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Por Martín Güelman*

 

Hay una frase que se le atribuye al inoxidable Pancho Ibáñez a la que recurren con fervor religioso aquellos docentes que, interpelados por sus alumnos sobre la relación entre dos o más fenómenos, carecen de una explicación: “todo tiene que ver con todo”.

A fuerza de repetición ese latiguillo se volvió un lugar común perpetuamente revisitado y se convirtió en uno de los mayores exponentes de la respuesta evasiva.

Las circunstancias que rodearon al 3º encuentro Anfibio en la Feria del Libro y el temario que el diálogo entre el sociólogo Ariel Wilkis y el cronista Sebastián Hacher necesariamente abordaría, dieron nuevos bríos a la frase. Al lector desprevenido tal vez haya que mencionarle que el viernes ¿más de/casi? un cuarto de millón de chicas se dieron cita en el Monumento de los Españoles con sus padres para presenciar el show gratuito de Martina Stoessel (nombre de guerra: Violetta). A diferencia de otros espectáculos gratuitos organizados por algún gobierno (municipal, provincial o nacional), esta vez la polémica no giró en torno al “cachet de la artista que pagamos todos”, sino al caos de tránsito generado por los cortes de calles. Ya no tan desprevenido, el lector tendrá todo el derecho del mundo en preguntar, ¿qué tiene que ver la “1º juntada tinista por el medio ambiente” (¿acaso existe un lugar común de más fácil acceso que un enunciado sin fisuras que nos convoca unánimemente y en el que no hay “perdedores”?) y el diálogo abierto entre un académico y un periodista sobre economía informal en general y el caso de la feria de La Salada, en particular. Y sí: todo tiene que ver con todo.

“Lo que pasa en Las Vegas queda en Las Vegas” reza el refrán predilecto de tramposos y patas de lana que evoca la ciudad en la que hoy Marcos Maidana intentará escribir otra página grande en la historia del deporte argentino.

Y lo que pasa en La Salada, ¿queda en La Salada?

Ante este interrogante imaginario, Hacher y Wilkis aunarán esfuerzos (tal como hicieran para escribir “La China Invisible”, relegando los roles habituales de sus gremios: la búsqueda de personajes, conceptos y tramas o la construcción de conceptos y teorías respectivamente) y nos responderán al unísono que no. Los intercambios mercantiles que tienen lugar en la feria trascienden ampliamente sus fronteras y se cuelan en las vidas de infinidad de personas que jamás recorrieron sus puestos. Derribando mitos: aún el espíritu clasemediero que se siente exento de la “barbarie salada” y mira con desprecio el locus paradigmático de la economía informal tiene con La Salada un vínculo insospechado.

 

“La economía popular no es un gueto”

 

Calzándose el traje de sociólogo cuantitativo, Hacher nos convoca a los asistentes al encuentro (15 personas presumiblemente lectoras de Anfibia e igual número de curiosos que, luego de hurgar en las ofertas del stand del diario La Nación, permanecen algunos minutos en el living de la revista atraídos por motivos que exceden nuestra capacidad analítica) al siguiente desafío estadístico. “Apuesto a que si ustedes me mostraran las medias que llevan puestas, más de la mitad de ellas pasaron por La Salada, por más que ustedes no las hayan comprado ahí”.

¿Y qué tiene que ver Violetta con todo esto preguntará el lector visiblemente exasperado? Pues que tenemos aquí una relación análoga. Buena parte del merchandising que las niñas portaban en sus cuerpos (carteras, remeras, polleras, vinchas, etc.) muy probablemente hayan sido comercializadas en La Salada por más que la consumidora final las haya adquirido en un lugar más coqueto, las inmediaciones del predio de La Rural en el barrio de Palermo.

Las dificultades para ingresar a la Feria sumadas al bullicio habitual de la muestra amplificado por las circunstancias excepcionales de un día feriado coronado por la finalización de un show multitudinario a escasos metros del predio conspiraron contra la puntualidad del encuentro. Imposible no imaginar una y otra vez la mención de una frase con la que los padres le cobran el favor a sus hijas: “yo ya te llevé a ver a Violetta, ahora vos acompañame a la Feria del Libro”.

“¿Cómo llegaron a interesarse por fenómenos sobre los que existe una mirada de sospecha, estigmatizante y despreciativa como los intercambios mercantiles y las ganancias de los sectores populares?”

Desde inserciones profesionales diversas, pero con la complementariedad de puntos de vista que les aportó el trabajo colaborativo, Hacher y Wilkis dirán que sobre el dinero y el mundo popular existen una gran cantidad de prejuicios que no solo reproduce el sentido común, sino que también están ampliamente extendidos en los campos académico y periodístico.

¿Cómo se explica la sospecha que pesa sobre la ganancia popular y su legitimidad? Para Wilkis la impugnación de la ganancia popular y la permanente necesidad de dar cuenta de su origen resulta el equivalente funcional del juicio en torno al clientelismo político. Pese a que adquiere características distintivas en los sectores populares (por ejemplo: la vinculación que reproducen y, en ocasiones, establecen algunos residentes de villas entre el progreso económico de sus vecinos bolivianos y el narcotráfico) esta impugnación se asienta sobre la condena idiosincrática de la sociedad argentina sobre la acumulación excesiva de dinero. Wilkis sostiene que esa condena, imposible de encontrar en una sociedad como la estadounidense, se basa en un ideal igualitario que aún funciona como premisa. Recuperando fragmentos del libro de Wilkis “Las sospechas del dinero”, Hacher cierra el encuentro ilustrando la impugnación con el caso de la almacenera de Villa Olimpia que, avergonzada de tener un pasar económico sensiblemente más holgado que el de sus vecinos y clientes, se sienten en la obligación moral de darles fiado.

 

*Martín Güelman es sociólogo UBA, maestrando en Ciencias Sociales IDES-UNGS, docente de Metodología y Técnicas de la Investigación Social. Fue uno de los lectores inscriptos para participar del tercer Encuentro Anfibio.

 

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