor cuando él tiene 16 años y ella aún no ha cumplido 14, Luis y Sofía se dijeron adiós, asumiendo que sería para siempre. Suárez contaría que ese día no pudo parar de llorar. Fue su recaída en la dispersión: la tristeza que lleva a la abulia, las pocas ganas de entrenar. Pero el contacto siguió por internet y Suárez supo que si triunfaba como jugador de fútbol podría ir a buscarla a Europa. El dinero no alcanzaba, nunca alcanzó (“he llegado a vender cosas para hacerle un regalo”), pero la motivación ahora se llamaba Sofía y Europa y entonces, volvieron la disciplina y el entrenamiento, para que los goles empezaran a llegar.

 

Aunque los hinchas de Nacional lo resistían por haber errado algunas situaciones, debutó en Primera con 35 partidos y 12 goles. Y fue campeón. No tenía la potencia física de hoy, pero la intuición y los gestos técnicos de delantero veloz alcanzaban para ganar las batallas del área penal. Un goleador había nacido. Rápidamente lo buscaron del Groningen holandés y allí fue (más tarde jugaría también en el Ajax de Amsterdam). Con dificultad, se adaptó a la fría ciudad holandesa, pero faltaba lo más difícil: ir a Barcelona, plantarse con todos sus 19 años y convencer a los padres de una adolescente de 16, de permitirle a su hija ir a Groningen con el novio al que había dicho adiós cuando tenía 13. No fue fácil, pero lo logró. Luis comenzaba a enderezar su barco hacia todo lo que vendría.

 

 

La hipertrofia simbólica a la que está sometido el fútbol en Uruguay alcanza un punto cumbre en el Mundial. Y en este en particular, antes del incidente entre los dientes de Suárez y el hombro de Chiellini y la suspensión de la FIFA, ya se había generado épica suficiente. Casi toda con Luis como protagonista. Días antes del partido inaugural, debió operarse los meniscos: el campeonato que más deseaba se puso en duda para él. Se recuperó, gracias a su voluntad y a Walter Ferreira, miembro del cuerpo médico de la selección. Es el señor que Suárez fue a abrazar cuando dejó a Inglaterra fuera de la Copa con dos goles suyos, para que todo el mundo lo conociera. Ferreira está enfermo de cáncer y no pensaba viajar a Brasil, pero Luis lo convenció.

 

Al final de ese partido, la mejor entrevista del Mundial. Una pregunta, tan insípida como la de cualquier periodista deportivo (“¿Habías soñado con esto?”), alcanza para quebrar a Suárez en lágrimas. “Lo soñé, quiero disfrutar este momento por las duras críticas que recibí. Acá tienen”. Parece una bravuconada, pero es la continuación del llanto.

 

Dicen que cuando uno llora, más allá del motivo inicial, llora por todo. En países tan futboleros como Uruguay, lo mismo vale para algunos gritos de gol, que tienen menos celebración que catarsis, revanchas, resurrecciones, golpes de puño imaginarios a jefes reales, venganzas ilusiorias frente a humillaciones concretas. Un rato antes de llorar ante las cámaras, Suárez le había hecho el primer gol a Inglaterra y ambas cosas le brotaron. Grito de gol y llanto al mismo tiempo. Luego hizo el segundo, con las dos piernas acalambradas.

Suárez, que no padece un gran historial de amonestaciones, expulsiones, ni patadas salvajes, se desborda. Y muerde. Había mordido a dos rivales antes de Chiellini. En el 2010 jugando por el Ajax, en 2013 por el Liverpool (la primera vez estuvo suspendido siete semanas, la segunda, nueve. Antecedentes que pueden explicar en parte la duración, 16 semanas, el equivalente a 16 posibles fechas, de la sanción de FIFA. Un poco más del doble que la primera vez que le llamaron la atención por la misma falta, una proporcionalidad que no suele explicarse en estos días). Evidentemente, algo conecta las pulsiones de Suárez con sus mordidas.

 

En cualquier caso, son los mismos demonios y el mismo espíritu emocional y amateur que lo llevó a jugar más allá de sus posibilidades físicas ante Inglaterra, el que lo hizo derrapar ante Italia. “Mata a mis demonios y mis ángeles también morirán”, dijo Tenessee Williams, que no jugaba en ningún equipo.

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En su periplo de siete años por Groningen, Amsterdam y finalmente Liverpool, donde fue más famoso porque se desató su potencia goleadora, los escándalos no habían escaseado. Y no solamente ante las dos mordidas anteriores. Si esta semana los tabloides le gritaron, a seis columnas, “caníbal”, hace poco tiempo le habían dicho “racista”, por un intercambio de insultos con el francés Evra. Cuando metió la mano a la pelota en el Mundial de Sudáfrica 2010 le habían dicho “tramposo”, a pesar de que el árbitro sancionó la mano con penal y expulsión.

 

Después, cuentos conocidos. La mordida hizo reverdecer antiguos linchamientos. The Sun tituló “Chew Dirty Rat”. Mastica, sucia rata. El Daily Mail pasó a las propuestas concretas: “Make Suarez a pariah”. El acto de violencia cometido, más cercano a una rabieta infantil que a una acción estratégica de violencia como otras que existen en el fútbol, debía merecer una sanción. Eso opinan casi todos (dejo fuera los chovinistas, los ciegos, los tontos). Sin embargo, la forma de la sanción se parece más al castigo ejemplarizante que a la justicia. Probablemente hubo algo de obediencia al mandato de “make Suarez a pariah”.

 

La lógica de apartar la manzana podrida y exponer su aislamiento y castigo público no tiene sus raíces en ningún ensañamiento contra el Uruguay, como suponen los más extremos conspiranoicos, sino en la lógica de expansión del fútbol de FIFA y la maquinaria de generación constante de noticias.

 

La experiencia de conmoverse con el fútbol está siendo extendida a escala mundial. Y no hay forma neutra de expandirse ante nuevos públicos. El fútbol es una narración, al menos todo lo que importa sobre el fútbol es una narración. Y la naturaleza de esas narraciones, en esta etapa de expansión definitiva y total del mercado del fútbol como espectáculo, está viviendo un giro copernicano: del relato del héroe colectivo al del héroe individual. Hay “hinchas de Messi” en el mundo. O de Cristiano Ronaldo. O de Suárez, tanto da. La maraña de noticias permanentes necesita de historias individuales. Cuando se agotan las noticias del heroico, sirven las del villano. Y entonces, #BanSuarez y castigo ejemplarizante.

 

 

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El teórico literario germano-estadounidense Hans Ulrich Gumbrecht lo dice mejor en el artículo del diario alemán–fundado en 1949- Frankfurter Allgemeine Zeitung y citado por El Observador uruguayo. Se tiende a narrar el fútbol como melodrama, dice Gumbrecht, y todo lo que sea funcional a eso es funcional a la expansión del fútbol actual. También confiesa que el Mundial se acabó para él cuando sacaron a Suárez. La sobreactuación del castigo, además de expiar culpas, provee de historias sobre el fútbol en las que los malos son derrotados y las autoridades pueden mostrar su inflexibilidad, “for the good of the game”, como reza el slogan de FIFA. Tironeado por todas partes, en el centro puntual de la maraña, como diría el poema, está Luis Suárez, que se entregó de pies y manos al tormento cuando atacó el hombro de su rival para morder por tercera vez.

 

De poco sirvió la alianza espontánea en torno al delantero, con Maradona ironizando (“¡que lo esposen y lo lleven a Guantánamo!”), el presidente de Venezuela Nicolás Maduro citando a Sandino para pedir lealtad a Suárez, la Red Latinoamericana de Jueces (no árbitros de fútbol, sino magistrados) sacando un comunicado que reivindica la necesaria proporcionalidad entre la falta y la sanción, y señala lo inconveniente de aplicar “el írrito derecho penal de autor, en reemplazo del derecho penal de acto” y pide que la FIFA no pase por encima de los estados nacionales, y la central sindical única del Uruguay respaldando el derecho al trabajo del jugador y rescatándolo como “un exponente genuino…de una forma de sentir y entender el fútbol”.  El golpe estaba dado.

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Cuando finalmente aterrizó en Montevideo, Suárez llevaba muchas, demasiadas horas sin descanso alguno. El presidente y el goleador se dieron un abrazo en la propia pista de aterrizaje. Mujica contaría más tarde que “lo invitó a seguir viviendo, aprendiendo”. Eran las 5.30 de la mañana y los ocho grados parecían menos a causa del viento helado. Mujica se fue a trabajar de presidente a la Torre Ejecutiva y Suárez a encerrarse en una casa de dos pisos frente al mar. Lo esperaban largas horas de silencio, la playa de Solymar desde la ventana, las pantallas gigantes frente a su casa, la derrota de sus compañeros ante Colombia, las llamadas telefónicas, los cuatro meses más largos de su vida y el diálogo con todo aquello que nunca sabremos, y que entonces mejor no adivinar: lo que se cuece, lo que se batalla, en su interior.

Por: Ignacio Pardo

Ignacio Pardo nació en Montevideo en 1978. Diecisiete años después, no sabía qué estudiar. Probó en Sociología, Ciencias de la Comunicación y Filosofía, para terminar solamente la primera. A la sociología le debe una estadía en Madrid, donde llegó para hacer un doctorado y logró el principal objetivo de quienes van a esa ciudad, que no es otro que vivir en Madrid.