viaje

Por: Salvador Marinaro

 

-¿A dónde querés ir?- le pregunté.

 

Mi viejo había venido a buscarme a la casa de mi madre. Eran casi las tres de la tarde.

 

-No sé. A dar una vuelta- dijo.

 

Me subí a su auto pensando que había encontrado la excusa perfecta para no hacer la tarea de Física y Química.

 

-¿Y si vamos a comprar bollos?

 

-¿A dónde, gordo?

 

-Vamos a comprar bollos a Rosario de la Frontera.

 

Lo dijo y arrancó. Rosario de la Frontera está a casi dos horas de viaje desde Salta. Los bollos que vendía la señora del pueblo, al costado de la ruta, no tenían nada de especial.

 

Paró en una estación de YPF a las afueras de la ciudad y cargó el tanque. Un poco más allá, me pidió que bajara del auto y le comprara una bolsa de hojas de coca. Cuando la tuvo en sus manos sacó un par, les arrancó los cabitos y se las metió entre la lengua y una mejilla. Al día de hoy, el olor pastoso y anisado de la coca mascada me hace acordar a mi viejo.

 

-¿Te puedo hacer una pregunta?

 

-Lo que quieras.

 

-¿A qué corno vamos a Rosario?

 

-¿No querés ir?- mi viejo soltó una mano del volante.

 

-¿Pero, a qué vamos?

 

-A comprar bollos. ¿Querés que te deje en tu casa?

 

-No. Quiero ir.

 

-¿No te gustan los bollos de la señora?

 

La primera imagen que recuerdo de mi padre es de una mañana a la salida del colegio. La maestra me dijo que me esperaba mi abuelo en la puerta. Mi abuelo materno había muerto varios años antes y el paterno, en un tiempo remoto cuando mis viejos no se conocían. Por eso, la frase de la maestra no tenía sentido para mí. Pero tenía que averiguarlo.

 

Cuando salí, lo vi parado en el portón: pelado, con dos pelos blancos, vestía un short que dejaba ver sus piernas flacas que contrastaban con un cuerpo obeso y monumental. Fui a saludarlo con cautela. Me dijo que quería que fuéramos de camping ese fin de semana y me pidió que buscara mis cosas. Iríamos a tomar chocolate caliente.

 

La leyenda familiar dice que mis padres se separaron cuando yo tenía dos años. No vi a mi viejo por mucho tiempo hasta que entró, por primera vez, a terapia intensiva. Dicen que estuvo un mes en coma y que lo visité varias veces. Incluso, hice un pequeño dibujo que colgaron en la puerta y en el cual alguien escribió “Papá que te recuperes pronto”. No recuerdo nada de eso; pero sí recuerdo la tarde que me vino a buscar al colegio.

 

Mi viejo manejaba en silencio, entraba a las curvas y contracurvas con la delicadeza de una bailarina. Eso me daba más sueño.

 

-Contame algo- decía.

 

-¿Qué querés que te cuente?

 

-Algo.

 

Llegamos a la bollera a las cinco de la tarde. La señora lo saludó como a un viejo amigo. Compramos y volvimos al auto.

 

Estábamos en el camino de vuelta cuando dobló bruscamente y entró en un camino de tierra. Agarró una lomada y se detuvo.

 

-Aquí es -dijo y me pidió que bajara los bollos.

 

Nos sentamos en una pirca que había al margen.

 

-Gordo…

 

-Escuchá -me interrumpió- eso es un jilguero. ¿Lo escuchás?

 

Hicimos silencio.

 

-Gordo.

 

-¿Qué?

 

-¿Por qué hacés esto?

 

-¿Qué cosa?

 

-Esto. Manejar por horas para comprar bollos.

 

-No sé -me dijo- me ayuda a pensar.