Por Julia Mengolini

 

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Un mes atrás, tuve que dar la noticia a una mesa de colegas varones:

 

-Chicos, tengo algo que decirles. Entiendo que van a considerarla una gran injusticia pero deberían replantearse la posición y entender que hay algo de hermoso en esta paradoja de la vida…Me voy al Mundial.

 

-Ojalá se te caiga el avión- murmuró Pepe, columnista de mi programa.

 

El resto de las caras podrían compararse con las del 4 a 0 con Alemania.

 

***

 

-¡Dale, pegále!, grita mi hermana Clari frente al televisor en el mundial 94. Papá, nervioso, la mira como quien va a cometer asesinato:

 

-¿Dale, pegále?

 

Pero, al repetir la frase siente ternura por su hijita que sólo cada cuatro años se entusiasma tanto con el fútbol.

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Veinte años más tarde en mi departamento de Tacuarí, ya muy lejos de papá, Clari me pide “uno de esos cositos”.

 

-¿Qué cositos?

 

-Uno de esos… donde salen los partidos.

 

-¿Un fixture?

 

-Eso.

 

Mientras armo la valija vemos el primer partido de la Copa del Mundo.

-¿Quién querés que gane?, le pregunto.

 

-No sé, Croacia.

 

Gol de Croacia.

 

-¡Ay no! ¡Pobres! ¡Ahora quiero que gane Brasil!

 

El Weather Channel dice que en Río hace calor. Pienso en llevar algunos vestidos, tal vez sandalias. Es difícil pensar en veranito haciendo tanto frío en Buenos Aires. Clari me ofrece su camiseta para ir a la cancha.

 

Tiro libre para Brasil.

 

-Por el amor de Dios, qué fuerte está Neymar. Debería haber un fixture de jugadores lindos.

 

Muchos se ponen nerviosos con la cíclica invasión de mujeres mirando fútbol. Consideran fuera de lugar cualquier comentario, así sea un neutral y razonable “Dale pegále”.

***

Los pasajeros del vuelo GOL 7451 que salió el viernes 13 de junio a las 6: 45 vivieron una turbulencia aterradora. El avión se zamarreó sin descanso durante una hora entera. Recordé mi respuesta a la maldición de Pepe, para mí, obvia, pero para el sentido común futbolero ridícula. Dije que si se caía el avión se suspendía el Mundial.

-¿Tas loca? ¡Mirá si se va a suspender por eso!

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Los pasajeros varones del vuelo 7451 no lamentaban la muerte posible, sino perderse el partido contra Bosnia en el Maracaná. Pensaban en lo injusta que podía ser la muerte si llegaba en ese momento. Por fin el mundial quedaba cerca, a pocas horas de vuelo, en el país de la caipirinha, las mulatas, la bossa nova, en un paraíso de ojotas y aire soft. Y de golpe: el avión se cae.

 

-Que ironía, ¿no?- comenta un cordobés del asiento de al lado.

 

-Pésimo momento para morir.

 

Porque, claro, como me lo había explicado Pepe, si el vuelo 7451 caía, el Mundial iba a seguir sucediendo sin que la tragedia interrumpiera su curso. Y Argentina podía llegar a salir campeón en Brasil. Yo, en cambio, no tenía tanto miedo. Lo peor que podía pasarme era morir.

***

Río es una caricatura brutal de las contradicciones de clase. Lo más triste y lo más alegre de la latinoamericanidad. De cada casa de la Rosinha, la favela más grande del mundo, cuelgan orgullosas banderas brasileras. Mientras, por el cielo pasean helicópteros que no son de la policía ni de la televisión. Acá los ricos son tan ricos que tienen este tipo de chiches.

 

En las playas, camisetas de distintos países. A todos les gusta ser reconocidos para poder chicanearse y organizar picaditos. Juegan a ser Messi o Neymar. Son hinchas pacíficos. Bailan y cantan borrachos. Los argentinos hablan lo que ellos creen que es portugués y los brasileños contestan en un extraño portuñol. Pero todos se entienden.

 

En Copacabana pasea un Papa argentino bendiciendo compatriotas, dos locos cuentan su travesía en bicicleta desde Mar del Plata, pasan colectivos pintados de celeste y blanco con hinchas saltando en el techo, agitando a los de abajo que hacen pogo con el himno nacional y, claro, el Tula toca el bombo. La fiesta se pone tan buena que la policía tira gas pimienta por las dudas. Pero, lejos de ser la guerra civil que muestran los medios, en las calles de Rio se vive una fiesta popular.

*** 

«Brasil, decime que se siente/tener en casa a tu papá…», los hinchas colman los vagones del Metro y estrenan orgullosos su nueva canción. Siempre me llamó la atención eso de asumir la superioridad del padre de las canciones de cancha.

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Es que el fútbol convierte a los hombres en niños: no les importa nada más que un juego, se pintan la cara de colores, arman bandos, se pelean con otros bandos por el resultado de un juego, se enojan mucho, lloran si pierden y, sobre todo, no les gusta que haya nenas cerca.

 

En el Maracaná, el gol en contra en el primer minuto fue una alegría. Sin embargo, no puedo evitar la angustia al pensar en ese bosnio que acaba de vivir el peor momento de su vida.

 

– Pobre pibe, ¿no?- comento en voz baja una vez que bajó la excitación general.

 

-¿Quién?

 

-¡El bosnio del gol en contra!

 

– ¡Qué carajo me importa!

 

Estoy segura de que Clari sí está pensando en el estado emocional del bosnio. Se lo habrá comentado a un amigo que le habrá contestado lo mismo que me contestaron a mí. Justo cuando la tribuna de brasileros provocaba » ¡Neymar! ¡Neymar!» y la tribuna de niños-hombre contestaba furiosa «¡Messi! ¡Messi!», llegó el gol tan imaginado.

 

-¿Habrá sido que nos escuchó?

 

-Y… ¡Puede ser!- contesta uno entusiasmado. 

 

Los futboleros son pavotes, brutales, chauvinistas, y aún así me dan ternura. Están los ortivas que nos repelen, que no nos dejan hablar como si el fútbol fuera el lugar donde sí es legítimo ejercer la dominación masculina. «Vos no hablés que sos mujer» es capaz de decir el más correcto de los funcionarios del INADI durante un partido. Por suerte también están los que nos dan la bienvenida, que nos explican otra vez el  off side, tal vez hasta nos usen de cábala si advierten que nos movimos desde el último gol. El fútbol es una alegría de varones a la que la mayoría de las mujeres nos acercamos en los mundiales. Algunas se hacen casi barrabravas. Pero siempre seremos turistas en ese mundo, en ese vestuario donde los hombres teatralizan su drama.