Quedan 6, 7, 8 días

Vivir sin aire

Desde una posición política explícita, 678 fue hijo, y constructor, de una época en la que se discutieron los intereses comerciales y políticos de los medios. A pocos días de que termine su ciclo en la Televisión Pública, académicos, periodistas, políticos, artistas y las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo fueron a saludarlo y reivindicarlo.

Son las 20.20 del jueves. Mientras miles de personas todavía siguen reunidas frente al Congreso para defender la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LSCA), y manifestarse contra las medidas del nuevo gobierno, el estudio está a la espera. Los técnicos y productores dejan todo a punto para recibir a representantes de la cultura, la ciencia, la política, las artes y organizaciones de derechos humanos que desbordarán la tribuna e irán tomando la palabra, en una noche atípica que mezcla celebración y tristeza. No es el último 678 –continúa hasta el 23 de diciembre- pero las nuevas autoridades de la Televisión Pública ya dejaron claro que en su gestión no quieren saber nada con ese programa al que se han cansado de tildar, en su versión más suave, de propaganda kirchnerista.

 

Las primeras en llegar, caminando despacito y en un grupo de cinco, son las Madres de Plaza de Mayo con sus pañuelos blancos.

 

-Yo creo que esto no es una despedida. Que tiene que seguir, aunque no sea en este canal. Porque el pueblo necesita que informen como informan ellos. Y para nosotras siempre fue una llave de ayuda, de cooperación. Y sobre todo una llave de libertad. Te decían todo lo que los otros medios no te dicen. Estamos acá para apoyar. A la noche siempre era “a ver qué va a decir 678”. Hoy estábamos en la plaza y la gente gritaba por 678. Y eso no es por casualidad. Si el pueblo pide por el programa es porque es necesario. Y la gente que lo rechaza es porque no son capaces de hacer un programa de esta categoría- dice Evel “Beba” Petrini.

 

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Pisándole los talones a las Madres, llega Estela de Carlotto, la presidenta de Abuelas de Playa de Mayo, y se sienta junto a ellas.

 

-Hoy vinimos a acompañarlos acá al estudio, pero siempre los acompañamos desde nuestras casas. Gracias a ellos aprendí mucho, entendí mucho y se me abrió el cerebro sobre la política argentina. Estar acá hoy es mostrarle el afecto que les tenemos. Acompañarlos es expresar públicamente a todos los que ven el programa – y también a los que no-  que los necesitamos y deben seguir. Porque los otros canales monopólicos deforman o ni siquiera informan. Y acá hay crítica, pero sin violencia: siempre se hizo desde el respeto. No inventan, se hacen cargo. No hay engaño, mafia, desnudan la tergiversación de la historia. A mí y a todos los argentinos nos han ayudado muchísimo. Perseguirlos o censurarlos es ir contra el derecho a la información. Venimos de la marcha, en unos días donde todos los días hay algo para manifestar. Lo que es ilícito no hay que aceptarlo.

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El 16 de diciembre de 2012 el presidente de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual, Martín Sabbatella, entraba al canal 7 para hablar sobre el fallo que le volvía a correr el arco a la implementación de la LSCA, promulgada en 2009. El famoso 7D, fecha que la Corte Suprema había puesto como límite para que las corporaciones mediáticas se adecuaran a la ley, se había desdibujado por la prolongación de una medida cautelar del Grupo Clarín y parecía que el reloj arrancaba de cero. Otra vez.

 

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Pero Sabbatella dijo que no iba a claudicar y a la mañana siguiente llevaría personalmente una notificación de la transferencia de oficio de las licencias del multimedio. Eso lo anunció en la tele ese domingo a las nueve de la noche. El lugar para dar cuenta de la situación fue 678, el mismo programa que anoche, exactamente tres años después, lo recibió como el primer orador para homenajear, defender y acompañar, junto a decenas de invitados, la prevalencia de ese espacio que marcó un antes y un después en el periodismo televisivo argentino y que, al igual que a la LSCA, el gobierno macrista ya amenazó con desaparecer.

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El sociólogo y escritor Horacio González, que acaba de dejar la dirección de la Biblioteca Nacional, también es uno de los más puntuales, junto a su pareja, la cantante Liliana Herrero. Después de saludar a las Madres y a Estela, se sientan en una punta y conversan distendidamente, antes de que empiecen el vértigo del aire y las órdenes de apagar los celulares.

 

-Vine a acompañar. En muchos sentidos se viven días últimos y tenemos que empezar a pensar en nuevas formas de pensamiento. También estoy curioso por lo que va a ocurrir acá. Yo al principio venía mucho, aunque después los empecé a criticar -se ríe-. La verdad es que siempre les tuve mucha estima y aunque los he cuestionado vengo a mostrarles mi apoyo. Yo no me siento bien con esto que está pasando. En este programa había una crítica al poder real, aunque fuera desde el oficialismo, y esa siempre es una gran consigna. Y también es un momento para pensar qué televisión queremos. Hay que reflexionar mucho sobre todo lo que hicieron y lo que hicimos. Es un momento de revisión crítica y también emocional. Porque acá se integraron otros lenguajes que venían de las ciencias sociales, del periodismo más avanzado, eso formó una coalición interesante de lenguajes que no solían estar presentes en la televisión- dice González.

 

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A las 21 exactas, en el estudio de piso rojo ya hay más de sesenta personas y se escucha el grito de “1 minuto para el aire”. Ahora sí, con la presencia de casi todos los invitados y los conductores y panelistas, Jorge Dorio, Carlos Barragán, Mariana Moyano, Sandra Russo, Orlando Barone, Nora Veiras, Edgardo Mocca, Cynthia García y Dante Palma, ya instalados en sus lugares, los focos se intensifican y empieza lo que será un abrazo colectivo a 678, esos números que miles de personas corearon el 9 de diciembre en la plaza de Mayo cuando, en su despedida, la ex presidenta Cristina Kirchner, habló sobre la libertad de expresión.

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Seis en el Siete a las Ocho. Ese fue el primer nombre del programa de la productora PPT (Pensado para Televisión), fundada por Diego Gvirtz, que salió al aire por primera vez el 6 de abril de 2009 en la Televisión Pública. El formato era novedoso y se ubicaba una hora antes del prime-time.

 

A través de material de archivo, el programa analizaba el ruido informativo con herramientas que buscaban cuestionar el rol de los medios. Si hasta 2008 la mayoría de las empresas mediáticas habían tenido un pacto corporativo en las que unas y otras no se nombraban ni se acusaban públicamente, tras el “conflicto del campo” el kirchnerismo criticó a los medios y los colocó en el centro del debate público. Esa politización de los medios, que siempre había existido pero quedaba enclaustrada en debates académicos, se hizo pública. 678 fue hijo, y constructor, de esa época en la que se problematizó a las empresas mediáticas como actores con intereses comerciales y políticos que en su tarea exceden, por mucho, la mera transmisión de información.

 

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En medio de la militancia de periodistas y académicos por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual para modificar la norma heredada de la última dictadura, y en el marco del recién inaugurado enfrentamiento del gobierno kirchnerista con el Grupo Clarín, 678 dejó de ser sólo un programa sobre medios y adoptó un cariz más partidario. Así su fórmula “la crítica al poder real” cuajó perfectamente con la búsqueda de miles de ciudadanos que se identificaron con una forma de comunicación novedosa y desde una posición política clara. 678 fue duro y explícito en sus informes y analítico en sus debates, que ponían en evidencia la imposibilidad de objetividad de cualquier medio de comunicación y desnudaban intereses y contradicciones detrás de la construcción noticiosa.

 

Después de los resultados electorales de las elecciones legislativas de 2009, el programa se convirtió en un fenómeno que trascendió la pantalla: aparecieron los “678 autoconvocados” que se organizaban en las redes sociales para manifestarse en las calles a favor del gobierno. Eso despertó los más diversos ataques desde distintos frentes. Por un lado, existía una crítica de corte intelectual liberal, que encarnó la figura de Beatriz Sarlo que, aunque no apreciaba el programa, consideró que ahí había un fenómeno político y social que había que explicar y analizar. Por otro lado, nacía un odio virulento al programa. Desde la oposición política y mediática se lo tildó de propaganda oficialista. Que fuera transmitido en la Televisión Pública “con la plata de todos los argentinos” parecía imperdonable. El periodista Jorge Lanata fue uno de sus mayores detractores, al punto de iniciar, y difundir, investigaciones sobre costos y sueldos que terminaron en la nada. La contraofensiva del programa fue, justamente, apropiarse del rótulo “K”, resignificar un término estigmatizado y reunirse alrededor de él. Un fenómeno curioso, ya que esa identidad representaba a una mayoría política clara, pero generaba escenas mediáticas de nicho que, no obstante, lograron aglutinar a una parte importante del mundo cultural, artístico e intelectual.

 

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A principios de 2010, Néstor Kirchner visitó el programa y contó –en vivo y para un público masivo- varias de las decisiones que había tomado como presidente y que hasta entonces habían quedado tras bambalinas. Inauguró así una época, que se ahondaría post reelección de Cristina Fernández, en la que los funcionarios kirchneristas priorizaron al programa como lugar desde el que comunicar y debatir políticas gubernamentales. De esa forma, abandonaron progresivamente otras escenas mediáticas menos amigables, o directamente hostiles, y siguieron un camino en el que hablaban a gente más cercana, ya que pocos anti kirchneristas miraban el programa.

 

Esas preguntas sobre las maneras en que eligió comunicar el gobierno anterior superan por mucho a un programa de archivo y análisis que pasó a estar en el centro del debate, aunque en los discursos sobre su continuidad pareciera jugarse mucho más: para los kirchneristas y los anti-kirchneristas. Simbólicamente, para unos sería una derrota, para otros un triunfo. Para la escena mediática implicaría perder una voz: ¿en qué lugar de la televisión abierta habrá voces que discutan y den otra visión sobre el nuevo gobierno y sobre los grandes grupos mediáticos?

 

678 sufrió varias mutaciones en los siete años que lleva al aire, con cambios en la conducción y nuevas incorporaciones en los panelistas que no siempre estuvieron de acuerdo con los informes realizados por la producción. La diferencia con otros programas: muchas de esas discrepancias se dieron al aire.

 

-Yo me incorporé al programa en 2012 y venía muy acostumbrada al ámbito académico. Me di cuenta de que primero había que desmalezar y después dar el debate. Tenemos un montón de discusiones entre nosotros, aunque la gente que no lo ve dice que no. Lo que siempre me gustó del programa es que el invitado tiene tiempo para exponer, nadie lo interrumpe. Últimamente comparan a 678 con Intratables, que supuestamente es pluralismo, pero ahí no dejan hablar: es democracia de escenografía con esa figura del “mediador aséptico”. Yo le dije en la cara a Abal Medina, después de la tragedia de Once, que el gobierno nacional tenía que hacerse responsable y nadie me retó ni me censuró. Mucha gente critica el programa y no lo ha visto nunca -cuenta Mariana Moyano.

 

Esas críticas alcanzaron incluso al debate presidencial de las pasadas elecciones, cuando Mauricio Macri, con tono sobrador, le respondió a Daniel Scioli, lo que debía ser tomado como un insulto: “Parecés un panelista de 678”.

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Frente a nueve panelistas emocionados, hay sesenta personas con ganas de hablar. Todos tienen algo para decir y todos se extienden más de lo pautado.

 

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Las palabras de Hebe de Bonafini -“Ustedes lograron enamorarnos. Sentimos que fueron nuestros compañeros”- se juntan con las de Fernán Mirás. Las de Estela de Carlotto –que les llevó a los periodistas pañuelos blancos, “el símbolo de nuestra lucha”- con las de Leo Sbaraglia, que habló ronco y emocionado -estaba engripado en su casa mirando el programa y decidió salir igual-. Las de la actriz Anabel Cherubito con las de la presidenta de la agrupación Justicia Legítima, María Laura Garrigós de Rébori, quien habló del poder judicial y como ciudadana pidió un “Estado que garantice el derecho a la información”. La diputada Juliana di Tullio contextualizó los inicios del programa y siguió la línea de Agustín Rossi, que había dicho: “El futuro no necesita a 678, necesita muchos 678. Hay un blindaje mediático y la gente se siente sola”. A ella la siguieron Taty Almeida, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, el radical Leopoldo Moreau, el actor Gustavo Garzón, que se refirió a la “batalla cultural”, el politólogo Atilio Borón y Tristán Bauer, que acaba de ser desplazado como director del Sistema Público de Medios.

 

También tomaron la palabra Ricardo Forster, el abogado y periodista Pablo Llonto, y Luis Bruschtein que dijo: “ustedes lograron en la tele lo que yo siempre traté de hacer en la gráfica”.  La abogada Graciana Peñafort, después de hacer un recorrido por los momentos más oscuros del país –y de la complicidad mediática- le puso una cuota de humor al asunto –antes lo había hecho Horacio Fontova- amenazando: “Si este programa desaparece todos vamos a militar para que Orlando Barone vuelva a la poesía”. El diputado Héctor Recalde se puso en su rol de abogado laboralista y prometió defender a los trabajadores del programa.

 

Cada invitado habló desde su lugar. La única que no habló fue Liliana Herrero porque cuando le pasaron el micrófono empezó a cantar “Luna Tucumana”, de Atahualpa Yupanqui. Al segundo todos la acompañaban: “yo no le canto a la luna/porque alumbra y nada más/le canto porque ella sabe/de mi largo caminar”.

 

Dos horas antes, le había dicho a esta cronista: “Yo, si tengo que decirte lo que tenemos que hacer, sacaría la palabra ‘podemos’ y la palabra ‘resistencia’. Quiero la palabra ‘imposible’”.

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Pasaron dos horas. Las luces se apagan y ahora todos se saludan, abrazan y conversan antes de dejar el estudio de canal 7. Alguien pregunta “¿Cómo estás?” y otro responde: “Eso no se pregunta en los velorios”. Pero se van todos contentos.

Ilustración: Nahuel Alfonso

Nahuel Alfonso nació en Moreno, Zona Oeste del conurbano bonaerense, en 1987. Cuando tenía veinte años tomó una imagen con una camarita de plástico. Después de revelarla, pensó: “¿así veo yo?”.