un monstruoso colibri
Por:
Zaira Arévalo Barrera

 

Mi papá agita sus alas con violencia. Sorbe agua de la fuente. Es tan curioso verlo chupar el néctar de las de las amapolas y observar cuando se postra en los guayabos. Ver cómo remoja su cabeza cuando las pipas riegan los jardines. Visita a mi abuela de vez en cuando en el local de mi tío. Pienso que quizás ya no pueda dormir boca arriba porque le molestan sus alas, le pasó lo que a Gregorio Samsa con su caparazón. Me pregunto por qué no sale del barrio pudiendo volar lejos.

 

Pasaron seis años de su muerte para que la hipótesis sobre su reencarnación en un colibrí se consolidara. Después de que nadie se creyó – a excepción de mi abuela-, que no era el santo Pio italiano, que era insoportable pensarlo en una figurita de yeso. En cambio la historia del colibrí nos pareció romántica. Caso contrario al de Gregorio, en la familia nadie le tenía aversión al animalito. Y esta historia se llevó bien con la lógica de los escépticos, cristianos, indecisos y afines del realismo mágico de mi abuela. Creímos haber respondido al menos una pregunta acerca de lo sobrenatural que era su ausencia. Antes inventamos un enjambre de teorías fallidas. Ahora en la casa nadie contradice la última versión.Y escuchar las anécdotas de cómo él entra volando al gimnasio siempre tiene algo de maravilloso. No me gusta pensar en la muerte. Porque ya no pienso en él con su cuerpo, ni con el hueco que había entre sus dientes, ni me imagino la deformidad de la imagen en fusión hombre-pájaro. Hoy sólo es una especie de pájaro. Mide siete centímetros y tiene alas tornasol, dos ojitos negros como cabezas de alfiler. Además su recuerdo de él en mi siempre tuvo algo de ave. Desde lo visitaba en el Hospital Civil de Guadalajara y miraba las palomas detrás de la ventana sucia de un onceavo piso. Cuando mi padre era estudiante de medicina pasé muchas noches durmiendo con él en las literas rojas de tubo. Eso lo relaciono siempre con cierto rechazo a los hospitales, a las batas, a los tubos de ensayo y a las camas eléctricas. No me gustan los hospitales ni pensar la muerte. Me gusta recordar cómo me mordía las orejas; el modo con el que acostumbró a aguantar la sensación de las intravenosas; su mirada distraída.

 

Y si a veces dudo de la teoría del Colibrí es por irresoluta. Porque me acosan mis recuerdos de cuando era humano. De los domingos en que acababa la guardia y me llevaba al balneario de los toboganes en Chapala. De cuando me enseñó a nadar y a aguantar la respiración. Después nos tirábamos bajo el sol. No me gusta pensar en lo que pasó, ni me gusta pensar en la muerte. Si me preguntan les diré que no murió, que le pasó como a Gregorio «despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso» colibrí.